Opinión Internacional

Vindicación de un héroe

“Qué importa nuestra cobardía si hay en la tierra
un solo hombre valiente…”
Jorge Luis Borges

1

Este 11 de septiembre se cumplieron treinta años del aciago día en que una camarilla facciosa dirigida por los comandantes en jefe de las cuatro
fuerzas armadas chilenas aplastaran a sangre y fuego un proyecto político
de la civilidad chilena representado y dirigido por el Dr. Salvador Allende
Gossens (Valparaíso 1908 – La Moneda 1973). Treinta años del día en que,
honrando su palabra de respeto a la majestad de la primera magistratura de
la República de Chile, Salvador Allende, líder de la Unidad Popular y del
Partido Socialista de Chile, presidente constitucional electo
democráticamente por la mayoría de sus conciudadanos, prefirió
descerrajarse la cabeza con la última ráfaga de su fusil ametralladora
antes que entregarse a los generales que le desconocieran su autoridad de
Jefe de Estado y Comandante en Jefe. Treinta años de una tragedia que ha
enlutado hasta el día de hoy a una de las más austeras y orgullosas
naciones democráticas del continente. Treinta años de un suceso luctuoso
que sacudiera las mejores conciencias del mundo y que permanecerá indeleble
en las páginas de nuestros horrores.

Pocas acciones en la historia de América Latina y del mundo de mayor
grandeza que la protagonizada por Salvador Allende aquel aciago día de hace
treinta años. No saltó al inútil abordaje de la gloria en un combate
desigual ni se enfrentó en solitario a un ejército de ocupación enemigo,
como pretendiera una semblanza de Gabriel García Márquez. Salvador Allende
no merece el escarnio de caer en las garras del realismo maravilloso o
verse elevado al mítico altar de algún Macondo político. Para eso, el Ché
Guevara que, aún entregándose al enemigo y pidiendo no le dispararan que a
pesar de su aspecto misérrimo era nada más y nada menos que el propio Ché
Guevara en persona, no tuvo su última jugada en propias manos. Cayó
acribillado por la ráfaga de un sargento borracho. Salvador Allende, que
fue el clásico tribuno parlamentario, constitucionalista hasta la médula,
un hombre de inmenso savoir faire y caballerosidad ejemplar, era de otra
madera. Que me perdonen aquellos que aún hoy, a pesar de los pesares,
continúan fieles al icono guevariano. Allende, el Chicho para un pueblo que
lo amara entonces y lo sigue reverenciando hoy, era de una madera muchísimo
más noble y fina. De la madera de los auténticos estadistas dispuestos a
dar sus vidas en defensa de sus principios democráticos.

Las 24 horas del día más terrible de la historia chilena son
verdaderamente estremecedores. Como en el desenlace de una tragedia todo
confluye para el aplastamiento de ciento cincuenta años de vida democrática
casi ininterrumpida desde el establecimiento definitivo de la república en
1830. El acto final estuvo en ese gesto tan trágico y de tantas resonancias
hamletianas con que un hombre convertido en símbolo decide acabar con su
vida. No fue un arrebato desesperado: fue un acto político consciente,
largamente meditado que no tuvo empacho en dar a conocer a sus hombres: los
leales que permanecieron a su lado en los peores momentos, y los traidores
que entonces dejaron caer su careta y mostraron el peor, el más feo rostro
de la chilenidad.

En medio del drama que se desarrolla poco antes del mediodía de un
primaveral martes 11 de septiembre en La Moneda, el palacio presidencial,
asediado por tanques, acribillado por artilleros y a punto de ser
bombardeado por los Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile – que desde
su fundación y hasta el día de hoy no ha participado en otro combate que en
aquel que puso de rodillas y degolló a la democracia chilena – recibe a sus
tres edecanes que vienen a transmitirle la orden de rendirse y aceptar la
oferta de un DC-6 para salir del país con su familia y los acompañantes que
designe. El diálogo ha quedado consignado en la serie de siete artículos
que sobre esas 24 horas realizara un grupo de historiadores para la sección
reportajes de La Tercera, de Santiago de Chile, publicados recientemente:
“Sánchez (comandante de carabineros, la equivalencia a nuestra guardia
nacional y que Allende creyera leal hasta ese momento) reitera que el
avión DC-6 está listo en Los Cerrillos. Badiola subraya que las FF.AA. y
Carabineros están actuando con total unidad, y que eso hace inviable la
lucha. Al final, Grez explica que no se puede enfrentar el poder de fuego
combinado que se ha reunido.-Agradézcale a su institución su ofrecimiento,
comandante Sánchez -dice Allende-. Pero no lo voy a aceptar. No me voy a
rendir. Díganles a sus comandantes en jefe que si quieren mi renuncia, me
la tienen que venir a pedir aquí. Que tengan la valentía de pedírmela
personalmente∑Luego muestra su fusil y fija el índice de su mano derecha
bajo su barbilla: -Y miren: el último tiro me lo dispararé aquí. Los
edecanes se estremecen ante esta amenaza. Badiola pregunta cuáles son sus
instrucciones ahora; los tres temen que se les ordene luchar contra sus
propios compañeros. Pero Allende desactiva de inmediato esa aprensión:
-Vuelvan a sus instituciones, señores. Es una orden. Se despide de cada uno
y los acompaña hasta la puerta. En el umbral, advierte en voz alta que los
«señores edecanes no deben ser molestados.”

2

La noche anterior había cenado en su residencia de Tomás Moro, cercana a
los primeros contrafuertes cordilleranos del oriente de Santiago,
acompañado de sus dos más importantes ministros: Orlando Letelier, de
defensa, y Carlos Briones, de interior, así como de su fiel agregado de
prensa, Augusto “El perro” Olivares. Esa noche se decidió pasar a retiro a
cuatro generales del Estado Mayor de los cuales se tenía la absoluta
certeza de que estaban conspirando, entre ellos los generales Bonilla y
Arellano Stark, tristemente célebre este último a raíz de la caravana de la
muerte que condujese un par de meses después a través del país con un
terrorífico saldo de homicidios, ejecutados con una saña y un sadismo
insólitos y absolutamente innecesarios. Ninguno de los prisioneros
políticos salvajemente torturados por el séquito de Arellano Stark era
verdaderamente peligroso para la estabilidad del régimen. Se trató del
clásico raid de terror para imponer la voluntad sanguinaria de Pinochet.

Quien, terrible engaño, fue considerado en esa misma cena como la carta de
triunfo del constitucionalismo antigolpista. “Tenemos tiempo” – le habría
dicho Allende a sus contertulios. Juraba que de ahí al 14, fecha en que
daría a conocer la convocatoria a un plebiscito, no pasaría nada grave.

Contaba con el respaldo legalista y democrático de Augusto, el amigo de la
familia. Después de lo cual se estaría ya en un terreno libre de asechanzas.

La idea de convocar a un plebiscito llevaba rondándole desde hacía un buen
tiempo y le parecía la carta postrera para evitar el desastre que amenazaba
al gobierno por sus cuatro costados. Así se lo hizo saber al Partido
Comunista en un almuerzo celebrado el domingo 9, durante el cual recabó y
obtuvo el pleno respaldo de la organización de mayor solidez en la
coalición gobernante. Para comunicárselo luego a los cuatro jefes de las
distintas armas de sus fuerzas armadas, quienes se abstuvieron de efectuar
el menor comentario. El sábado 8 por la noche había arriesgado una
indigestión ante el disgusto homérico que le causara la lectura de la carta
que le dirigiera el senador socialista Adonis Sepúlveda, secretario del
Comité Político de la Unidad Popular en respuesta a sus propuestas. Una
apretada síntesis del contenido da cuenta de la bofetada política que ella
suponía: “-Acuerdo con la DC sobre las áreas de la economía: Rechazado.

-Convocatoria al referendo: Rechazado. -«Gabinete de Guerra»: Rechazado.

-Voto de confianza al Presidente para decisiones urgentes: Rechazado.” Se
comprende la indignación con que a media mañana del 11, asediado por la
muerte, le respondiera a los enviados del PS que corrían a ofrecerle una
alternativa de escape: “- No voy a salir de La Moneda. Voy a defender mi
condición de Presidente, así que ustedes no deben ni siquiera plantearme
esa posibilidad. Sé lo que debo hacer. Al partido hace tiempo que no le
importa mi opinión. ¿Por qué me la vienen a pedir ahora? Dígale a los
compañeros que ellos deben saber lo que tienen que hacer”.

Pocas horas antes se había amanecido con la noticia de que la Armada se
había alzado y controlaba completamente el puerto de Valparaíso, sin que
para ello hubiera necesitado disparar un solo cañonazo. Intentó
infructuosamente comunicarse entonces con el contralmirante de La Armada,
que negó a ponerse al teléfono. Su último recurso, el amigo de la familia y
compañero leal, Augusto Pinochet se excusó de atenderlo: dijo encontrarse
en la ducha. A esa misma hora, su ministro de Defensa Orlando Letelier se
había presentado indignado ante las puertas de su despacho para inquirir
acerca de los rumores que corrían por la ciudad. Fue detenido sin que
traspasara el umbral, quedando prisionero a disposición de las autoridades
militares. Allende ni siquiera recibió la noticia. Se desplazó entonces a
La Moneda acompañado por cuatro carros de escolta y sus hombres de
confianza. Poco después se encontraba en su despacho rodeado de su equipo
de trabajo: “el perro” Olivares, su médico de cabecera y miembro del GAP
Danilo Bartulín, su secretario privado Osvaldo Puccio, a quien acompañaba
su hijo, militante del MIR chileno, Payita Contreras, secretaria,
confidente y compañera sentimental, el periodista de palacio Carlos “El
Negro” Jorquera, profundamente vinculado al periodismo venezolano, sus
secretarias, miembros del GAP y algunos compañeros de la Unidad Popular.

Tardó más de dos horas en comprender que había llegado el día tan temido.

Y supo entonces que no había absolutamente nada que hacer. Estaba
enfrentado prácticamente solo a todas las fuerzas armadas. No había que
hacerse la menor ilusión ni con la posibilidad de alguna lealtad capaz de
mando sobre tropas – incluso carabineros y la policía civil, de más de
3.000 hombres armados, habían quedado acéfalas o se habían situado del lado
del golpe -, ni con la posibilidad de alguna reacción popular. Habrá
pensado con dolor y con sorna en Carlos Altamirano, jefe del ala más
radical del Partido Socialista, que recién el domingo 9 en un acto en el
Estadio Chile ˆ el mismo en el que cuarenta y ocho horas después le fueran
trituradas las manos al cantautor Víctor Jara, antes de que fuera fusilado
con una ráfaga de metralleta – había llamado a resistir los embates de la
reacción en un discurso incendiario, y hoy dos días después no disponía de
una docena de hombres armados y un plan articulado de defensa de la
revolución que tanto propugnaba.

Supo en cuanto cogió el AK 47, regalo de su amigo Fidel Castro, que su
suerte estaba echada. Antes, mucho antes de que Pinochet tuviera la
desfachatez de ofrecerle un DC-6 para salir a la Argentina ya había
decidido terminar con su vida. Lo hizo saber con suficiente antelación,
como reza su bitácora del día 10 de septiembre, a pocas horas de iniciarse
el golpe de estado: “El Presidente almorzó con los ministros Briones y
Letelier, el asesor Garcés y los ex ministros José Tohá y Sergio Bitar,
analizando el nuevo diseño dentro de una situación militar ya extrema.

Además de modificar el equipo ministerial y anunciar el plebiscito, crearía
una Dirección de Seguridad, a cargo de Tohá, encargada de coordinar la
inteligencia de las FF.AA. y monitorear las amenazas contra el gobierno. En
la tarde recibió al canciller Clodomiro Almeyda, que llegaba de Argelia, y
más tarde se reunió con los cuatro ministros militares. Este encuentro,
escasamente recordado, tiene gran importancia: el Presidente anunció a los
uniformados que preparaba la formación de un «Gabinete de Guerra». No
abundó en detalles. Los ministros militares entregaron sus renuncias y el
general Rolando González se quedó para resolver un último asunto en
Economía. Allende le anunció allí su decisión de no dejar su cargo en
ninguna circunstancia. Le mostró su metralleta: -General, con esta arma
defenderé este puesto; tengo aquí dos cargadores de 18 tiros cada uno. Los
dispararé defendiendo este sillón, pero dejaré dos tiros para mí.”.

¿Qué autonomía de vuelo podía tener el avión de la segunda guerra mundial
con que Pinochet pretendía sacarlo al exilio, él que al mismo tiempo estaba
esperando la llegada de los Hawker Hunter para bombardear la Moneda?
¿Mendoza, en la frontera con Argentina? Allende pretendía llegar muchísimo
más lejos con un simple disparo: inscribirse en la eternidad de aquellos
que en el momento supremo de la vida, el de la muerte, escogen el
sacrificio ritual como forma de defender la dignidad de la vida, el valor
supremo de la existencia y la necesidad de salvaguardar la convivencia
pacífica y la tolerancia entre los hombres como la forma más perfecta
encontrada en su larga marcha hacia la humanización de la existencia, en
esta alucinante lucha de miles y miles de años por dominar nuestras peores
pasiones y nuestras pulsiones más abyectas.

3

Recibo esta fecha sagrada de la chilenidad a dos horas de vuelo del que
fuera entonces el escenario de un drama espantoso, en Buenos Aires. Formo
parte de una delegación de la Comisión de Asuntos Exteriores de la
Coordinadora Democrática que ha venido hasta Santiago, Buenos Aires y
Montevideo a reunirse con los dirigentes de todos los sectores políticos
para recabar apoyo a la celebración de nuestro Referéndum Revocatorio.

Vemos a los más importantes líderes del Partido Socialista, cuya ala más
radical se opusiera a la celebración de un referéndum para dirimir los
graves conflictos que atenazaban entonces al gobierno de la Unidad Popular.

Todos viejos amigos y compañeros. De ellos, Ricardo Nuñez fue nuestro
compañero de banco en el Liceo Valentín Letelier, de Santiago. Senador de
la República, hoy preside su comisión internacional. Gonzalo Martner,
presidente del PS chileno, fue mi alumno en la escuela de economía y luego
compañero en el MIR. Vemos asimismo a Sergio Bitar, ministro de Salvador
Allende y hoy ministro de educación del gobierno de Ricardo Lagos. Vemos a
Andrés Zaldivar, presidente del Senado chileno, a Guthemberg Martínez,
presidente de la ODCA, a Jorge Pizarro, presidente subrogante del Parlatino
y a Sergio Páez, presidente de la Unión Interparlamentaria Mundial. Estos
últimos, destacadas figuras de la Democracia Cristiana. Todos, amigos
sinceros de Venezuela, que los protegiera y cobijara en los años tortuosos
de la dictadura y hoy ven con aprehensión la grave crisis por que
atravesamos..

Pero constato no sin sorpresa que, en el fondo, nos envidian. Saben que
podemos pasar en limpio el borrador de sus tragedias. A diferencia de lo
que todos ellos tuvieron que vivir, nosotros tenemos la opción maravillosa
de resolver nuestra crisis por medios pacíficos, electorales,
constitucionales. Creen en nosotros y nos respetan porque ven en la
Coordinadora Democrática la reunión del mejor pensamiento político
venezolano, expresión de sus partidos que, para nuestra inmensa fortuna, se
encuentra en franco proceso de recuperación y encabezan la lucha por la
recuperación de la democracia.. Porque confían en nuestra serenidad y
nuestra inteligencia. Porque saben que respetaremos religiosamente las
decisiones que emanen del CNE y el TSJ, así no satisfagan nuestras
inmediatas aspiraciones. Porque saben, finalmente, que no cejaremos en
nuestro intento por llevar a cabo el Referéndum Revocatorio. Que si
nuestras firmas no cumplen a cabalidad con los requerimientos legales,
iremos entusiastas y confiados a recaudar el doble de firmas. Porque saben
que procederemos con madurez y tenacidad.

Chile es el testimonio de un referéndum que no tuvo lugar. Venezuela será
el testimonio de una crisis que fue resuelta civilizadamente. No
defraudemos a la conciencia democrática del mundo. Nuestro triunfo aliviana
la conciencia de un continente trágico y abre las puertas de esas anchas
alamedas que Salvador Allende creyó se abrirían algún día, luego de su
heroico último proceder. Abrámoslas. Hacerlo está en nuestras manos.

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