Opinión Nacional

23-E-13 Venezuela: “Una democracia enferma”

Con gran acierto el embajador de Panamá en la OEA Guillermo Cochez calificó a Venezuela como una “democracia enferma”. Lo venimos manifestando, desde que el venezolano se equivocó en los síntomas que provocaron la llamada “antipolítica” luego de la “década perdida de los 80’”, que concluyó en el devenir del morboso 4F de 1992, que nos condujo a mal interpretar el liderazgo militar, transformado en el hoy decadente “chavismo”, contra el que luchamos por zafarnos sin trauma y con la esperanza de recuperar la democracia perdida.

Vivimos entonces una ascendente situación conflictiva, que reclamaba un cambio profundo en el rumbo político nacional, pero parecía que los actores se autoengañaran, creyendo en el engaño del pueblo, por ello, sacrificaron el deseo de los que tuvimos cerrado el camino y la oportunidad de participar en la reconstrucción de la que calificábamos “burda democracia”, que no fue el sueño de nuestra hechura. Prueba de ello fue, que quien más sufrió la ignominia de haber equivocado el camino, fue Carlos Andrés Pérez, sumado al factor que favoreció la propuesta de una Constituyente, pero que el interés político o por el monstruo del partidismo perverso que se había apoderado del Estado, no pudo destruirlo o llevarlo a su racional tamaño.

No compartíamos el criterio de que la Constitución vigente (1961) era la mejor del mundo y por eso había que mantenerla. Nos preguntábamos entonces: ¿Si hay racionalidad sin demagogia, cuál es el temor a convocar una consulta popular sobre la Constituyente?. ¿Es miedo a que el pueblo esté de acuerdo con ella, con lo cual reconocería que no tenemos la democracia que queremos, o es miedo a que en esa Constituyente no estén presentes los «profesionales» del Congreso?. En todo caso, la Asamblea Constituyente no tendría porque modificar los elementos fundamentales del Estado, si éstos se adecuan a las exigencias del deseo del pueblo, mas si lo haría, con aquellos elementos constitutivos que fueran erráticos y no tenian justificación vigente. Criticábamos, que la constitución fue hecha hermética o blindada, que no permitía la adaptación racional de los entes del Estado a la realidad política, sin desconocer que ella estaba fundamentada en el tutelaje del pueblo, que había sido secuestrado por los partidos, siendo solo ellos, los que tenian el poder para decidir el rumbo del propio Estado, que no hubiera sido grave si no se hubiera desviado la función de representante popular hasta considerarse una profesión y privilegio exclusivo de los partidos.

Ante ello, el cierre de la santamaría del Congreso sin darle relevancia al clamor de reformar la Constitución para incluir el referendo a los fines de legalizar la posiblidad de la Asamblea Constituyente, no podía verse de otra forma, sino de temor a perder el privilegio que se habian autoasignado, con lo que convalidaban el criterio expuesto por quienes consideraban que la reacción de los representantes de la vieja clase política, tanto por su longevidad, nepotismo y permanencia en la función, realmente asustaba y era una invitación a la violencia.

Fue una contradicción la ligereza conque los voceros de la vieja élite despachaban estos asuntos. Ellos exponian: “Aquí no hay lugar para la violencia porque los venezolanos aman la paz”. Sin embargo, las encuestas demostraban lo contrario y no podiamos olvidar, que en Venezuela sí había violencia durante la democracia. Violencia que fue el resultado de un pacto cuyas bondades fueron muchas, pero que excluyó de la participación a fuerzas políticas significativas: “Se estaba con el Gobierno y con la democracia o contra ellos”. Autoengaño que polarizó la actitud del electorado a favor o en contra de la violencia. Lamentablemente, el temor a la pérdida del poder encegueció a la dirigencia política y concluyó en el régimen que hoy tenemos.

Hoy, al cumplirse 55 años de nuestra odisea del 58’, nos enrumbamos por la certeza del equívoco, cuando la creciente oposición en un examen de conciencia, acorralada por la vorágine y el desespero de un régimen herido de muerte por la gracia del destino implacable contra la desidia, el odio y la maldad, toma aliento y da soltura a la alegre esperanza de un futuro pleno del realismo verdadero, contra el “realismo mágico” que vivimos y sufrimos por demás atolondrado e irreverente. Pareciera cumplirse el dicho que “la felicidad tarda pero llega”, y que “no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.  Mientras tanto, “el fetichismo del siglo xxi” quiere lanzar su desesperanza del liderato único acongojado, tratando de aparecer frente al espejo del tiempo, como un “Aladino” con su lámpara encendida el 23 de enero de 1958. Quieren transmutar el inicio de los “40 años” que negaron de democracia, por el renacer de “una nueva democracia”, aunque niegan que vivimos en una democracia enferma.

55 años despues, pareciera que perdurara el temor de entonces en la masa conspicua del liderazgo político consciente, que perseguidos por la sombra de la duda en el porvenir, eludieron su responsabilidad por lo que podía ocurrir a la democracia. ¡Y ocurrió! La realidad presente, es mas grave que la que vivimos entonces, cuando decíamos: «en los aires de Venezuela soplan vientos de violencia», presagiando un mal gobierno y una mala situación como la que vivimos. Podemos conluir, en que hoy igual que ayer, nada es producto del azar, sino de la mala política y de la incapacidad de la mayoría de los líderes para entenderlo. Pareciera una paradoja, que en lugar de unir los miedos y los temores para en unidad aprovechar la fuerza, hacen florecer los deseos generacionales y los juveniles liderazgos, como el mismo autoengaño utilizados por los “jurantes de Güere”, que transformaron en fracaso el 23-E del 58.

Mas clara no puede ser la manifestación del temor que tienen muchos políticos. Este país, que siendo de todos, no ha permitido a muchos con grandes deseos y aspiraciones, hacer el relevo de los fracasados. Como venezolano coresponsable de esta hechura democrática nacida el 23 de enero de 1958, sentimos vergüenza por los que ni siquiera se han dado cuenta de su errónea acción, que condujo al fracaso ese ideal nuestro. “Yo no soy testigo referencial del hambre de mi familia”, como lo expone una líderesa en sus discursos, “sino que sin militar y militando en un partido sufrí los rigores del hambre por no encontrar empleo para mitigarla”. Esta hazaña es para nosotros historia, por lo que seguimos luchando para salvar nuestra responsabilidad por omisión, ya que sin dudas, vivimos en una democracia enferma.

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