Opinión Nacional

Abuso de poder

El más duro de los dictadores de su tiempo, Juan Vicente Gómez, encerró a los estudiantes que pedían libertad. Y al hacerlo los convirtió en mártires y en estrellas en una noche parecía permanente. Y fue así como creó la Generación del 28, la generación que destruiría históricamente la dictadura gomecista. Les puso cadenas y grillos en los pies y los torturó, pero en realidad no pudo con ellos. Allí terminó el gobierno de Gómez. El régimen duró siete años más, pero fue un septenio de nada, un septenio muerto, desierto. Hubo que esperar a que muriera el dictador para que su sucesor abriera las compuertas y preparara el camino para la democracia, que llegó en 1945 a manos de uno de los más conspicuos integrantes de esa Generación del 28: Rómulo Betancourt. En 1936 el estudiantado fue protagonista de la vida política. Jóvito Villalba, de no haber sido un excelente discípulo del “Mocho” Hernández en eso de ir hacia arriba cuando había que ir hacia abajo y hacia abajo cuando había que ir hacia arriba, en ser el rey de las equivocaciones, amén de exageradamente admirador del espejo, habría podido tomar el poder en ese momento y convertir al estudiantado en gobierno. En el trienio 1945-1948 los estudiantes fueron protagonistas. Unos para apoyar al gobierno y otros para oponerse. Luego vino la dictadura, con su secuela de perseguidos, muertos y desaparecidos y su evidente corrupción pública. A pesar de la represión, poco a poco los estudiantes recuperaron la iniciativa. En 1957, en el proceso que llevó a la caída de la dictadura, el estudiantado fue clave. Ya se habían alzado en 1956, pero en 1957 se convirtieron en el dolor de cabeza, en el más eficiente frente contra el dictador militar que pretendía eternizarse en el poder. El 21 de noviembre del 57 la Huelga universitaria marcó el principio del fin de la dictadura. Y en buena parte fue la acción continua y sin descanso de los estudiantes lo que obligó al dictador militar a huir en la madrugada del 23 de enero. Y sin embargo, a pesar de todos los abusos de poder de Pérez Jiménez y su gente, que llegaron a ser criminales, hay que reconocer que algunos miramientos tuvieron con los estudiantes. Los arrestaban y más de una vez le dieron a cualquiera una paliza, en la que se demostraba más el resentimiento personal y social de los esbirros que otra cosa, pero pronto los soltaban, los dejaban irse a sus casas contra difusas promesas de que no volverían a manifestar, y hasta sin promesa alguna. Cayó la dictadura y el país pudo, por fin, conocer cuarenta años de democracia, con sus virtudes y sus defectos, hasta que subió al poder un militar resentido y rodeado de incompetentes que se han creído los dueños absolutos de la república y se han dedicado a abusar del poder. Una oposición desarticulada y prematuramente decrépita les dejó el campo libre, hasta que aparecieron los estudiantes. De nuevo los estudiantes. Los mismos del 28, cien años más jóvenes. Y la reacción del militar y los suyos ha sido pésima y abusiva: no se conforman con lanzarles gases lacrimógenos y dispararles, sino que además los arrestan y los reseñan como criminales y les abren juicios en tribunales que todo el mundo sabe serviles a la voluntad del caudillo militar del país. Es algo que nunca se había visto. Usar una apariencia de ley para “enjuiciar” a unos muchachos que simplemente manifestaban su disconformidad con el abuso de poder cometido por Chávez y los suyos contra la libertad de expresión, es algo que debe ser denunciado ante el mundo entero, como uno de los peores abusos de poder que se han cometido en la historia moderna. Que se amenace a esos muchachos con encerrarlos en cárceles porque se oponen a que un militar se eternice en el poder y abuse, es algo inaceptable, intolerable, que ninguna persona de buena fe puede admitir. Es llegar a un extremo que ni siquiera Pérez Jiménez se atrevió a tocar. Es una ruin demostración del miedo, del pavor que tienen Chávez y los suyos ante el valor de los estudiantes, que, como en 1928, han alzado sus bellas canciones. Ya se siente en el ambiente el frescor que los jóvenes traen, y contra esos rostros y esas manos toda represión es inútil, todo abuso de poder se convierte en chillido de ratón muy asustado que trata, sin lograrlo, de escapar por las cloacas de sus propias tinieblas.

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