Opinión Nacional

A cada Guzmán le llega su Rojas Paúl (cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia…)

La historia es maestra de la vida. Ella enseña que la reelección de
caudillos siempre ha tenido resistencia en la sociedad civil. La
historia de Venezuela es demasiado elocuente. Liderazgo más
poderoso que el de Chávez lo tuvo Guzmán Blanco en el siglo
diecinueve.

Fue Jefe indiscutido del Partido Liberal Amarillo, partido
gobernante de entonces; fue Comandante en Jefe del Ejército que él mismo
había creado a su medida; fue presidente de la República varias veces y
dominó la política venezolana por espacio de 19 años, y fue ladrón destacado
de los dineros públicos. Su liderazgo fue tan poderoso que arrebató y
expropió conventos, templos y propiedades a la Iglesia católica.

Gobernó primero durante siete años (el ‘septenio’), se reeligió
luego por cinco años (el ‘quinquenio’) y reformó la Constitución
para reelegirse cada dos años, y después de pasar vacaciones
anuales en Europa, regresaba para ocupar de nuevo la Presidencia.

Hablaba hasta por los codos, sus palabras inundaban pueblos, aldeas y
tropas. Vociferaba que él tenía que culminar su proyecto
político, que haría de Venezuela una potencia, que el país sin él
no valdría nada,’yo hago únicamente lo que quiero’, decía, ‘los que a mí me
sirven deben romper todos los vínculos para contraerlos sólo conmigo, que
represento la patria de ahora y del porvenir’, y si llegaran a destronarme,
gritaba, el país se encendería en guerra y sangre. Los mismos argumentos de
Chávez, el imprescindible. Pero a Guzmán Blanco, el todopoderoso, le salió
al paso un Rojas Paúl, civilista, demócrata, habilidoso, culto, organizador
de partido y enemigo de la reelección y la autocracia. Sostenía que la
reelección ‘es una idea infecunda para la vida política moderna y a gastada
en la historia’. Eso lo dijo hace más de cien años, pero la gente no
aprende, porque el hombre es el único animal que vuelve a caer en el error
dos veces.

Guzmán Blanco, que se sentía presidente continuo e indefinido, fue
destronado, derrumbado, por Rojas Paúl, y cuando creyó Guzmán que el pueblo
iba a salir en su defensa, salió más bien a festejar y
destruir sus estatuas y retratos. Al pobre Guzmán, que pensaba
seguir gobernando al país los últimos años de su vida desde un
chinchorro de su solariega casa de Antímano, como piensa Chávez
hacerlo desde la orilla del Capanaparo, no lo dejaron entrar más
nunca a Venezuela y se murió hablando pendejadas de revolución y en la mayor
soledad política. Rojas Paúl, después de derrocar a
Guzmán, asumió la Presidencia por sólo dos años (1888-1890) y se fue dando
una lección de alternabilidad demócrata como jamás se ha visto en Venezuela,
digno de un admirador de Bolívar como él.

Las coincidencias de esta historia con la actual coyuntura que vive
el país es pura casualidad, pero a cada Guzmán le sale su Rojas
Paúl. La historia es maestra de la vida.

Prof. Jubilado ULA-Táchira. Militante del Partido Comunista de
Venezuela

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