Opinión Nacional

¿ A quién sirve el Trasímaco criollo?

En el libro I de la República de Platón hay un discusión entre Sócrates y Trasímaco que bien pudiera aplicarse a los “diálogos” encabezados por José Vicente con la asistencia ocasional de Hugo. ¿Quién era Trásimaco? Era un sofista, un cínico de la voluntad de poder, de esos que no se paran ante nada hasta conseguir saciar sus ansias. Voy a transcribir el diálogo, y al igual que en las películas, afirmo que todo parecido con la realidad es mera coincidencia.

Trasímaco (T): – ¿No sabes que unos Estados tienen una forma de gobierno tiránica, otros democrática, otros aristocrática?

Sócrates (S): – Claro que sí.

T: – ¿Acaso no gobierna en cada Estado el más fuerte?

S: – Indudablemente.

T: – Cada gobierno dicta las leyes en su propio provecho: la democracia, leyes democráticas; la tiranía, leyes tiránicas; e igualmente los demás. Una vez dictadas, establecen que lo justo para los súbditos es lo que es útil para ellos, y castigan a quien no lo acepta así, como si fuera un hombre injusto y violador de la ley. Y es esto, precisamente, querido mío, lo que yo digo, que en todos los Estados siempre es justo lo mismo: lo que es útil al gobierno establecido. Y éste es el más fuerte, de donde se deduce, para quien razone correctamente, que en todas partes se identifica lo justo con lo que es útil para el más fuerte».

Más adelante, habla Sócrates:

S: – Una vez que llegamos a este punto del diálogo y era evidente para todos que la definición de lo justo se había convertido en la contraria (de la propuesta por Trasímaco), éste en lugar de responder, me preguntó:

T: – Dime, Sócrates, ¿tienes nodriza?

S: – ¿Qué dices –contesté yo- no sería preferible que me respondieras en lugar de tales preguntas?

Trasímaco me respondió:

T: – Lo digo porque te deja lleno de mocos y no te los quita, aunque bien lo necesitas; tú, que no conoces ni a los rebaños ni a los pastores.

S: – ¿Por qué dices esto?- le pregunté.

A lo que él me dijo:

T: – Porqué crees que los pastores o los boyeros tienen como mira el bien de sus ovejas y de sus bueyes, y que los engordan y cuidan con fines distintos del bien de sus amos y del suyo personal, igualmente crees que los que gobiernan en los Estados, los cuales poseen un verdadero poder, tienen con relación a sus súbditos una disposición de ánimo distinta de la que se puede tener respecto a un rebaño, y que de día de noche tienen como mira algo distinto de ver cómo sacarán algún provecho. Estás tan lejos de conocer qué es lo justo, la justicia, lo injusto y la injusticia, que ignoras que la justicia y lo justo son realmente un bien para los demás, que son útiles para el más fuerte, el gobernante, pero que son nocivos para el que obedece, el súbdito. Con la injusticia sucede lo contrario. Impera sobre los hombres honrados y justos, los cuales, siendo súbditos, hacen siempre lo que es provechoso al que es injusto, ya que es el más fuerte, prestándole servicios le procuran la felicidad, sin preocuparse en nada de sí mismos.

Es preciso, por tanto, mi muy ingenuo Sócrates, darse cuenta de que si el hombre justo tiene tratos con el injusto, nunca encontrarás que al liquidarse el negocio el justo obtenga más ganancia que el injusto, sino menos. Después, en los asuntos públicos, cuando hay que pagar impuestos, el justo, en igualdad de bienes, tributa más, el injusto menos. Y, al contrario, cuando se trata de recibir, el primero nada obtiene, el otro mucho. Si uno y otro desempeñan un empleo público, el justo, incluso si no le sobreviene ningún otro daño, perderá de sus bienes propios al no cuidarse de ellos, sin que se aproveche en nada de los bienes públicos, dado que es un hombre justo. Además, se enemistará con sus parientes y amigos por no querer hacerles favores en detrimento de la justicia. Al hombre injusto le acontecerá exactamente todo lo contrario, pues yo me refiero a quien poco ha describía, a quien puede ser muy poderoso. Así, pues, pon tu mirada en este tipo de hombre si quieres ver cuánto más útil es para uno mismo ser injusto que justo. Y lo comprenderás facilísimamente si te fijas en la más perfecta forma de injusticia, la cual hace muy feliz a quien la comete y muy desdichados a quienes la padecen y no quieren a su vez cometerla. Esta forma es la tiranía, la cual se apodera de lo ajeno, de los bienes sagrados y santos, privados y públicos, y no poco a poco, sino de una sola vez.

Cuando un hombre cualquiera que comete uno de esos actos injustos no logra que quede oculto, es castigado y mancillado con el máximo deshonor. Los particulares que cometen alguna de estas infamias son llamados sacrílegos, raptores, salteadores, rateros y ladrones. Pero cuando alguien, además de apoderarse de los bienes de los ciudadanos, se adueña de su persona y los esclaviza, en lugar de estos nombres vergonzosos se le aplican los de feliz y dichoso Y no sólo por los mismos ciudadanos, sino también por todos los demás, pese a conocer que ha cometido la más completa injusticia. Pues los que censuran la injusticia la censuran no por el temor de cometerla, sino de padecerla. Así, pues, Sócrates, la injusticia, ejercida a alto nivel, es más eficaz, más liberadora y más poderosa que la justicia. Y, según yo decía al principio, lo justo es lo útil para el más fuerte, y lo injusto es útil y ventajoso para uno mismo.

En el último diálogo que transcribiremos:

S: – Vamos, Trasímaco, contéstanos volviendo al principio: ¿mantienes tú que la perfecta injusticia es más ventajosa que la perfecta justicia?

T: – Claro que lo mantengo, y ya he dicho por qué razones.

S: – Bien, ¿cómo denominas a una y otra? ¿No llamas a una virtud y a la otra vicio?

T: – ¿Cómo no?

S: – ¿No llamas virtud a la justicia y vicio a la injusticia?

T: – Lógico es, simplón, dado que sostengo que la injusticia es ventajosa y la justicia no

S: – Pero, entonces, ¿qué es lo que tú dices?

T: – Todo lo contrario.

S: – ¿Acaso la justicia es un vicio?

T: – No, pero sí una noble tontería.

S: – ¿Los hombres injustos son, en tu opinión, prudentes y hábiles?

T: -Sí, los que cometen injusticias a alto nivel y que tienen suficiente poder para someter bajo ellos a Estados y pueblos. Tú quizá piensas que yo me refiero a los cortabolsas. También esta actividad es provechosa, con tal que no se descubra, pero no es digna de comparación con aquella a la que yo me refería.

S: – Comprendo lo que quieres decir. Pero me admira que sitúes la injusticia en el campo de la habilidad y de la sabiduría, y la justicia en el campo contrario.

T: – Pues así es.

S: – Esto es ya muy duro, amigo mío, y no es fácil refutarte. Pues, si hubieses mantenido, como algunos otros, que la injusticia es ventajosa, pero admitieses que es un vicio o una vergüenza, se te podría contestar usando de los argumentos tradicionales. Pero es ahora evidente que tú sostendrás, dado que tienes el atrevimiento de situarla en el campo de la habilidad y de la sabiduría, que la injusticia es bella y fuerte, y además le atribuirás todas las demás cualidades que nosotros atribuimos a la justicia.

T: – Me interpretas muy acertadamente.

S: – Entonces no hay que dudar en seguir razonando sobre este tema, hasta que yo vea que tú, en verdad, dices lo que piensas. En efecto, estoy totalmente convencido, Trasímaco, de que tú ahora no estás bromeando, sino que estás exponiendo lo que, a tu juicio, es la verdad.

T: – ¿Y qué te importa si ésta es o no mi opinión, si no logras refutar mi razonamiento?

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