Opinión Internacional

Uribe y la soledad continental

La soledad geopolítica magnifica el éxito personal del Presidente Uribe. Emerge como el gran triunfador, ante la significativa incomprensión de la mayor parte de sus pares. Los mayoritarios distraídos de esa inflamación ostentatoria, aún conocida como América Latina.

A la hora precipitada del balance, se le debe reconocer, a Uribe, el mérito de la obstinación. Por haberse ajustado a los rigores de su propio plan de rescate. Sin dejarse presionar por la súbita conjunción de los humanitaristas desconcertados que participaron, como instrumentos indirectos, de la estrategia del Presidente Chávez, compartidas con las FARC. La organización narcoguerrillera que avanza, implacablemente, hacia su definitoria aniquilación.

En algunos casos, hay que conceder que la diplomacia del subcontinente lo dejó solo a Uribe, tan sólo, por inclaudicable desconocimiento. Más que por la predisposición ideológica. Puede percibirse, sin ir más lejos, en el amateurismo de la Argentina más distraída. Con su política vinculada, hasta la dependencia, hacia los vaivenes transitorios del marketing. A la estrategia – llamada en el Portal- de la improvisación. Lo que debe irreparablemente condenarse, en cambio, es la especulación hegemónica de un Chávez que intentó presentarse como la alternativa para solución. Cuando representaba, en realidad, el problema.

La cuestión que Chávez arrastró consigo a las torpezas infantiles de Correa, que transformó parte del Ecuador en un santuario. Al voluntarismo deprimentemente desgarrador de Evo Morales. Y al cinismo franco de Daniel Ortega. A los Kirchner, apenas, puede reservárseles la alternativa piadosa del desconocimiento. Que funciona como el pretexto de la ignorancia, más grave que la mala fe. Y a Lula le cabe la tarjeta amarilla de las amonestaciones. Por no haber ocupado, en materia de merecimientos, en la grilla, el sitial que ocupó Bush.

Autoglorificación

A la hora egregia del balance, se le puede criticar a los dirigentes colombianos de tendencias melodramáticas, una excesiva autoglorificación, con sobreactuaciones que se exportaban hacia los televisores del mundo. Con explicaciones lícitas, pero demasiado largas. Las imágenes, por si solas, bastaban para cautivar, y para fomentar la admiración hacia los heroicos protagonistas del Operativo Jaque. Los jefes militares, instigados por el presidente Uribe, ofrecieron bastantes más detalles de los necesarios. Hasta casi merodear el borde de la imprudencia, sobre todo cuando quedan varias centenas de secuestrados a merced del conjunto de declinantes que sienten el peso del cierre. El acoso de la historia. Entre ellos, persiste un argentino, quien hasta hoy no conmovió lo suficiente como para motivar los reclamos que superen la línea movilizadora del marketing. No alcanza, el pobre, la trascendencia de la señora Betancourt.

En definitiva, debe reverenciarse al pueblo colombiano. Y reconocerse la jerarquía de estadista del Presidente Uribe, el máximo triunfador. Con su ministro de Defensa, Santos, quien estimula explicables ambiciones sucesorias. Y con los otros patriotas colombianos, civiles y militares, que nunca debieran dejarse amilanar por los arrebatos envolventes de la euforia. Como para concederle, a Uribe, a pesar de sus atributos incuestionables, la excepcionalidad de una re/reelección. La continuidad banalizaría el fantástico logro alcanzado. Uribe podría lanzarse, hacia la aventura de la posteridad, con la certeza de haber gerenciado la liquidación de las FARC. La narcoguerrilla que había extendido, la trágica seducción, hacia los vecinos que se comportaron, por lo menos, muy por debajo de la estatura de las circunstancias.

Beligerancia

A través del Operativo Jaque puede precipitarse una interpretación que ilustra la realidad dirigencial del subcontinente, condenado a los fervores tardíamente revolucionarios de los propagadores de fracasos. Que casi abandonaron a Colombia, hasta convertirla en una isla políticamente solitaria, estragada por el pecado imperdonable de asumir cierta proximidad ideológica con los Estados Unidos. Desde donde colaboraron, sustancialmente, para dotar, a los servicios de inteligencia, de los instrumentos más sofisticados. Tuvo Colombia, aparte, la fortuna de contar con el Presidente empecinado, que basó su legitimidad en el propósito de aniquilación frontal de la guerrilla. A la que de ningún modo estaba dispuesto a cortejar. Como lo intentara, con excelentes intenciones, y con deplorables resultados, su antecesor, el Presidente Pastrana. Quien alcanzó a reunirse, y como si fuera un par, con Manuel Marulanda, alias Tirofijo. Una acción falsamente consensual que sirvió para dotarle territorialidad al enemigo. A la fuerza que aspiraba a conquistar, ante todo, el trascendente rol de organización beligerante.

Precisamente la beligerancia fue el status que Chávez se comprometió a conseguirle a Marulanda. A cambio del apoyo más siniestro que carísimo. Sobre todo a partir de los éxitos militares que permitieron el avance de las tropas nacionales. Del Estado de Colombia, en una ofensiva que obligó, a la guerrilla legendaria, a ofrendar lo único que ya disponía para negociar. A los rehenes, con la atractiva cuestión humanitaria.

Turno del Plan Canje. Con la explotación de la «joya franco colombiana», que instaba a las presiones fáciles de los marketineros que pretendían, con un mero gesto, o con una boina, sacar chapa previsible de humanitarios. Sin siquiera sospechar, en el mejor de los casos, que se convertían en instrumentos de una estrategia ajena cuyos riesgos no calculaban. La que compartía Chávez con las FARC, en una alianza imperfecta, y con la complacencia ingenua de Correa y perversa de Ortega. Y con la conmovedora torpeza espiritual de los dos Kirchner, quienes se entregaron, conjuntamente, y con escuetas diferencias de estilo, a las ceremonias coherentes de los papelones. Como el registrado por La Elegida Cristina, en su improvisado monólogo inicial, cuando le solicitó, a un amable Uribe, quien no podía responderle, que se lanzara a las negociaciones de paz. Que era, exactamente, lo que tanto las FARC, como Chávez, necesitaban.

Uribe no podía aclararle a la novel humanitarista que, con todo su derecho, había optado, soberanamente, por un camino. El que, ayer se demostró, era acertado.

Kirchner, en cambio, aportó la indolencia de su magia para el célebre papelón de Villavicencio. Cuando por desocupado decidió hacer el bolo, como inerme extra, amateur de la diplomacia, para la peor filmografía de Chávez. Y se fue a la selva, a buscar un Emanuel que nunca podía aparecer. Porque las FARC no lo tenían. Sólo tenían el camino signado hacia la derrota anunciada.

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