Opinión Internacional

¿Una nueva política mediática?

La realidad de Bolivia la podemos leer desde la cara oficial, y también si
nos pasamos el trabajo de ver el reverso de las cosas, la podemos ver desde
la cara oculta, el revés de los hechos o el ángulo que se pretende
escamotear como posible interpretación de las circunstancias que vivimos y
nos preocupan hoy en día.

La cara oficial(ista) habla de un país en construcción en el que todo
convergerá hacia el cambio, concepto que tiene la amplitud y la elasticidad
necesaria como para tratar de justificar todas las intervenciones que hace
el gobierno en nombre de este postulado. En el actual proceso político se
plantean resultados que se toman como consolidados, dejándose de lado la
evaluación de procesos, o las posibles consecuencias que ciertas acciones
tendrán a futuro. Esta manera de ver la realidad pretende que lecturemos
resultados, que consideremos como dado lo que apenas se inaugura, que
tomemos como cierta la verdad oficial, situación a la que se agrega la
estimulación de un sin número de desconfianzas, acerca de todo aquello que
no responde al posicionamiento oficial de los hechos.

El lado visible de la realidad está constituido por la voz del gobierno, que
tratando de entrar en puerto seguro, ha tomado como principal táctica el
desprestigiar a los partidos políticos y a los medios, respaldándose en
supuestas investigaciones, algunas de ellas a nombre de organismos
internacionales, las que concluyen sin sonrosarse que la mayor amenaza de
Bolivia está concentrada en el trabajo de los medios de comunicación, a los
que se intenta satanizar con consignas de corte mesiánico. La maquinaria
comunicacional del gobierno, que como ya dijimos anteriormente se ventila
también a través de informes, habla de la amenaza diabólica de los
medios de comunicación, que según esta visión estarían distorsionando la
afable, pacífica y nada violenta realidad boliviana. Este es un manejo
interesado y una estrategia utilizada para convencer a la población de que
serían los medios los que deforman la realidad, los que nos hacen enfrentar,
los que están incitando a la violencia. Este tipo de instrumentalización
política, pretende confundir entreteniendo a la población con el trapo rojo
de los medios, para evitar que identifiquen al toro que finalmente terminará
por embestirlos.

Si vemos el revés, nos topamos con que muchas supuestas verdades son
manipulaciones, modos de evitar que la ciudadanía acceda a una conciencia
crítica sobre la realidad, tamizando su opinión con el relato mediático.

Ciertos informes o lecturas, nos plantean una disociación que nos lleva a
confundirnos, puesto que existe una dualidad entre la realidad tal cual la
estamos viviendo y la novela que nos cuentan, aprovechando el hecho de que
la voz oficial pretende el dominio de la información, llevando a un proceso
de disociación de la conciencia.

Las personas quedan así a merced de la inventiva que se plantea como verdad
y de un reverso que queda como una cara que debe permanecer oculta y que
sólo emergerá después de que las voces que se atrevan a apartarse del redil
sorteen innumeras dificultades. Esta técnica de lavado cerebral es
perversamente efectiva y ha sido utilizada en todas la dictaduras, pasando
de Hitler a Stalin, a Pinochet y a las que ahora se ciernen sobre nuestro
continente y que de avanzar no serán menos virulentas, pues vuelven a andar
o desandar el camino de una represión de la información. En los cálculos de
esta manera de operar, el tiempo es el mejor aliado, porque se apuesta a que
cuando las personas descubran el error o distorsión que han permitido,
tendrán muy pocas vías y oportunidades de cambiar el sistema que hasta
entonces se habrá establecido como una asfixiante tela de araña.

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