Opinión Nacional

20 Años / F 27

“F 27, febrero 27… El día que la gente ¡digo no!” Así dice el coro de una muy aclamada canción de Paul Gillman titulada F 27. Inevitable sería para un artista que haya visto los sucesos de esos días, así sea de lejitos por televisión, no haber salpicado por lo menos alguna actividad u obra con ese recuerdo, basto recuerdo que le quedó a un país despegado del quehacer político: “El día que cambió un país”, como dice el título de Chalbaud.

Indudablemente es una fecha que no puede pasar por debajo de la mesa. Su conmemoración merece el pensamiento patriótico y respeto intrínseco en el corazón de una Venezuela que continúa padeciendo las desgracias de una democracia cada vez menos consolidada. Ante esto, recordemos que aquellos acontecimientos sucedidos en varias ciudades del país, quedaron en su gigantesca e irrefutable mayoría, en un silencio cómplice con la falta de institución que se venía ver en el Estado.

Sopesar las páginas de fotografías de El Caracazo, evoca lágrimas y decepción ante un panorama nacional que pudo haberse dirigido de manera más recta y tolerante. El apuro y el rechazo de las zonas populares que albergaban el 80% de nuestra población para 1989, para con el Paquetazo colocado nada estratégicamente desde el Ejecutivo Nacional, ocasionó una de las tragedias que nunca será olvidadas por los criollos.

El 27 de febrero ha sido motor matriz de muchos movimientos e protestas que con o sin razón nos colocan en la paila del abismo a la Venezuela que tanto adoramos y que debemos recuperar de las manos de la dictadura que se plantea desde Miraflores.

Al cumplirse la veintena de años de esos días que oscurecieron el alma de numerosos hogares, debemos tener presentes que las heridas tal vez sanen un poco en las familias y ciudadanos que de una u otro forma fueron impactados al observar en las calles, la realidad nacional, pero la historia tiende a ser cruel y debe ser así; pues ella relata lo ocurrido con los fieles testimonios de las escrituras que escritas con lágrimas y lamentos, generan la identidad de lucha que hoy ya hemos jurado para que el país brille en libertad y justicia social.

Las fosas comunes en La Peste, los huecos profundos productos del homicidio a mansalva que se desplegó en la capital y los miles de heridos, fueron la sumatoria de un punto de quiebre que no fue suturado antes de tiempo y que abordado cobardemente, constituye uno de los precios políticos y humanos tristemente pagados en la contemporaneidad de nuestro porvenir.

Esos hombres, mujeres, niños, niñas y jóvenes fallecidos y desgraciados, deben ser el repertorio de una conciencia nacionalista viva, una conciencia que afiance el criterio del optimismo hacia un nuevo despertar, para que con el tiempo la conmemoración de El Caracazo sea ejemplo de que pudimos salir del atolladero y ahora estamos marcados a ser felices.

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