Opinión Internacional

UNASUR: Juez y parte

No comparto la opinión de expertos y diplomáticos que califican de muy positiva la mediación de UNASUR en el conflicto boliviano y la consideran un triunfo para quienes adversan al presidente Hugo Chávez. Comparto en cambio la opinión del propio presidente Chávez, que la califica de triunfo para sus posiciones y las de su pupilo Evo Morales. Que así habrían evitado un colapso inevitable del régimen cocalero.

En efecto: a cambio de rechazar la inclusión de una condena formal a los Estados Unidos, los miembros de UNASUR no sólo evitaron toda mención a la descarada intervención de Hugo Chávez – más que una simple injerencia, una intromisión inaceptable en los asuntos internos de la nación boliviana. Mientras los Estados Unidos continúan sirviendo de chivo expiatorio a los afanes expansionistas del chavismo y sufren la expulsión unilateral de sus embajadores en Bolivia y Venezuela, Chávez no esperó un segundo para volver a amenazar a la oposición boliviana con intervenir militarmente en su país. Y Evo Morales, respaldado incondicionalmente por los miembros de UNASUR, no esperó un segundo para encarcelar al prefecto de una de las provincias en rebeldía. ¿Triunfo de la democracia boliviana?

Lo cierto es que los presidentes de UNASUR no parecen conscientes del grave daño causado por el intervencionismo de Chávez en las relaciones de la región y prefieren mirar de soslayo ante sus sistemáticas violaciones al derecho internacional y, lo que para los demócratas venezolanos constituye una auténtica tragedia, ante las sistemáticas violaciones a la propia Constitución venezolana.

Todo induce a pensar que tanto Lula da Silva como los Kirchner mantienen compromisos muy onerosos e inconfesables con Hugo Chávez, lo que lleva al primero a considerarlo el mejor presidente de la historia venezolana en sus últimos cien años. Y a los segundos a respaldarlo incondicionalmente dada las ya públicas y confesas revelaciones del suculento financiamiento que habrían recibido de la petrochequera venezolana. Tampoco de Tabaré Vásquez ni de Michelle Bachelet es esperable otro comportamiento que la connivencia o las simpatías. Cumplen a cabalidad con el sagrado compromiso de la izquierda latinoamericana: respaldar a Chávez, como hasta ahora a los Castro, no importa cuán despótico y dictatorial, corrupto o represivo sean sus respectivos gobiernos.

Todo lo cual termina en la vergonzante actitud de los países miembros de la OEA y la abierta complicidad de José Miguel Insulza, su Secretario General, ante el gobierno más corrupto, autocrático y militarista de la región. ¡Qué lejanos los tiempos en que en la OEA participaba la Venezuela presidida por Rómulo Betancourt, que no temió enfrentar las dictaduras de Cuba y Santo Domingo con riesgo de su propia vida!

La Carta Democrática en manos de Insulza no es más que papel toilette: el medio con que limpia sus trastadas el presidente de Venezuela. Malos, muy malos tiempos para la democracia regional

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