Opinión Internacional

Y llegamos al 2011

“La principal característica del desesperado
es que no sabe que lo está”
Kierkegaard
 
Habitualmente aprovecho el inicio de cada año para verificar qué he dicho en los doce meses anteriores, cuáles de tales pronósticos fueron acertados (los menos) y cuántos fueron desmentidos luego por la realidad, y para dejar asentado, en principio en líneas generales, qué creo que nos sucederá a los argentinos.
 
Sin embargo, el 2010 fue signado, a partir de octubre, por la muerte del personaje central de la política argentina de los últimos siete años. Ese hecho modificó, de modo sustancial, todos los escenarios imaginados hasta entonces y, por supuesto, también lo hará con las elecciones presidenciales, previstas para el próximo octubre.
 
La trascendencia brutal de lo ocurrido –algo que nadie pudo predecir- hace que hoy resulte mucho más positivo hablar del presente que hacer un balance de los aciertos y errores pasados de este analista, lo cual me lleva a alterar esa costumbre.
 
La complicación de la realidad política, que imaginaba para este marzo, me llevó a pensar, y decir, que doña Cristina gozaría –aún cuando ello implicara una contradicción profundísima- de las mieles que la desaparición de su marido le habían aportado en materia de imagen positiva y hasta de intención de voto. Que la muerte de su líder, al que se pretende endiosar, haya mejorado todos los índices políticos y económicos –se disparó el precio de los bonos de deuda y bajó el “riesgo-país”- es una explicación que el kirchnerismo se debería formular como autocrítica.
 
El legado de don Néstor a los argentinos está plagado de corrupción, de arbitrariedad, de clientelismo y de calamidad, sobre todo por haber desperdiciado estos últimos siete años de inusitado crecimiento, y su desaparición ha sido, sin duda, lo que motivó la inversión en las tendencias de opinión -que venían cuesta abajo en los últimos meses- a partir de su muerte.
 
Las últimas encuestas públicas, sin embargo, ya han informado a la señora Presidente que ese nuevo romance con los argentinos, iniciado con su viudez, ha terminado y que los notables desmanejos y disparates cometidos por la pareja hasta la fecha han retornado su imagen a los valores previos al luctuoso hecho que los había impulsado en sentido contrario.
 
Lo sucedido en el Parque Indoamericano, en el Club Albariños, en especial, y la forma en que el Gobierno nacional se condujo al respecto, todo lo cual atribuyo a los tristemente infantiles deseos de lastimar a Macri, no solamente rebotó en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires contra doña Cristina y sus adláteres sino que, al extenderse al Conurbano y a otras provincias, desnudó la falsedad del “modelo de inclusión” que el oficialismo “vendió” exitosamente a sus fieles durante el período más prolongado de altos precios de nuestros productos exportables que recuerde nuestra historia.
 
Por su parte, la fuerte ola de calor que golpeó –y aún lo hace- a los grandes centros urbanos puso, en blanco sobre negro, la magnitud de los desaciertos, intencionales o no, de la falta de planificación de un gobierno y de un ministerio cuyo nombre y objetivo es precisamente imaginar el país del futuro. Y la falta de luz (y, consiguientemente, de agua) empujó hacia abajo la popularidad de nuestra peculiar reina viuda.
 
La imbécil política de reemplazar con subsidios las indiscriminadamente bajas tarifas ha producido dos efectos muy complicados: el primero, que la Argentina ha dejado de invertir en generación (Brasil aumenta su parque en 6000 MW por año) y ha consumido, durante la gestión kirchnerista, más de treinta años de reservas de petróleo y de gas; el segundo, que al salir los subsidios de las rentas generales del Estado, constituidas por la masa de impuestos recaudados, esos subsidios terminan siendo pagados por quienes no pueden gozar de los beneficios de esas mismas bajas tarifas.
 
Lo mismo sucede, por ejemplo, con el millón y medio de dólares que el Gobierno destina a subsidiar a Aerolíneas Argentinas, una empresa que, obviamente, sólo puede transportar a quienes pueden pagar sus tarifas. La falsa invocación de la necesaria conectividad del país entero o de tener una “línea de bandera” son desmentidas, diariamente, por la realidad: en su compañía viaja solamente el 0,5% de los argentinos, pero mantenerla en el aire nos cuesta a todos la cifra mencionada.
 
Que ese despilfarro, y esa corrupción, se produzcan en un país que tiene provincias –como Misiones, según su propio Gobernador- con muchos miles de chicos desnutridos, clama al cielo; ese mismo cielo que atraviesan, cuando el moyanista Tamayo no lo impide con sus huelgas salvajes que deterioran diariamente la imagen turística del país, los aviones aún no públicos.
 
Además de las invasiones violentas de predios, el fin de año trajo a los televisores del mundo entero a los reclamos sociales que, virulentamente, han impedido a los porteños trasladarse para llegar a su trabajo o retornar a su casa. Cuando la pretensión de los tercerizados ferroviarios de acceder a la estabilidad laboral llegó al corte de las vías en Avellaneda, justo en el momento de mayor calor y a la hora de regreso al hogar de quienes viven al sur, la calle hizo eclosión, y el Gobierno fue, lógicamente, quien pagó la factura con nuevas caídas en su popularidad.
 
La estupidez de pretender “vender” un complot que más parecía una ensalada rusa (tenía como ingredientes a Duhalde, a Macri, al Partido Obrero y, creo, que hasta a los boy-scouts) no consiguió explicar a los usuarios del Roca por qué, después de los enormes subsidios aportados por el Estado nacional durante siete años, todavía deben viajar como ganado, y eso cuando los distintos actores del conflicto se lo permiten.
 
Y el colmo se produjo cuando la inflación hizo que se produjeran grandes faltantes de papel moneda en billetes de $ 100. El hecho, más allá de las molestias que ocasionó a todo el mundo, en especial a los jubilados, precisamente en vísperas de las fiestas, puso de manifiesto la irresponsabilidad, la impericia y la imprevisión del Banco Central, y otra vez fue doña Cristina quien pagó la cuenta.
 
Y es que, tal como dijera en una antigua nota, “Lo inexplicable”, que puede leerse en mi blog y que escribí cuando don Néstor prohibió las exportaciones de carne, la medida sólo podía producir la suba del precio de ese insumo básico de la mesa de los argentinos. Ello hizo que me riera de quienes aseguran que Kirchner fue, por lejos, el Presidente que más sabía de economía; creo que lo único que sabía hacer era “cuentas de almacenero”, que sólo son pan para hoy y hambre para mañana.
 
Todo eso sumado me lleva a pensar que la señora Presidente se dejará convencer por sus hijos de dejarse de política e irse a gozar de sus dineros mal habidos al Calafate o al extranjero. Y que, finalmente, un operativo “clamor” bien orquestado depositará a don Danielito en el sillón de Rivadavia, para brindar la paz y la tranquilidad a todas las bandas que, transversalmente, operan en la política local.
 
Una reflexión final y fuera de contexto. Todos sabemos que la rápida salida del mundo de la última crisis fue motivada por el crecimiento de lo que se ha dado en llamar el grupo BRIC, es decir, Brasil, Rusia, India y China. Esos países están consiguiendo bajar fuertemente la pobreza de sus ciudadanos, llevando a la clase media a –en el caso de Brasil- treinta millones de pobres.
 
China, India y los países del sudeste asiáticos son quienes, a elevar el consumo y la calidad de éste han hecho llegar a estos valores los precios de nuestras materias primas. Lo curioso, además, es que son esos mismos países quienes, al abaratar diariamente la tecnología, son los que han invertido la “ley del deterioro de los términos de intercambio”, que decía que, para importar un tractor, cada vez habría que pagar más toneladas de trigo.
 
Es decir, no solamente hacen que sus pueblos coman más y mejor, lo que hace subir los precios de los alimentos, sino que su desarrollo ha hecho que los productos tecnológicos que importamos cada vez resulten más baratos cuando los pagamos con nuestras exportaciones.
 
Esperemos que Dios sea argentino algún tiempo más porque, si no nos ponemos a imaginar otra forma de desarrollar industrialmente al país –ver “Una respetuosa sugerencia a la Unión Industrial” en mi blog-, para llevarlo a competir en los mercados del lujo y la sofisticación en los que los precios no importan demasiado, el avance científico de esos países que hoy hacen nuestra bonanza terminará por permitirles cultivar ellos mismos los productos que hoy nos compran.
 

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