Opinión Nacional

Amarillo

Es un color ambiguo, de diferentes significados, algunos de ellos contrapuestos; tanto puede representar alegría, esperanza y riqueza, como cobardía, envidia y engaño; en la cultura popular venezolana es relevante el amarillo: luce en la bandera, identifica al Magallanes, las pantaletas de cada año nuevo deben ser amarillas; el color matiza la tradición política nacional y ahora lo exhibe el encaramado en la silla, que impromptu, de rojo se volvió amarillo, usurpando arbitrariamente -¿acaso asombra?- un emblema legítimamente propio del partido Primero Justicia.

Los de edad suficiente recordarán un aguinaldo puesto en boga por el conjunto infantil Los Tucusitos en los tempranos sesenta: Te vestiste de amarillo / pa’ que no te conocieran. / Amarillo es lo que luce, / verde nace donde quiera.

Sabemos la saeta satírico-política escondida en la apariencia inocente de esos versos; pero en la confrontación por el poder en Venezuela el amarillo se hace sentir desde tiempos más lejanos.

La cuarteta citada rescata una idéntica aparecida en los días del guzmanato, alusiva a la que desde entonces se conoce como Casa Amarilla. En 1877 se destina el histórico edificio a la función de «Mansión del Presidente de la República»; naturalmente, lo remodelan, y el color elegido para la nueva fachada es el amarillo; no se trata de un capricho: ocurre que ese era el color de los liberales amarillos, bando en el poder; este supuestamente se oponía a los conservadores, o godos, pero en la práctica actuaban en solapada conchupancia. Entonces del ingenio popular nacen esos versos, como ironía sobre la falsedad del Gobierno.

Y en cuanto hablamos del amarillo en coplillas políticas caraqueñas, y de tal color usado con propósito falaz en una residencia presidencial, recordemos una de ellas que la relaciona con el general Cipriano Castro, ocupante en su época de la mansión de marras.

El hecho es que desde la quinta ventana del segundo piso, fachada norte, de esa residencia, saltó en calzoncillos un aterrorizado Siempre vencedor, jamás vencido cuando el movimiento sísmico de la madrugada del 29 de octubre de 1900. Como era de esperarse, Castro fue pasto del sarcasmo popular al difundirse el suceso; transcribo una copla tal como la recuerdo de labios de mis mayores: De un balcón dela Casa Amarilla / saltó Castro con una sombrilla. / Dicen que un tobillo se quebró / y que del susto también se cagó. / Tratándose de hacer tal graciecilla / ¡mejor debió llevar su bacenilla! El uso del artilugio es verídico; en su desespero tremofóbico Castro pretendió utilizarla como paracaídas; la lesión, también, porque la sombrilla no logró evitar que el Invicto Guerrero se luxara un tobillo; pero ignoro evidencia alguna respecto a la reacción psicofisiológica atribuida al Presidente; podría ser, porque esas descargas del organismo se asocian al miedo extremo; en cualquier caso, admítase, bajo sombra de duda, como una licencia poética.

En el discurrir de la hegemonía del Ilustre Americano, corrió en Caracas una nueva versión de la cuarteta citada al principio, dedicada a él: Te vestiste de amarillo / pa’ que no te conocieran, / pero todo el mundo sabe / que es azul tu faltriquera.

La humorada satírica se hace difícil de comprender debido a la pérdida de las claves de su lenguaje. Faltriquera es hoy una palabra en desuso, que designa el bolsillo interior de la levita, precisamente donde los hombre solían llevar la cartera con su dinero; por otra parte, nadie ignoraba la avidez por el oro de Guzmán Blanco, satisfecha mediante la más descarada corrupción, como lo hace saber otra coplilla atribuida a Rafael Arévalo; cuentan que un ágape le tocó improvisar; el periodista, asiendo una manzana, versificó: Por una cual la presente / perdió el Paraíso Adán: /Si hubiera sido Guzmán / ¡se traga hasta la serpiente! De acuerdo a lo dicho, el mandatario también era un redomado pillo que asumía la imagen de liberal (vale decir, amarillo), en tanto compartía intereses con los conservadores, tolda política cuyo color emblemático era el azul. Al decir los versos que la faltriquera de Guzmán era azul, pese a vestirse de amarillo, daban a entender con prístina claridad para la gente de la época, que era un farsante y godo ladrón.

Extendiendo el contenido de la copla a toda la clase política dominante en el país, lo cierto es que encaja perfectamente en la actualidad venezolana; en versión ajustada a esta realidad, diría así: Te vestiste de amarillo / pa’ que no te conocieran. / ¡Pero todo el mundo sabe / que es roja tu billetera! De modo que el color amarillo ha vuelto a cobrar protagonismo en la política venezolana; no vale la pena preguntarnos en cuál de sus significados reaparece; la experiencia de estos doce años de angustias e imposturas descarta la posibilidad de que sea en su simbolismo de alegría o esperanza; podría, quizá, en otro escarnio al pueblo, representar la riqueza, en cuyo caso aludiría a la acumulada por la cúpula dirigente y sus contubernios, del todo ajena al ciudadano común. Otra vez la aviesa intención de confundir se deja entrever en la bufonada: en ella el amarillo sólo puede ser metáfora de una nueva vileza; de aquí que venga a lugar rescribir la coplilla en los siguientes términos: Te vestiste de amarillo con tracalera intención.

¡No engañas: la gente sabe que es roja tu vocación!

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