Opinión Internacional

Un corte y una quebrada

 

“¿Dónde estará (repito) el malevaje

que fundó, en polvorientos callejones

de tierra o en perdidas poblaciones,

la secta del cuchillo y del coraje?“

Jorge Luis Borges

Con el ritual habitual, pero con gestualidad tanguera, la excelentísima señora Presidente hizo ayer uno de los mayores papelones de su larga carrera, iniciada como estudiante en La Plata.

No voy a abundar sobre todas las contradicciones, tergiversaciones, desinformaciones y malas intenciones en que incurrió en su discurso, pues de eso ya se ocuparon los diarios de hoy y, muy en especial, Gustavo Caravallo[i] e Isidoro Graiver[ii], cuñado de los ahora denunciantes, quienes desnudaron las verdaderas intenciones de los Kirchner respecto a la República, en general, y a la libertad de prensa, en particular; en la práctica, dispararon un misil que impactó bajo la línea de flotación del relato oficial.

Cabe resaltar, sin embargo, las entrevistas que dos acérrimos enemigos de Clarín, como son Jorge Lanata[iii] y Jorge Fontevecchia[iv]  concedieron al programa “Palabras +, palabras –“, que conducen Ernesto Tenenbaum y Marcelo Zlotowiazda. El primero, además, había dicho el día anterior, en su propio ciclo “Después de todo”, una de las mejores editoriales que recuerde sobre el tema[v]. Ambos son, sin lugar a dudas, periodistas de raza y, pese a que puedo discrepar sobre el progresismo que impregna sus ideas, la actitud adoptada en este caso los hace dignos de los mayores elogios.

Pero volvamos a doña Cristina quien, con bromas acerca de los derechos humanos, dividió su prolongadísima alocución en tres tramos bien definidos.

El primero, lo dedicó a explicar, utilizando a su antojo mentidas fechas e inventadas circunstancias, a explicar a su claque –nunca mejor aplicado el término, ya que sólo se veía “propia tropa” en las pantallas- cómo Peralta Ramos, Mitre y Magnetto habían “apretado” a los Graiver-Papaleo, que aplaudían encantados desde la primera fila, con la complicidad de la Junta de Comandantes, para despojarlos de Papel Prensa.

Recurrió, por ejemplo, a proyectar sobre una pantalla las portadas de los diarios “Clarín” y “La Nación” del 24 de marzo de 1976, omitiendo –cabe esperar que por inadvertencia- qué habían publicado los otros medios de la época, como “Crónica”, “La Opinión” o, en especial, “La Tarde”, cuyo director se encontraba, precisamente, sentado en el sector reservado a los ministros.

Uno de los gags más impactantes se produjo en esa etapa cuando, después de haber calificado dos veces como testaferro de David Graiver a Iannover, se refirió a éste como alguien muy prestigioso y respetado. Sólo el abyecto oficialismo de la concurrencia hizo que no estallara una carcajada general.

El segundo tramo fue destinado a explicar el dolo y la alevosía con que habían actuado “Clarín” y “La Nación” al comprar las acciones a los Graiver. Dijo, en su supina ignorancia, que la operación se había realizado a nombre de una empresa, Fapel, que pertenecía a los diarios mencionados, y que, sólo ocho días después, la empresa compradora había transferido el paquete accionario a las sociedades dueñas de éstos. Explicó, como abogada que dijo ser (a nadie le consta), que eso se hacía, habitualmente, para simular la buena fe del tercero adquirente.

¿Si constaba en el estatuto de Fapel que “La Nación” y “Clarín” eran sus dueños, cómo se simulaba esa buena fe?

Otra parte, no menos importante, de ese tramo de su presentación la utilizó para referirse a un pacto de accionistas –o “sindicalización”, como lo llamó- suscripto para coordinar el manejo de la empresa de la que son dueños. Doña Cristina -que, evidentemente, no aprobó Derecho Comercial en la facultad donde dice haberse graduado-, demostró su ignorancia una vez más, pues es una práctica habitual en las empresas; sus accionistas, para estar seguros de mantener sus porcentajes, suscriben un pacto de este tipo para establecer cómo se adoptarán las decisiones en el directorio –o sea, cómo deberán votar los directores- de las mismas. En resumen, nada de raro ni de sospechoso, pese a que pretendió describírselo como un procedimiento mafioso.

Sin embargo, torciendo la boca en un gesto canyengue y abusando de las metáforas a las cuales es tan adicta -¿recuerdan el “secuestro” de los goles?- volvió sobre el tema cuando informó que enviaría un proyecto de ley al Congreso –donde, dijo, los votos no están “sindicalizados”, pese a lo que dicen los medios críticos a su gestión- confundiendo, al mejor estilo discepoliano, las cámaras de diputados y senadores con una empresa privada.

La prolongada alocución -¡daba vergüenza ajena verla actuar de ese modo, en lugar de enviar a la Justicia el resultado de su “investigación”, si consideraba que existía un delito- no dejó fuera un par de gaffes graciosas; se refirió al autor de “El Principito” como “San-upery” y calculó que la detención de Lidia Papaleo, de 1977 a 1982 correspondía a un período de quince años.

Hasta ayer a la tarde, todos quienes opinamos sobre política estuvimos pendientes de la actitud que asumirían los empresarios ante la forzada convocatoria realizada desde Olivos y la Rosada. Por primera vez, sin embargo, estos pusilánimes y acomodaticios personajes parecen haber encontrado el coraje necesario para resistir las presiones. ¿Olerán ya los efluvios de la descomposición en el monolítico poder del tirano?

Por lo demás, el envío al Congreso de un proyecto de ley para declarar de “utilidad pública” a la producción, distribución y comercialización del papel de diario, y encomendar a una comisión bicameral su control, en nombre de la “tranparencia”, podría motivar a muchos caudillos del interior a exigir a sus legisladores a aprobar una ley que, tal como estaría concebida, también les permitiría controlar la prensa en sus propios feudos. Habrá que estar atentos a los eventuales y repentinos cambios de opinión entre los opositores.

Ahora, a raíz de las instrucciones dadas por la Presidente al Procurador del Tesoro y al Secretario de Derechos Humanos para que realicen las presentaciones “que consideren convenientes”, el tema de la propiedad de Papel Prensa quedará en manos de los jueces de la República. Esperemos que, al menos algunos de éstos, hayan adquirido la misma independencia respecto a la voluntad de Don Néstor.

Sin embargo, y conociendo como conocemos desde hace diez años, a Kirchner, y tal como lo dice Jorge Lanata en el reportaje citado, no parece imaginable un escenario en el cual deje, pacíficamente, que ese poder se le escurra entre los dedos sin hacer todo, todo, por evitarlo. Tampoco nadie imagina la foto de doña Cristina entrando bastón y banda a un sucesor “enemigo”.

Pese al innegable “arrugue” del Gobierno ayer –hasta entonces, sus informales voceros decían que se comerían crudos a Magnetto y a Mitre, que esperaban ir presos ya mismo-, no debemos descuidar la guardia, pues el tirano de Olivos seguirá “viniendo por todo”.

Con sus desmanes jurídicos, con las actitudes de “Patotín” Moreno, con la ilegal cancelación de la licencia de Fibertel, Kirchner sigue espantando a los inversores, nacionales y extranjeros. Con las minas que ha sembrado en el camino del futuro, todo en la Argentina perderá valor, y allí estarán él y su banda de facinerosos esperando para comprar a precio vil.

Lo preocupante sigue siendo la falta de respuesta de la sociedad agredida, día a día, por este grupo de canallas que, bajo las formas democráticas, nos empujan, lenta pero inexorablemente, hacia el abismo venezolano. La ciudadanía, en su última expresión real, votó mayoritariamente -70%- contra el “modelo” kirchnerista y, sin embargo, la lectura que hizo pública el Gobierno fue que el mandato de las urnas era a profundizarlo.

Después, vinieron la Ley de Medios, las persecuciones a la prensa libre y la creación de diarios, revistas, programas, radios y canales adictos, y la Ley de Reforma Política, generada para restar posibilidades a todos los opositores. Sería redundante explicar cómo imagina la política y cómo ejerce el poder, pues está a la vista de todos.

Pero no está demás resaltar que estamos ante un individuo más vivo que el hambre, pero carente por completo de sutileza. El error cometido por don Néstor con Fibertel –un millón de conexiones representa, al menos, cuatro millones de usuarios, además de miles de empresas- contribuirá al alejamiento de la clase media, a la que considera ya irrecuperable.

Se apoyará en la juventud, a la cual está dirigida todo el mensaje oficial. Es hora que los opositores, que han descubierto a ese sector, que nunca ha votado o que lo hará sólo por segunda vez, comience a pensar seriamente en el tema. Para ello, es indispensable recordar que, quienes tienen menos de cuarenta años, no vivieron la tragedia de los 70´s y, quienes no llegan a los treinta, tampoco saben qué fue la hiperinflación.

De todas maneras, y pese a lo malo del contexto general, el acto de doña Cristina representó un hálito de esperanza. ¡Dios quiera que se repitan!

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