Opinión Internacional

Uruguay: La sonrisa y la esperanza

Amargura, rabia, esas son las palabras que mejor definirían la realidad que viven ciertos políticos uruguayos; cierto ex presidente como Julio María Sanguinetti, cierto candidato presidencial como Luis Alberto Lacalle que, dicho sea de paso, no sé por qué, me hace recordar al cónsul de Bajo el volcán, la genial novela de Malcolm Lowry; y ciertos sectores que hasta el 2005 lucraron del poder en Uruguay.

En contraposición, a cientos de miles de personas les ha brotado una sonrisa franca, una sonrisa casi tan ancha como la esperanza, que al fin de cuentas en el Uruguay actual es sinónima de la sonrisa.

Desde hace muchos años que la sonrisa y la esperanza surgen una y otra vez, asoman en una esquina y se esfumaban en la otra, brotan desde el Plata y se ocultan en el puerto, amanecen en las Universidades y se desvanecen en los aeropuertos, caminan en la marcha y se arrepienten en las escaleras de los aviones, crecen en el oriente y llegan demasiado rápido a occidente.

Sin embargo, esa obstinada necesidad de vivir y sobrevivir, de desandar caminos y volver a caminar, de imaginar futuros y reconstruirlos después de cada golpe, de soñar días mejores y construir solidaridades, fueron construyendo el momento adecuado para que la sonrisa, o sea la esperanza, sean una imagen pensada en colectivo.

Qué es sino eso el Frente Amplio. Qué es sino eso el Plan Ceibal. Qué es sino eso esta pueblada que camina junto al Pepe Mujica. Qué es sino una imagen de la sonrisa y la esperanza pensadas en colectivo, pensadas en comunidad, piedra bruta desbastada y bosquejada entre todos. Por eso, nadie puede ser excluido ni autoexcluirse del camino, y mucho menos quienes en época de total sequía, sacaron el agua necesaria para que la sonrisa y la esperanza pudieran ir sobreviviendo.

Este es el momento fundamental en que quienes dudan, sepan que no pueden excluirse. Es el instante que esa gente de corazón progresista que todavía se ata al Partido Colorado o al Partido Nacional sepa que no puede ponerse a un lado del camino, porque el corazón batllista o saravista tiene un lugar en la mejor historia del país, y por eso debe tener un lugar trascendente en el futuro que se construye ahora, este 25 de octubre. Quien crea que debe esperar a noviembre para sumarse al futuro retrasa el provenir y, de alguna manera se excluye. Hoy, qué mejor síntesis de todas las divisas que la bandera de Otorgués

En las elecciones de 2004, se vio una irrupción de los pueblos del interior que comenzaron a dejar de consumir política para pasar a construirla, fue la irrupción definitiva del interior como protagonista de la vida sociopolítica uruguaya.

Uno de los que más contribuyó para que eso ocurra fue José Mujica, porque supo entender al interior, y lo entendió porque supo ser parte de él. Sin ideologizar de más, con teoría y con práctica, y con una gran dosis de sentido común. Comprendiendo que a la realidad hay que cambiarla desde la vida cotidiana, porque es ahí donde se empiezan a modificar las relaciones de poder, donde se empieza a construir un imaginario diferente, que a su vez ayude a construir una sociedad diferente. Con propuestas antes que con ataques.

Una campaña electoral como la que han propuesto Sanguinetti, Lacalle, y tristemente Larrañaga, que puso en el centro de su actuación el ataque a Mujica, encierra un desprecio al interior, un desprecio al diferente, al “otro”. Es también, sobre todo, un desprecio a la historia que ayudaron a construir Leandro Gómez, Aparicio Saravia y José Batlle y Ordoñez entre otros.

Sanguinetti, Lacalle y Larrañaga están tan encerrados en sus intereses particulares, que desprecian al ‘otro’, desprecian al interior del país, y además lo subestiman porque su actitud busca asustar a los votantes del interior para que no voten por el Frente Amplio y para que no voten por quien más genuinamente los representa, que es sin duda Mujica. En su desprecio al interior, muestran la esencia de una forma negativa de hacer política, una forma con la que la mayoría de los uruguayos y uruguayas no está de acuerdo.

El hecho de que Sanguinetti, Lacalle y Larrañaga, hayan recurrido a la campaña sucia no sólo puso de manifiesto la incapacidad de llevar adelante una campaña electoral digna, de propuestas, sino que demuestra la falta de ética. Tal vez no debería llamar la atención, pero no saben mirarse a sí mismos, no saben mirarse en el espejo, y en esa actitud está el desprecio a José Mujica, el desprecio a los pobres, el desprecio al interior, que es como el desprecio al barro. Aunque el barro siga siendo el mejor material para construir.

Ahora desde que juntas, la sonrisa y la esperanza, han logrado contagiar a cientos de miles, muchos que tienen algo menos que poco, otros que tienen lo necesario y tantos que saben que solo una mayor equidad produce tranquilidad, están convencidos que no podemos dejar que se apaguen. Hay mucho que hacer para que la sonrisa y la esperanza algún día sean sinónimas de total equidad, de libertad, igualdad y fraternidad. Pero sin duda, con José Mujica se profundizará el camino que inició Tabaré Vázquez para que la sonrisa y la esperanza sigan iluminando…
Si la sonrisa y la esperanza son ahora un peligro para los dueños y dueñas de las vitrinas y las motosierras, para Sanguinetti, Lacalle y Larrañaga, es porque son contagiosas Si los señores y señoras del miedo comienzan a temerles, es porque van ocupando todos los lugares del camino, pero sobre todo porque son una imagen en colectivo marchando en el camino.

Ojalá que los señores que desprecian el barro, no sigan poniendo sal en las heridas que van cicatrizando, no sigan promoviendo la exclusión del interior, pero, sobre todo, que quienes todavía dudan, finalmente el 25 de octubre voten contra la exclusión decididos a caminar en colectivo, nunca más que sonrientes, nunca más que esperanzados, nunca menos…

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