Opinión Internacional

Zona de tolerancia

Parece que el 11 de septiembre resultará para una parte de la humanidad una fecha que marca el estupor ante lo inconcebible y lo inaceptable. Sin duda, el horror de lo que, sin efectos cinematográficos, presenciamos casi en cadena mundial, nos estremeció por lo patética demostración de a dónde puede llegar la estupidez humana por su ausencia de tolerancia.

Pero el HORROR debería estimularnos la reflexión sobre el ERROR, el error que hemos cometido para conducir la humanidad a semejante horror y, posiblemente, a otros mayores que comienzan a vaticinarnos con la suficiente crudeza como para que aprendamos a vivir mejor antes de que nos borren la vida de un plumazo.

Comúnmente el ser humano primero reacciona, sea con solidaridad o sea con odios, generalmente es con ceguera. Ante la imagen del avión estrellándose contra la torre norte del WTC, el horror, la tristeza y la solidaridad se vieron acompañadas del ciego cuestionamiento norteamericano: ¿qué hemos hecho para merecer tanto odio? Solo algunos pocos se suman a la reflexión para responder esta pregunta con un análisis de la conducta del gobierno norteamericano a través de su política exterior, conducta que algunos se han atrevido a comparar con la del “enemigo”, opuesto a una civilización occidental, democrática y judeo-cristiana a la que acusa de ejercer el terrorismo de Estado.

En realidad el 11 de septiembre debe conducirnos a una reflexión tan “globalizada” como la lista de víctimas del WTC o como la sorpresiva condición lograda por el propio terrorismo: la ausencia de tolerancia parece estar en el fondo de estas situaciones. La intolerancia frente a la verdad del otro no puede dar lugar a otra cosa que no sea que nuestra verdad tampoco sea tolerada. Detrás de todo ello está la incapacidad que hemos tenido los humanos para crear entre nosotros zonas de respeto a lo que cada uno es y siente. Nos sorprendemos ante la capacidad de odio de los pilotos kamikaze cuando inclusive rompemos familias por sencillas diferencias, roces, peleas y hasta odios que se generan a partir de la intolerancia.

De la misma forma en que un palestino odia y atenta contra el judío por haber éste “usurpado” su territorio, el judío defiende la existencia de su Estado israelita – casi con la misma frialdad con la que los nazis defendieron la “pureza” de su raza aria – fundamentado en el “derecho de propiedad” que les dieron Abraham, Isaac y Jacob en el segundo milenio antes de Cristo. ¿Cúanta es la diferencia entre ellos y el hermano que se pelea con otro por la parte de una herencia? ¿o cúanta diferencia existe con los resentimientos creados entre yernos y suegras por la “violación” de un espacio familiar? ¿o entre vecinos por una decisión de condominio?

No son solo Bush y sus colaboradores quienes, luego de la tragedia del pasado mes de septiembre, deben iniciar una profunda reflexión. El terrorismo no es monopolio de grupos de fanáticos fundamentalistas, puede serlo también de Estados, de clases, e inclusive de familias y de vecinos. La amenaza del terrorismo la vivimos a diario, la hemos creado todos en base a resentimientos y a la creencia de que nuestra verdad es la verdad.

Siendo así, el reactivo ataque a Afganistán o la captura de Bin Laden no pondrán fin al terrorismo. Esa acción no dará lugar a otra cosa que no sea una constante reacción en cadena, igual que puede ocurrir entre vecinos, hermanos o parejas. Se requiere sabiduría más que fuerza, inteligencia en lugar de venganza, para encontrar un espacio entre la verdad de uno y de otro, un espacio de encuentro entre las razones de todos, dominado no por el resentimiento sino por el respeto y el deseo de brindarnos un espacio de tranquilidad: una zona de tolerancia.

“La verdad no es mía ni tuya, para que pueda ser tuya y mía”
San Agustín

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