Opinión Nacional

Alevosos y traidores

1 Quizá el presidente lo ignore pero hay una ley secreta que conduce a los movimientos organizados alrededor de autócratas recelosos a someterse a gobiernos colegiados o consejos de estado transitorios, cuando les llega el momento del retiro.

Es un desenlace comprensible. Los sistemas sobrenaturalmente personalizados se consolidan sobre la base de castrar a quienes disientan o se sospeche que puedan hacerlo. Es vital entonces que el líder no se engolfe en debates con quienes se crean con derecho a disentir. Es verdad que en un sistema institucional la diversidad y el debate protegen la salud del régimen; pero allí donde reina un hegemón, destruyen el edificio y eso resulta francamente inaceptable. La pieza principal no debe ser removida si sus validos quieren salvar fortunas.

La sindéresis nos pide el recto entendimiento. Por diversos motivos: incontaminación revolucionaria, destierro de valores burgueses o cosas parecidas, estamos obligados a confiar con todo el alma en la inmortalidad del Gran Timonel y en consecuencia forzoso es concluir que incurrirá en alevosía y traición quien avance la hipótesis criminal de que pueda no ser abanderado.

Y si lo pensamos bien tienen razón: si durante el reinado legítimo algún despreciable camarada hubiera reptado en la cercanía es porque era un complotista a la espera de su oportunidad. Pero eso, claro, es inconcebible porque no hay sino una deidad, y en consecuencia la dolorosa sustitución debe ser colectiva, rotatoria, colegiada… o quizá ­para decirlo a la venezolana- mediante «consejos de estado»

2 La historia autocrática está preñada de ejemplos interesantes. Según su mujer, Lenin no quería ser endiosado, pero sus seguidores se sirvieron de su recuerdo para destruirse unos a otros. A su muerte gobernó la troika Kámenev, Stalin y Zinoviev, que se disolvió a los pies de Stalin, el nuevo GengisKhan. Pero a la muerte del terrible georgiano, se conformó la troika Malenkov, Beria y Molotov. Años después, al derrocamiento del histriónico presidente Jruschov siguió transitoriamente la troika Breznev, Kosygin y Mikoyán. Efímera, por supuesto, como las otras, pero créanme no del todo, porque si bien volvió el absolutismo lo hizo sin el tono sangriento de Stalin.

O digamos en obsequio de la precisión, «tan sangriento» Otro fue el mariscal Iosip Broz, «Tito», amo de Yugoslavia y garante de la integración en una de cinco repúblicas que, tras su deceso y esgrimiendo un patriotismo de campanario, disolvieron la obra del viejo dictador. Tito había establecido una presidencia rotatoria de un año cada vez.

Comenzando los 90, la guerra civil borró hasta su nombre de la historia. El ensayo colectivo se lo llevó el diablo.

Sé que al Consejo de Estado creado por el presidente Chávez para que le administre el complicadísimo futuro inmediato, lo exhiben demasiado virtuoso e inocente.

Es sólo consultivo ­dicen- y quedará adscrito a la vicepresidencia. Mas una mala costumbre del oficio político suele hacer que sean sus integrantes principales ­todos machos en nombre de la discriminación de género- los que conduzcan la nave y no la nave la que los limite a ellos.

La necesidad ha hecho posible ese Consejo; la forma de ser de sus integrantes nos dirá hasta dónde puede llegar.

3 Chávez no tiene sucesor salvo que pensemos en Capriles Radonsky. En su propio Movimiento no lo tiene, o cuando menos así dicen. La política al igual que la atmósfera, no tolera vacíos y la silla de Miraflores debe ser ocupada, si no es por uno, por el otro. El PSUV, la creatura del presidente, está luchando soterradamente para que antes del 7-O uno de sus líderes ocupe el profundo espacio que está quedando libre. Y es un secreto a gritos que cuando menos tres de ellos no ocultan su deseo de apropiarse del cargo. Lo saben todos, aun los que fingen lo contrario. Chávez, por supuesto, lo siente y teme como ninguno y de allí que el Consejo de Estado se dirija a calmar ánimos y propiciar acuerdos en busca de un rostro, uno solo, que pueda sujetarse a la suprema decisión del presidente;claro, si todavía está ahí, como quieren y desean Capriles y la MUD Estas sombras funambulescas se agitan al son del hundimiento del velero revolucionario, culpable de la degradación de la vida de los venezolanos. Culpable también de la violencia más descarnada, la corrupción al asalto de los caudales públicos y la pérdida de soberanía en esferas vitales. El gobierno huye de la CIDH para tener manos libres en la represión de los derechos humanos. La estructura del partido y del poder están seriamente resentidas, la Fuerza Armada impresionada por las acusaciones con nombres y apellidos de altos oficiales revueltos en el miasma del narcotráfico.

Si el Consejo de Estado entiende que debe negociar, bien venido sea. Si núcleos sórdidos del poder pretenden irrespetar la voluntad popular o abolir las elecciones, perderán de calle así se prodiguen en aburridas fábulas conspirativas. Las fuerzas del cambio pacífico y electoral se multiplican. LaUnidad Democrática torea embestidas violentas, no se amilana, no pierde la forma,ni se sale de cauce, con la fiera certeza de que es la victoria la que se dibuja en la bruma.

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