Opinión Internacional

Una frívola Cumbre

La Cumbre de Trinidad fue frívola, es decir, “ligera, veleidosa, insustancial”. De paso, el caudillo venezolano escogió el libro equivocado para el Presidente estadounidense. En lugar de ese compendio del resentimiento político y la aridez intelectual ha debido regalarle un ejemplar de Cien años de soledad, para ayudarle a comprender el realismo mágico latinoamericano. Un curso completo incluiría novelas sobre el despotismo regional, como Yo el supremo y La fiesta del chivo, por ejemplo, pero tales lecturas podrían resultar tóxicas.

Imagino a Obama en su avión, luego de la Cumbre, preguntándole a Hillary si lo que contempló fue real, o una pesadilla inducida por las comidas trinitarias, condimentadas en exceso. Por suerte para los asistentes, las aventuras del otrora Obispo y ahora primer mandatario paraguayo otorgaron al evento momentos de genuino humor, pues las hazañas reproductivas del dinámico pastor convierten en meros deslices juveniles las travesuras de Bill Clinton en la oficina oval.

El verdadero interés de la Cumbre fue sicológico, no diplomático. Latinoamérica se desnudó y se mostró como es. De un lado desfiló una turba de mamarrachos, que habrían hecho mejor papel en alguna jornada del carnaval de Río de Janeiro. De otro lado, los más comedidos, los que usan corbata, se hicieron los locos en torno a temas que en verdad merecen la pena. ¿La Carta Democrática Interamericana? ¿Qué carta? ¿Cómo se come eso? La Cumbre, como corresponde a una Latinoamérica perdida en el espacio sideral, que se mira el ombligo acosada por sus viejos fantasmas, se ocupó de Cuba. ¿Qué tal? ¡De Cuba! No otra cosa importa excepto el chantaje ideológico del izquierdismo tropical.

En cuanto a Obama, llama la atención que desde que llegó a la Casa Blanca se multiplican acontecimientos que sólo presagian tormentas. Corea del Norte lanzó un misil intercontinental. El delirante Ahmadinejad pronunció su hasta ahora más incendiario discurso, en una reunión “contra el racismo” de la ONU en Ginebra, amenazando con la aniquilación no sólo de Israel sino de toda la civilización judeo-cristiana. Los Talibanes pakistaníes ya se encuentran a ochenta kilómetros de Islamabad. En Irak, el comienzo de Obama ha sido recibido con un agudo recrudecimiento de la violencia, y hasta Hugo Chávez se ha dado el lujo de arrojar de Venezuela a uno de sus principales oponentes y de despojar a otro de su poder legítimo. Castro, entretanto, sigue riendo. Los enemigos de la libertad han olfateado la debilidad y candidez de Obama, y lo aprovecharán.

No pocos analistas, deslumbrados por el nuevo Mesías universal, han perdido de vista lo esencial de la Cumbre. No se trata de sonrisas ridículas y un apretón de manos. Se trata de una línea de conducta estratégica que Obama está desplegando como eje de su política exterior, basada en la sistemática subestimación de los enemigos de EEUU y Occidente, en una patente incapacidad para reconocer el carácter irreductible de tales adversarios, en la tendencia a debilitar la fuerza armada de EEUU, a desmoralizar sus agencias de inteligencia y atribuirle a su país los males del mundo, complaciendo el antiyanquismo silvestre e irredimible. Obama fue incapaz de defender con claridad y firmeza a EEUU en Trinidad, de ponerse del lado de los demócratas venezolanos, de decirle a América Latina dónde se ubica Washington en esta etapa de avance de una izquierda insensata y de otra acobardada. Obama va por el camino de Carter. Los síntomas son inequívocos, pero no hay peores ciegos que quienes se niegan a ver.

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