Opinión Nacional

Abogados y periodistas o aprendices de brujos

Lo que acontece en Venezuela, en los actuales momentos, no es más que la fiel representación de una obra de teatro en la que privan los malos actores. El colmo, es que el público antes que abuchear la representación y retirarse de la sala, no hace más que aplaudir frenéticamente a aquéllos, incluso a los que salen desde el público a improvisar sobre un libreto mal redactado. Entiéndase, militares de alto rango que dicen defender el sistema y que haciendo uso de los galones obtenidos, apelan a las cámaras para expresar su trasnochada doctrina de lucha contra el comunismo. Y en función de eso, como salvadores de la patria –se creen el cuento de ser herederos del ejército forjador de libertades- exigen la salida inmediata de quien llegó con el voto popular a la silla presidencial. De seguro que también habrán realizado su juramento a lo bolivariano, de no darle descanso a su alma hasta lograr expulsar al actual presidente de Venezuela. Ese es un rito propio de los militares. El problema, es que ellos son los menos indicados para plantear cualquier salida. El honor que dicen defender no parece ser el de la República, pues ninguno de ellos, en su oportunidad, discrepó de los contratos turbios que caracterizan la vida pública venezolana y de la que no escapa la institución castrense. Es más, como oficiales activos, a la fecha, ninguno ha condenado los excesos cometidos por sus compañeros de armas durante los aciagos días de febrero del año 89’, fecha que, por cierto, en éste año, antes que servir de recordatorio, fue festejada por los de la boina y los de negro. Y es que los muertos sirven a cualquier fin. Ellos no hablan.

Tanto chavistas como sus contrarios, apelan permanentemente al manido discurso de asumirse como los únicos portavoces de las mayorías y, en función de eso, dedican todas sus fuerzas a negar los derechos que tienen los demás a plantear alternativas. Ninguno de los dos bandos ha entendido que la democracia es el imperio de las discrepancias. Lo contrario, puede ser cualquier cosa, menos lo anterior. Y de esta dinámica no escapan ni periodistas ni abogados. Los primeros, al igual que los militares y el clero, creen que tienen la verdad en la pluma o en el verbo. Ellos son objetivos y por tanto no se equivocan. En definitiva, son infalibles. Mayor mentira la de escudarse en el espíritu aséptico que, al decir de los positivistas de finales del Siglo XIX, debía guiar la investigación científica de la sociedad. Todo quien expresa una opinión, emite un juicio de valor y los periodistas no son más que opinadores profesionales que, se han formado, en las aulas universitarias, durante un mínimo de cinco años. El problema radica en que, al igual que los abogados, abría que preguntarles dónde quedó la ética o si en realidad entendieron dicho concepto cuando pasaron por la Universidad. Resulta bochornoso, por decir lo mínimo, ver cómo los profesionales de la noticia acosan a los interlocutores para escuchar lo que ellos quieren o a los profesionales del derecho patear las leyes que en alguna oportunidad juraron respetar y hacer cumplir.

Los del micrófono y la grabadora insisten, hasta el cansancio, en obtener la respuesta que los catapulte al estrellato de la pantalla chica, como si fueran artistas que van a recibir los premios Grammy, sin entender que lo más profesional es contrastar las versiones que sobre los hechos realizan los entrevistados. Los de la constitución y las leyes, por su parte, antes que declarar objetivos políticos o militares a ciertos ciudadanos o de retar a los funcionarios estatales a que le despojen del uniforme a sus representados, deberían asumir con profesionalismo la defensa de sus clientes. De los nombres de los personajes tal vez nadie se acuerde en pocos días, ni vale la pena nombrarlos en este momento y no por miedo sino por asco, aunque dada la ansiedad mediática por obtener nuevos tubazos, lo más seguro es que estos aprendices de brujos, tomen centimetraje en la prensa escrita y cobertura en la televisión. Al igual que en los rellenos sanitarios, los buitres están al acecho. Sólo esperan que la presa salga del escondite para lanzarse sobre ellas, aunque en nuestro caso, resulta difícil diferenciar entre uno y otro, pues de manera recurrente cambian los papeles.

La inversión de roles, al parecer, está conectada con el clima político. La efervescencia del debate impulsa a cada nuevo vocero a ser más radical que el anterior. El objetivo: congraciarse con el comandante[1] actual o con el de mañana, más no con el presidente. Ello está sujeto a la parcela que pise el aspirante. De allí que el discurso sea tan elemental como el que utilizara el actual presidente de los Estados Unidos a raíz de los acontecimientos del 11 de septiembre…‘están con nosotros o están contra nosotros’. Son amigos o enemigos. No existe otra alternativa. En nuestro caso, o son revolucionarios o contras; patriotas u oligarcas; militaristas o antimilitaristas, o cualquier otro adjetivo que se nos ocurra. El resultado, resulta ser el mismo: negación y exclusión. A las acciones, sólo hay un paso. No obstante, quienes usan el discurso incendiario, terminan por ser los primeros en esconderse y llamar a la inmolación a los demás ¿Alguien recuerda al Cnel. Manuel Antonio Noriega blandiendo el machete en una tribuna y luego escondido en la Nunciatura Apostólica, en Ciudad de Panamá? ¿A Fujimori, en los estertores de su gobierno? ¿Al Mullah Omar? ¿A los adecos y copeyanos en febrero del ’92, antes de pedir la cabeza de los complotados?…

Esta actitud, antes que ayudar a resolver los problemas, termina por agravarlos. Y ¿qué tienen que ver los periodistas y abogados en todo esto? Yo digo que mucho. Aquéllos, han convertido la noticia en espectáculo y bajo el ropaje del derecho a la información, no han hecho más que prostituir a la palabra. La prensa es una tribuna con mucho peso social y ellos lo saben, por lo que explotan al máximo esa ventaja. Y están en todo su derecho de materializarlo, pero siempre y cuando se sinceren. Son opinadores y no informadores. Así, podemos entendernos. Lo otro es una vil manipulación que ha servido, históricamente, hasta para derrocar gobiernos, no digamos reputaciones. Los segundos, si les interesa enaltecer una profesión que está tan vapuleada socialmente, aunque no deja de ser rentable, deben luchar porque prevalezca la justicia y acatar las reglas del juego jurídico y democrático, cualquiera sean los resultados, aunque con abogados como los anteriores, suerte tendrán sus clientes si no terminan siendo juzgados por otros crímenes porque sus defensores equivocaron los alegatos. Y pobre de nosotros si, por cualquier circunstancia tenemos que recurrir a algunos de los anteriores, ya sea para realizar una denuncia o entablar un proceso jurídico. Los opinadotes profesionales sólo nos atenderán si decimos lo que ellos quieren oír: todo se reduce a la irresponsabilidad del gobierno. Los doctores, sin doctorado reconocido en sus currículos, nos quitaran lo poco que tenemos, en bien de la justicia. Y no para dársela a los pobres porque nosotros somos parte de ese 80% de la población, sino para salir ellos de esa condición. Empero, la pobreza intelectual demostrada, no la superan por más millones que ganen, sean como funcionarios públicos sin obra cumplida o como defensores privados.

Nota

  1. Consciente o inconscientemente, como sociedad, asumimos la necesidad de una mano fuerte para enderezar los entuertos humanos. Al final, resulta que los sueños se los lleva el río, pues el personaje que encarnaba al mito termina por considerarse el único y, porque no, el iluminado. Y en esto, los conceptos cumplen un papel primordial. Usar, en un cargo civil, el rango o escalafón militar alcanzado durante una parte de la vida, no hace más que reforzar esa lejanía doctrinaria que se inculca en los institutos militares entre los que heredaron el uniforme de la gesta independentista y los que no. No se trata sólo del lenguaje o del vestir sino de las imágenes que a ellas van asociadas. Verticalidad, autoridad, hombría y honor, son algunas figuras que modelan el inconsciente colectivo cuando ven desfilar ante sí a una persona en uniforme, por lo que poco ayuda alimentar esas premisas en momentos de crisis. El mundo civil, afortunadamente, no es un cuartel.
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