Opinión Nacional

Amores de folletín

La política y al comunicación, entre otros, son oficiso en los que las
personas que decidieron libremente ejercerlos, saben que renuncian,
libremente, a eso que llaman «vida privada». Es el precio a pagar. Viene
con el territorio y la descripción profesional.

Hay que disculparle a Isabelita su «ayayayay» compungido (y aburrido). Se
debe, creo yo, a los nervios prenupciales, o tal vez a su cortísima y
escasísima experiencia en el mundo de la comunicación social. Eso la hizo
decir la sarta de sandeces que expresó, con el corazón en la mano, en su
momento de despedida. Tomará su tiempo que a Isabelita, si sigue en el
oficio, le caiga la locha que en esta profesión todo, todito, es del ámbito
público.

Es un amor de folletín, con un argumento gastadísimo. No es, por cierto,
una historia shakesperiana de Montescos y Capuletos. Es, cuanto mucho, de
fotonovela en blanco y negro. La damita joven que entra en amores en tiempos
de cólera. Que se enamora del delfín del régimen. La damita que pone «cara
de yo no fui», y el galancito que se encrespa por cualquier cosa, y se le
van los tiempos con una velocidad pasmosa ahte cualquier pregunta de los
reporteros. Porque el minsitro no aguanta nadita de nada.

No fue «sin querer quieriendo». Tampoco «que la vida misma la obligó». Este
guión ni es de estreno ni es original de grandes plumas. Esto no lleva la
firma de Cabrujas, de Tolstoi, de Ibsen (me refiero a Hendrik). Nada de
Jorge Isaacs ni Teresa de la Parra.

Aquí nadie se chupa el dedo, ni la joven damisela ni su flamante príncipe.

No se es hijastra de Antonio Ledezma e hijo de William Izarra, y luego
pretender que fueron «triquiñuelas de la vida». Pudieron ambos negarse al
patuque desde el principio. Si el flechazo fue de «amor a primera vista», si
son inteligentes, que creo que lo son, supieron desde el día 1 que el
problema estaba allí. No es cuestión ahora de venir a lucir como pobre
sufridos, como víctimas de la intolerancia que ellos mismos ayudaron a crear
y fomentar. Una parte del país se pregunta cuánta información privilegiada,
de esa que se discute en las oficinas y pasillos de la televisión y la
radio, pasó la santa niña Isabel por ese tmotion. Otra parte del país, esa
que se sienta en predios de Miraflores se pregunta lo mismo, pero al revés.

Vale decir, cuánto secreto del régimen habrá sido confiado a oídos y ojos de
la «Contra revolución». El amor construyó una autopista de la información.

Presumo que la cosa quedó tablas

Es tan patética la política en Venezuela, tan intrascendente, que se cose
con hilos de la banalidad, se escribe con tinta de amores de folletín.

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