Opinión Nacional

53 años del 23 de Enero

Es fácil decirlo y recordarlo ¡53 años del 23 de Enero! pero no es fácil engullir la tristeza del recuerdo de este karma que nos atosiga, producto de la desviada estupidez de la joven generación militar que se enraizó en una gran mayoría de los venezolanos, cuando en 1992 equivocadamente creyeron identificar el sentimiento nacional, que buscaba salidas para recomponer el ideal surgido el 23 de enero de 1958. Lamentablemente, el error surgió cuando el vaho del “por ahora” militarista se erizó con calificativos de “proceso”, “proyecto” y al final de “revolución bonita”, como proyección cubana, hasta encumbrarse como “Socialismo del Siglo XXI” que lo único novedoso que tiene es el siglo.

Los “revolucionarios” siguen olvidando, que el militar ha sido y debe ser ajeno al ejercicio de la política gubernamental, por cuanto su juramento y servicio están signados como ficción de la Patria, que debe llenarlo del estigma más alto para cumplir un deber de defensa, que jura por voluntad propia con el riesgo de su vida si fuere necesario. Es esta ficción la que lo forma como guerrero simbólico amparado por la ley. Más, cuando confunde en la práctica precepto constitucional con orden superior jerárquica, o se transforma en un mercenario pretoriano al mando de la esquizofrenia.      

Fue el trance de veteranos adulones, amparados en la honestidad inocente de jóvenes e ignorantes militares, quienes sorprendidos y engañados, sin purgar sus penas por la traición a su juramento, asumieron como veletas un poder etéreo y omnímodo al mando del teniente coronel Hugo Chávez, quien con la oferta de retomar el hilo constitucional aparentemente perdido, engañosamente constituyó con sus mecenas el gobierno que hoy tenemos, sin lógica, sin sindéresis y sin criterio, amasando todos los poderes bajo su mando único con la amenaza del “poder” militar; lo que sublímenle llama “poder popular” en el “Socialismo del Siglo XXI”, que no es más que el engaño a la humildad del venezolano.

Cincuenta y tres años han pasado del inicio del sistema democrático que hoy recordamos y añoramos. Habían transcurrido tan solo siete años y 22 días de la segunda mitad del Siglo XX, cuando la fibra del venezolano entumecida por la borrasca que quedó después del despliegue militarista gobernante insuflado por Páez, y que se posicionó con ínfulas dictatoriales durante casi un siglo, logró vencer el ensayo militar-nacionalista de Pérez Jiménez, para iniciar un experimento democrático, triste y lamentablemente enturbiado por el desfasado pensamiento de Fidel Castro, quien al final creó y cosechó en nuestro país otra endeble base política fracasada después de 75 años del experimento en la UURRSS. No bastaba la terquedad y el desatino de quienes cíclicamente han pensado que el mundo puede ser, a pesar de sus fracasos, la utopía de Moro o el camino de Marx y siguen insistiendo en alimentarla y aderezarla con incultos caudillismos criollos y latinos.

El 23 de enero de 1958, es el recuerdo de una vivencia perdurable. El día que marcó en nosotros la ruta de un camino hacia la esperanza y hacia el deseo de vivir del orgullo existencial. Pero es triste también tener que enfrentar a muchos viejos quijotes del comunismo otoñal, quienes siguen creyendo que pueden abortar el tiempo para hacer florecer nuevas esperanzas a pesar de los fracasos.

Hoy queremos repetir que el día siempre llega, sin premura y sin atropellos. El transcurrir del tiempo siempre será igual, vendrá la mañana después del amanecer, luego vendrá la tarde y al final entrará la noche con su natural oscuridad, algunas veces impregnada de luz con las estrellas y la luna, pero con el giro terráqueo, volverá otra vez un nuevo amanecer. ¿Con luz, con vida? Amanecerá y veremos. Solo la desesperanza creará el trauma que nos impedirá ver el nuevo amanecer.

Pareciera que la historia se repite, aunque sabemos que nunca un momento será igual a otro. En la noche del 22 con su amanecer del 23, surgió lo esperado. El síndrome del desencanto había triunfado y la juventud militar de entonces respondió al anhelo del pueblo contra la dictadura, sin golpe de Estado. Solo el trauma del cambio resurgió como panorama y como siempre, los grandes jerarcas “vividores” abandonaron sus “corotos” buscando la liberación de sus pecados.

Teníamos que decidir, entre quedarnos estáticos para mantener la visión de “El Nuevo Ideal Nacional”, o dar un paso al frente para apoyar y dar cabida al ideario de los políticos que, luego del “golpe” de 1945, habían sido depuestos en 1948, por uno de los líderes militares que los acompañaron en la aventura, convertido por la voluntad de sus seguidores, en el Jefe del Estado. Bien pudiéramos hoy decir, que el “Nuevo Ideal Nacional” era un nacionalismo autóctono, mientras que el llamado “Socialismo del Siglo XXI” es una simple parodia de los fracasados regímenes especiales de Fidel Castro enquistados en el siglo xix.

Es cierto que la historia no puede cambiarse, pero es de necios creer que con las evidencias de la mediática comunicacional se puedan reformular hechos y visiones. Los hechos pueden reformularse, igual que las ideas, no así las visiones que se creen o se obvian, pero el fondo queda si son patentizadas. Hoy como ayer, es de estúpidos admitirlas cuando crean rechazo. Es lo que está ocurriendo con esta “revolución”, desgajada de pensamiento y obra. Solo mentes obtusas pueden defenderla.

Rememorar el 23 de Enero no es querer regresar al pasado, ya que nadie quiere vivir lo vivido y mucho menos revivirlo. Si deseamos, retomar el espíritu de lucha que entonces tuvimos por la democracia, hoy más deseada que nunca.

La marcha del 23 de enero sirve para medir la fuerza que hoy persigue: “Mantener la Democracia”. Sirve para recordar que el 23 de enero de 1958, el pueblo de Venezuela y la Fuerza Armada Nacional, se unieron para derrocar la última dictadura militar del siglo XX que sufrió el país. Hoy 53 años después, quiere rechazar el intento de consolidar un sistema totalitario y atrasado, reiterando su inquebrantable decisión de vivir para siempre en paz y libertad.

Se quiere recordar, que los errores cometidos por la Oposición en estos 12 años, han comenzado a rectificarse con la negativa a la reforma constitucional el 2D; la mayoría que encumbró 67 diputados a la Asamblea Nacional el 26S, y la lucha en la calle para reclamar los derechos que quieren conculcarse, y para protestar por las violaciones constitucionales del presidente y de sus súbditos de los otros poderes del Estado. Pero lo más importante es que el pueblo se vea con el poder colectivo y se mire cara a cara con los compatriotas que lo apoyan y siguen en la lucha que es de todos.

Es lastimoso tener que tolerar la conchupancia en la violación constitucional del TSJ; la desvergonzada actitud de muchos jueces del “proceso” y los discursos fútiles de los venales diputados y gobernantes; aunque mayor es la ridiculez del jefe del Estado. “Para atrás ni para coger impulso, pero rectificar es de sabios”


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