Opinión Internacional

Vladimir Putin tiende el puente de confianza sobre el Atlántico

El resultado principal de la visita a EE UU del presidente de Rusia, Vladimir Putin, y de sus conversaciones con el mandatario norteamericano, George Bush, está en que se logró registrar un importante avance psicológico en las relaciones ruso-norteamericanas, desmantelar las barreras de prevención y establecer el clima de confianza genuina entre los dirigentes de dos grandes potencias. Los resultados de la visita también pueden ser interpretados como el éxito de la diplomacia personal de Vladimir Putin, quien consiguió vigorizar su imagen de político serio y constructivo, dotado de visión acertada de la realidad actual. Este factor individual, un elemento importante de la diplomacia de Putin, irá desempeñando un papel significativo en el proceso negociador de Rusia no sólo con EE UU sino también con otros países de Occidente.

En cuanto a resultados concretos de la visita, a primera vista no parecen ser demasiado impresionantes. Realmente, las partes no han firmado acuerdos y tratados nuevos, pero he aquí una circunstancia que debe ser tenida en cuenta: los problemas que ahora discuten los presidentes son tan complicados que sería ingenuo suponer que consiguieran resolverlos en un abrir y cerrar de ojos.

Valga como ejemplo el problema, relacionado con la suerte del Tratado ABM de 1972. Naturalmente, ningún analista serio esperaba que a Bush, quien en reiteradas ocasiones anunció el deseo de EE UU de salir del Tratado y desplegar el sistema nacional de defensa antimisiles, se le ocurriera desistir de este propósito. Al mismo tiempo es harto conocida la posición firme de Moscú que ve en el Tratado de 1972 el importantísimo factor de la estabilidad estratégica. Ambos presidentes confirmaron estas posiciones suyas, pero acordaron continuar el diálogo sobre este tema. Según parece, hay posibilidad de encontrar una salida de esta situación embarazosa, sometiendo a cierta «modernización» el Tratado de Moscú. En cualquier caso, los dos presidentes dieron a entender que no les falta deseo por llegar a una fórmula de compromiso.

En lo que respecta a la reducción de los arsenales estratégicos, las posiciones de las partes coinciden en la práctica totalidad de los puntos y hay motivos para suponer que en un futuro próximo, los dos países pondrán en marcha el proceso negociador sobre el Tratado START-3 que establezca nuevos topes, mucho más bajos que los actuales, sobre el número de cabezas nucleares a disposición de cada parte.

Sin lugar a dudas, Rusia y EE UU están situando su cooperación a un nivel conceptualmente nuevo, lo que demuestra el plan de acciones conjuntas, aprobado por los presidentes, que cubre un amplio abanico de campos, en particular, las posibles respuestas a los retos globales a la seguridad, la interacción política, político-militar y económica, así como distintos aspectos de los vínculos bilaterales. Por primera vez desde el término de la Segunda Guerra Mundial, dos grandes potencias planifican las acciones conjuntas y, como muestran los sucesos en Afganistán, coordinan con éxito sus esfuerzos en la lucha contra el enemigo común: el terrorismo internacional.

Vale la pena llamar la atención a otro aspecto de la visita que hace evocar la historia de las relaciones ruso-norteamericanas. Se sabe que en tiempos de la guerra contra la Alemania nazi, Moscú apeló abiertamente a los influyentes círculos hebreos en EE UU, en el intento de asegurarse su apoyo en el tema de prestación a la Unión Soviética de la ayuda económica. Y ahora, 60 años después, el líder ruso de nuevo consideró necesario dirigirse a notables representantes de la comunidad hebrea en EE UU para conseguir la abolición de la enmienda Jackson-Vanick a la ley del comercio que imponía restricciones sobre los intercambios comerciales entre los dos países. Cabe señalar que esta enmienda fue aprobada en 1974 bajo presiones precisamente de los círculos empresariales judíos que querían castigar de tal modo a la URSS que ponía trabas a la salida del país de los ciudadanos de origen judío.

En la nueva Rusia democrática no existen barreras algunas que obstaculicen la emigración judía, y lo confirmó hace poco en Moscú el primer ministro de Israel, Ariel Sharon. En reiteradas ocasiones las mismas declaraciones hizo el rabino supremo de Rusia, Berl Lazar, quien, a propósito sea dicho, acompañó a Putin en su viaje a EE UU. Resulta evidente que no hay razones algunas para mantener en vigor la mencionada enmienda que tiene unos efectos sumamente negativos en las relaciones ruso-norteamericanas, tanto económicas como políticas. Todo parece indicar que la elite política y empresarial de EE UU, incluída su parte hebrea, se hace cargo de ello y es de esperar que el Congreso deje sin efecto por fin esta enmienda anticuada, uno de los últimos vestigios del período de la «guerra fría».

Para relegar definitivamente al olvido este período hace falta tender los puentes de confianza entre Rusia y Estados Unidos. Durante su estancia en el suelo norteamericano Vladimir Putin declaró que «ahora se promueven al primer plano los problemas de confianza, puesto que la gente tanto en Norteamérica como en Rusia aun no ha podido deshacerse del todo de los estereotipos de la ‘guerra fría'».

Los sucesos trágicos del 11 de septiembre comunicaron un fuerte impulso al acercamiento entre Rusia y EE UU, proceso que responde a los intereses estratégicos de los dos países que pueden y deben trabajar de mancomún en bien de los pueblos ruso y norteamericano, en bien de todos los pueblos del planeta.

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