Opinión Nacional

A 45 años de la llegada del hombre al espacio

Aunque la era espacial comenzó oficialmente en 1957 con el lanzamiento del satélite Sputnik I, la fecha del 12 de abril de 1961 es mucho más significativa por celebrarse la llegada del hombre al espacio, al entrar en órbita -y cumplir una vuelta a la Tierra en 90 minutos- una pequeña nave conocida como Vostok I, con un cosmonauta ruso a bordo. Se llamaba Yuri Sergeyevich Gagarin, luego proclamado “héroe de la Unión Soviética” y por ende no se le permitió arriesgar más la vida en vuelos espaciales. Y los soviéticos conocían bien los peligros de estos vuelos, pues ya habían perdido varios astronautas en anteriores intentos de ganarle la carrera a los EE.UU., país que había anunciado ya un vuelo tripulado suborbital para mayo de 1961, apenas un mes después de la hazaña rusa.

Pero los norteamericanos no conocían la fecha del lanzamiento del Vostok y estaban convencidos que enviarían el primer humano al espacio, acelerando sus planes desde la sorpresiva bofetada recibida por el Sputnik, hito tampoco anunciado ya que la URSS sólo informaba sus éxitos, por si acaso algo iba mal, ya que todo lo que aprobaba el Kremlin era para fines propagandísticos. Ese vuelo se cumplió de todos modos, con el astronauta Alan Shepard a bordo, en una misión en la que casi pierde la vida, pues su nave hizo agua al amarizar en el Pacífico. Un año después, John Glenn tuvo el privilegio en ser el primer estadounidense en órbita, y –héroe nacional al fin- tampoco se le permitió ir en otro vuelo, hasta que vieron la utilidad de hacer ensayos en un anciano, y Glenn estaba ansioso por volver al espacio, aún a sus 77 años, así que formó parte de tripulación del trasbordador Discovery en 1998.

Gagarin no tuvo la misma suerte, pues murió en un vuelo de rutina mientras probaba un nuevo avión jet militar, que se estrelló en 1968. Obviamente sus cenizas reposan en el Kremlin, cerca del cuerpo embalsamado de Lenin, pues su hazaña dio un puesto de honor a la URSS en el campo tecnológico, primacía que conservaron por años al ser los primeros en enviar un ser viviente el órbita (la perrita Laika, que murió en vuelo) y, luego de Gagarin y Titov, a la pionera Valentina Tereshkova, considerada como otra heroína de la revolución. Luego los soviéticos enviaron una nave más grande (Soyuz) con tres hombres a bordo, pero no satisfechos de sus hazañas orbitales, apuntaban ahora a otros cuerpos celestes, y -algo poco conocido en el mundo occidental- fueron los primeros en enviar una nave para impactar en la Luna, para luego poner a un satélite en órbita lunar y finalmente hacer aterrizar suavemente una nave no tripulada sobre la superficie selenita. Obviamente, el próximo paso era enviar a un hombre a la Luna, pero los estadounidense se les adelantaron en 1969 con el trascendental vuelo del Apolo 11. Perdida la carrera a la Luna –y su valor propagandístico- los soviéticos se concentraron en tener una estación espacial en órbita prolongada, lo que consiguieron con la Salyut en 1971, algo que igualaría la NASA con su Skylab dos años después. De ahí en adelante, fueron muchos éxitos de EE.UU. y pocos de la URSS, presionada económicamente por fondos para el programa espacial, que ya no le servía para su siempre esencial propaganda ideológica, mientras se acercaba su debacle política.

Y hablando de héroes soviéticos, uno casi desconocido fuera de Rusia es Sergei Korolev, quien fue el equivalente a Werner Von Braun en EE.UU., pues también salvó lo que pudo del programa V-2 alemán y luego aplicó los conocimientos de los pocos técnicos del mismo que se pasaron a la URSS, para ser el verdadero artífice del programa espacial soviético, al diseñar los primero cohetes funcionales. No todos trabajaron bien, y hubo fracasos trágicos al principio, pero sin Korolev los rusos no hubieran dominado la primera etapa de la carrera espacial. Esto, a pesar de que en la era estalinista Korolev estuvo preso por “actividades subversivas”, e incluso hizo sus primeros experimentos en un laboratorio de la prisión. Obviamente los rusos aprovecharon el know-how para sus mísiles balísticos con ojivas nucleares y gracias a Koralev se equipararon con los norteamericanos, en el tétrico empate nuclear de la guerra fría.

Siendo el científico jefe del programa espacial, Korolev estuvo a cargo también de la fallida misión tripulada lunar, que no arrancó nunca porque los soviéticos le asignaron pocos recursos, estimados en la décima parte de lo gastado en el exitoso programa Apolo. El fracaso lunar lo colocó en una lista gris y ya no se le encargaron proyectos ambiciosos, La identidad, ubicación y funciones de Korolev eran conocidos por pocos y trabajaba casi detrás de las bambalinas, por los temores de la jerarquía a que fuera secuestrado o asesinado. Pero después de su muerte en 1966 Korolev fue rehabilitado y enterrado en al mausoleo del Kremlin junto a Gagarin. No podía ser de otro modo, habiendo sido el principal responsable de los logros del programa espacial ruso, que tuvo un día glorioso hace 45 años, cuando el hombre finalmente salió al espacio, abriendo nuevos e insospechados horizontes para la humanidad.

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