Opinión Nacional

A-Tascon

Estamos en carnaval, y aunque la costumbre harto conocida de la festividad y sus esperadas octavitas impone el lucimiento de disfraces, ropajes coloridos y adminículos que oculten la identidad, los días que discurren anuncian sin embargo la caída y el despojo de máscaras y antifaces en quienes creíamos conocer. Quien puede dudar, si intentamos acaso un símil carnavalesco, que la política es también, una gran fiesta de carnaval, en la cual los antifaces y disfraces asemejan una postura política o ideológica que oculta quizá una vocación de poder, o tal vez una noble intención de influir en el proceso democrático venezolano. Las últimas circunstancias políticas han cambiado también aquella célebre y pícara pregunta usual en los carnavales de ¿A que no me conoces? por ¿Ya no me conoces?.

En todo caso, la relatividad invade el zaguán de nuestras angustias. ¿Hasta cuando podrá soportar el país esta situación? ¿Tiene algún valor para quienes nos gobiernan (o desgobiernan) la palabra legalidad, o el término justicia, o la noción de voluntad popular, o acaso la idea de democracia? Ciertamente estas palabras, parecen no rimar con “revolución”.

La confianza de los venezolanos ha devenido viscoso y elástico chicle con el cual parece jugar el CNE. Respiramos incertidumbre. Transpiramos impaciencia. El destino de lo que nos va quedando de país dejó de ser hace mucho un asunto trascendental para el gobierno, y se ha trastocado en un verdadero pataleo grafológico, en un tartamudeo de tecnicismos, en un arsenal de excusas que día a día se tornan más cínicas e ilógicas, y que erosionan igualmente la tranquilidad ciudadana.

En la alcoba principal de Miraflores las cortas noches están plagadas de pesadillas en las que millones de firmas asustan.

En pleno forcejeo de voluntades firmadas y recontrafirmadas, y temores autoritarios emboinados, a uno de los más conspicuos seguidores de la actual (indi)gestión chavista, diputado de la República y digno repetidor de la perorata oficial del megafraude y otras sandeces, en fino arranque de piratería tecnológica le ha dado por emplear su página web para publicitar en la red los nombres y apellidos de los ciudadanos que participamos, firma de por medio, en el supuesto “megafraude” para solicitar la convocatoria del referéndum revocatorio presidencial. Se entiende ya su desespero por “fotocopiar” las planillas consignadas, pataleo previo, ante el rector Carrasquero.

Sin embargo, mientras el diputado en cuestión continua su irrefrenable viaje de (m)alicia en el país virtual de las maravillas de la revolución bonita, el suscrito y unos cuantos miles de venezolanos agradecemos al diputado por el entretenido y desternillante rato de humor e hilaridad que su travesura internáutica y deseperada nos ha regalado. A propósito de la próxima entrega de los premios Oscars, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos está considerando seriamente hacer una excepción “revolucionaria” para incluir la página del diputado en la categoría de “mejores (d)efectos especiales”, “mejor guión (d)esadaptado” y “mejor actor del reparto (del millardito)”. Por eso no le extrañe diputado, que su página web, en esta era informática, global y posmoderna, plena de adelantos y errores por igual, pueda contagiarse con un virus que anda en el ciberespacio, y ser víctima de un A-TASCON de firmas reales, constantes y sonantes.

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