Opinión Nacional

23 de enero de 1958: amnistía, elecciones libres, gobierno democrático

“Dios comienza por cegar siempre a los que quiere perder”
Donoso Cortés

Quien diga que en vísperas del 23 de enero estaba convencido de la inminente caída y destierro del dictador Marcos Pérez Jiménez, factotum, amo o señor de Venezuela desde el derrocamiento del novelista y presidente de la república Rómulo Gallegos, miente. Los partidos políticos se hallaban desarticulados, sus dirigencias en prisión o en el exilio, la sociedad civil silenciada y aherrojada, los sindicatos proscritos, los medios amordazados. Venezuela yacía, como durante los 27 de años de la dictadura gomecista, bajo una profunda catalepsia política. Y para hacer aún más delicada la situación, el gobierno podía jactarse de haber desarrollado la más espectacular de las gestiones de gobierno de la historia de la república: la ciudad universitaria, el hospital clínico, la autopista Caracas-La Guaira, las torres de El Silencio, el paseo de Los Próceres, grandes avenidas y así un cúmulo de obras públicas monumentales y que comportaban verdaderas proezas de ingeniería y arquitectura habían venido a transformar de raíz a la capital y muchas ciudades del interior. Venezuela era un país en plena y boyante expansión. Su prosperidad atraía a millares y millares de inmigrantes y su poderío petrolero la convertía en tierra de promisión para millones de vecinos.

Aún así: al fragor del descontento que comenzaba a respirarse por doquier ante la asfixia de las libertades democráticas, los esfuerzos unitarios de los combatientes antidictatoriales habían comenzado a rendir sus frutos y una Junta Patriótica se constituía en la clandestinidad, en junio de 1957, agrupando a factores de URD y el PCV. Pronto se unieron a ella adecos y copeyanos. Pero de allí a imaginarse los dramáticos sucesos que sacudirían a la sociedad venezolana unos pocos meses después, el 23 de enero de 1958, había un mundo. Nadie con elemental sentido de la realidad lo hubiera pronosticado. Lo confiesa con toda sinceridad Enrique Aristiguieta Gramcko, representante por el partido COPEI en dicha Junta Patriótica, de la que ya formaban parte Fabricio Ojeda, Amílcar Gómez y – así nos asombre hoy – el actual vicepresidente de la república José Vicente Rangel.

Digo asombroso, pues las reivindicaciones de la Junta Patriótica que dirigió la última etapa de la lucha antidictatorial, podrían ser reivindicadas hoy punto por punto y sin cambiarles una coma por una Junta Patriótica que se planteara el fin del régimen y la reconquista de las instituciones y garantías democráticas. ¿Qué exigía la Junta Patriótica? Amnistía, elecciones libres, gobierno democrático. Adicionando algunas que entonces a nadie se le hubiera ocurrido agregar: fin de la inseguridad y la criminalidad, cese de los millares de homicidios anuales, término del desempleo y el hambre, erradicación de la pobreza y castigo ejemplar de la corrupción administrativa y la entrega de los baluartes de la Nación al dominio de una isla miserable y paupérrima que nos ha convertido en satrapía. Podrá sonar exagerado, pero los hechos son más porfiados que las consignas. ¿O puede el actual vicepresidente asegurarnos con la mano en el corazón que en la Venezuela de hoy no hay presos políticos, las elecciones no son amañadas y el presidente de la república no concentra en su mano absolutamente todos los poderes?

Si un factor hacía falta para demostrar fehacientemente el desmoronamiento material y espiritual de la república, he ahí el Viaducto construido entonces y ahora, al final de todo un ciclo de nuestra vida política, en ruinas y agonizante. En el colmo de la impudicia bajo la fiscalización de un funcionario de la república que pretende silenciar a los medios por dar a conocer el prontuario de un delincuente común colombiano, único testigo de los crímenes con que pretende perseguir a la oposición democrática.

Como para no creerlo.

Seamos francos: la situación entonces no revestía ni con mucho la gravedad existencial que ha adquirido la crisis venezolana bajo el despotismo autocrático de Hugo Chávez. Pues la dictadura de Marcos Pérez Jiménez no portaba caretas humanistas gratas a la ingenua progresía universal. Tampoco podía vanagloriarse del respaldo de gobiernos democráticos y, para mayor escarnio, de izquierdas. Ni pretendía asfixiar para siempre las libertades públicas, liquidar la libre economía de mercado, depauperar a la población para convertirla en carne de cañón electoral e implantar un régimen castro-comunista. Así nos duela en el hueso tener que confesarlo y vaya contra nuestras más hondas convicciones democráticas, comparativamente con estos ocho años de zarrapastra, marginalidad, caos y desintegración física y moral, los últimos ocho años de gobierno de Marcos Pérez Jiménez fueron sencillamente admirables.

Peor aún: contaba, como contaran todos los gobiernos anteriores desde Juan Vicente Gómez, con la más excelsa élite ilustrada y profesional del país, dirigiendo las diversas carteras de su gabinete los mejores cerebros de la nación. No esta manga de analfabetas, ineptos, ambiciosos y corruptos personajillos del submundo izquierdoso encumbrada a las más altas instancias ministeriales y diplomáticas sin otra razón que su servil obsecuencia al autócrata. Ni dispuso tampoco el general Pérez Jiménez de los gigantescos recursos financieros con que el más alto precio registrado en la historia del petróleo provee al actual mandatario. Para que los dilapide y extravíe en las fauces de socios y aliados inescrupulosos e insaciables.

De allí que la pastoral del obispo Arias con motivo de la celebración del día del trabajador, el 1º de mayo de 1957, que abrió los cauces al rompimiento frontal de la iglesia con la dictadura y pusiera al clero en franca rebeldía, sea un pálido reflejo de indignación ante la densidad, la hondura y el escándalo que signa el documento de la última pastoral de la Conferencia Episcopal Venezolana. Quien leyera sendas realidades históricas en los espejos de dichos documentos eclesiásticos, tendría que concluir que los males inflingidos por la dictadura del general Pérez Jiménez al cuerpo social venezolano no son más que una migraña comparada con la gangrena material y ética que denuncian los obispos en su último testimonio pastoral.

Miseria, inseguridad, desempleo, hambre, homicidios y violaciones a los derechos humanos, presos políticos, concentración de todos los poderes, corrupción generalizada, abusos y ataques contra los medios de comunicación allí reseñados bastan como para imaginar que el fin que le espera a este régimen en este Año-D, está muchísimo más próximo de lo que los propios opositores imaginan. Incluido el clero. Son señas más que evidentes para presagiar tiempos muy tormentosos. Si bien los arcanos de Clío, la diosa de la historia, son absolutamente insondables. Como lo eran a meses del 23 de enero de 1958, cuando ni Fabricio Ojeda ni Enrique Aristiguieta podían imaginar que estaban a un paso de asumir el control político del país. ¿Lo imaginarán José Vicente Rangel o Guillermo García Ponce, protagonistas de los hechos de entonces y cómplices activos de las barbaridades de hoy? Dios ciega a quienes se niegan a ver la realidad, reza un viejo proverbio. Si no es que Dios ya los ha cegado. Se lo merecen.

EN RECUADRO:

SU SANTIDAD PIO XII EN LA PL AZA DE SAN PEDRO, A RAIZ DEL JUICIO CONTRA EL CARDENAL MINDSZENTY, ARZOBISPO DE ESZTERGOM, HUNGRÍA, EL 20 DE FEBRERO DE 1949

“¿Queréis una Iglesia muda cuando su deber es hablar?

“¿Queréis una Iglesia que desvirtúe la Ley de Dios, acomodándola a humanas arbitrariedades cuando está obligada a proclamarla en voz alta?

“¿Queréis una Iglesia que se aparte del fundamento inconmovible sobre el que Cristo la fundó una vez por siempre, dejándola a la deriva de opiniones inconsistentes de última hora?

“¿Una Iglesia que no fustigue la opinión de las conciencias, que no salga por las justas libertades de los pueblos, que se encierre por un servilismo mal entendido entre las cuatro paredes del templo, que olvide el mandato divino: “Salid a las encrucijadas de los caminos e instruid a los hombres?”

“Queridos hijos e hijas, descendencia espiritual de una innumerable legión de mártires y confesores, es ésta la Iglesia que amáis y a la que pertenecéis…

“¿Reconocerías en ella los rasgos de vuestra Madre?

“¿Podéis imaginarios al sucesor de Pedro doblegado a semejantes pretensiones y exigencias?”

“La Plaza de San Pedro retumbó con un NO que aún resuena en nuestros oídos”

Sor Pascualina Lehnert, ama de llaves de Pío XII

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