Opinión Nacional

Agroisleña

Allá por el 79 me mudé a Cagua, única opción para mis reducidos ingresos en cuanto a vivienda se refería. En las tardes, cuando regresaba de mis continuos viajes me detenía en la Estación de Servicio El Samán para “tanquear” mi automóvil y, debajo de una matica, cuatro personas acompañadas de los eternos “mirones de palo” jugaban dominó todas las tardes. Mi tal vez insana curiosidad me llevó a preguntar quienes eran estos eternos jugadores y para mi sorpresa, uno de ellos era el señor Fraga, dueño de para la época, una importante empresa agroindustrial. Tal vez la más importante en su género. Mi curiosidad aumentó porque hasta ese momento mi visión de un empresario era la de un hombre algo petulante, manejando un lujoso Mercedes Benz y sentado en una lujosa oficina, rodeado de eficientes y adornadas secretarias. Pero no era así el señor Fraga. Nunca le traté personalmente pero le adivino gozando de un sabroso tabaco hecho por Nicolás Acosta, el padre de Miguel o comiéndose un azurronado gofio o disfrutando de algún cordero acompañado por unas harinosas papas blancas. Era sin dudas un hombre humilde y cuando escribo humildad no lo hago en el sentido de pobreza económica sino en el verdadero sentido de la humildad. El señor Fraga indudablemente provenía de aquellas laboriosas inmigraciones que llegando a Venezuela en los años 40  hicieron de las zonas agrícolas de Cagua y Turmero un paraíso agrícola: las mismas que cambiaron la poca producción de los valles de Quíbor; las mismas que unida a laboriosos lusitanos revolucionaron nuestra agricultura conuquera e improductiva trabajando de sol a sol los 365 días del año. Era la misma generación de mis amigos Ventura y Ernesto Medina,; del señor Santos del señor San Luis y del gigantesco Felipe Medina. Trabajo, trabajo y más trabajo.
Repito que nunca traté al señor Fraga. Tal vez no compartíamos intereses personales comunes, además de ser yo aún bastante joven pero si pude conocer que a lo que había llegado Fraga no era porque el estado le había dado un préstamo para no pagarlo. Era una persona a la que se describía como “oro en polvo”. Y la mayoría de sus clientes también lo eran: Isleños, portugueses y venezolanos que compartían un indudable deseo de progreso. Bastaba que me comentaran cuando yo les evaluaba para recomendarles crédito que eran clientes de Agroisleña: En ellos tendría yo la más profunda confianza. Era la época en la cual un crédito se decidía por las callosas manos del solicitante y no por el análisis de sus maquillados estados financieros. La conseja popular afirmaba que el señor Fraga había comenzado su negocio detallando semillas de maíz tras haber comprado un saco de las mismas ¡¡¡Y lo hacía montado en una bicicleta!!!!  Ahorro permanente, recapitalización de los beneficios y para lograrlo, sacrificios, nada de lujos y por supuesto una vida austera.
Como me gustaría volver a esa época y preguntarle al señor Fraga si hubiese estado dispuesto a sacrificarse para que años más tarde, con la simple frase de “tengo flores” le quitasen a trocha y mocha el resultado de su esfuerzo con el pretexto de asegurar una seguridad alimentaria que en la actual administración depende básicamente de las importaciones, muchas de ellas de dudosa calidad y otras destinadas a podrirse en sus contenedores.
¿Cuál será el destino de esa empresa? Ojalá que no sea el de las docenas de empresas expropiadas por el estado ante su ineficiencia para crear algo que funcione, valga la repetición, en forma eficiente.  Pero lo más probable será la improductividad, la ausencia de promoción de sus obreros y empleados y la dirección en manos de inútiles gerentes provenientes del entorno político. Por lo pronto y ante las experiencias existentes ya el personal de Agroisleña está en la calle emitiendo su justa protesta. Finalizo escribiendo: Menos mal señor Fraga que ya usted murió…

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