Opinión Nacional

Análisis religioso de la Alemania nazi

Se han realizado muchos estudios acerca de la Alemania nacionalsocialista, estudios políticos, económicos, sociales, militares…pero si hay un análisis de esa realidad que es imprescindible e insoslayable es el análisis religioso.

En mi opinión, la Alemania hitleriana es el ejemplo más claro de como el mal puede adueñarse no ya de individuos, sino de una sociedad entera, e iniciar un proceso de descomposición moral cada vez más acelerado, cada vez más aberrante.
 Ha habido otras sociedades en las que el mal ha tomado las riendas, pero el III Reich es entre todas ellas la versión más acabada de una nación entera sumida en las tinieblas de la iniquidad.

 

Hay que dejar claro que para que el mal tome las riendas de una sociedad ya sin traba alguna, ni dique que lo contenga, no es preciso que todos los ciudadanos participen de ese mal. Basta con que un cierto tanto por ciento de esos ciudadanos se envilezcan totalmente para que se alcance una, digamos, masa crítica cuya fuerza arroje a esa sociedad al abismo. Por ejemplo, basta que el 25% de los habitantes de una nación sea completamente subyugada por el mal, para que esa cuarta parte de la población consiga convencer a otra cuarta parte de que les apoyen, y contamine con bastantes de sus ideas a otra cuarta parte. Nunca una sociedad va a sucumbir al 100%. La parte de los totalmente envenenados por una doctrina será siempre muy inferior a la de los parcialmente intoxicados. Y la parte de los que callarán será incluso superior. Siempre que se habla de la Alemania hitleriana se está hablando de una situación geográfica y temporal; incluso en el momento del apogeo nazi fueron innumerables los que nunca apoyaron el programa nacionalsocialista. Conviene recordar que antes de que Hitler llegara al poder, nunca logró alcanzar más del 37% de los votos en unas elecciones libres. Pero alcanzada cierta masa crítica, como desgraciadamente sucedió, el 63% de la población restante (queriendo o no queriendo) se vio en los años siguientes arrastrada al abismo.

Hechas estas matizaciones creo que la sociedad hitleriana supuso un triunfo mucho mayor del mal que la Unión Soviética. El marxismo siempre fue una doctrina más benigna que el nacionalsocialismo. Marx siempre fue mejor que Nietzche. Al menos Marx buscaba el bien de los pobres, una sociedad justa. El nacionalsocialismo, doctrina verdaderamente demoníaca, nunca buscó eso. Desde el principio nunca ocultó que la sociedad del futuro que pretendía era una sociedad en la que unos pueblos someterían a otros pueblos, un Nuevo Orden en el que las élites dominarían incluso sobre el resto de la población alemana. Una sociedad militarista en la que las capas más débiles de la población deberían sucumbir por el bien de un nuevo orden deificado al que se sometía todo. El nacionalsocialismo promovió el ocultismo dentro de las SS, inició una verdadera y auténtica idolatría del Führer, enseñó a la población a conculcar los valores de la religión como valores burgueses, despreció los Diez Mandamientos como las cortapisas de una mentalidad débil. Si el marxismo supuso una terrible opresión, una espantosa persecución, desde el punto de vista intelectual, el nacionalsocialismo fue una doctrina que parecía extraída del mismo infierno y enseñada por los mismos demonios.

De hecho, los campos de concentración no fueron otra cosa que la construcción de infiernos en miniatura donde hombres-demonio destruían al hombre modelado a imagen de Dios, destruían la imagen de Dios en el hombre. El que los uniformes de las SS fueran completamente negros, el que tuvieran una calavera en sus gorras y una nueva cruz (que no era la cristiana) en sus brazaletes no son casualidades para los creyentes. Los integrantes de las SS, la que iba a ser la élite de ese Nuevo Orden, aprendices de asesinos, aprendices de brujos, enemigos feroces del cristianismo, estaban bajo las órdenes de ese archidemonio que era Heinrich Himmler. Aunque si uno lee las biografías de ambos hombres, Hitler y Himmler, claramente se descubre como éste hombre todavía estaba por debajo de la maldad de su Führer que ejerció algo parecido a un verdadero encantamiento, a un hechizo, que subyugó con los lazos de la mentira a almas de toda condición.

En los ojos de Hitler se atisban los destellos indudables de una iniquidad como pocas veces se ve. Su boca se transformó en la boca a través de la que hablaba el mal. En las filmaciones se le puede ver acariciando a un niño, sonriendo ante una joven que le entrega un ramo de flores, pero detrás de esa sonrisa se ve un rostro y una mirada en la que reinan la soberbia, el odio, la crueldad, la ira, la mentira, el rechazo de Dios, todos los pecados capitales.

Podemos ver una porción de todo eso en un Stalin, en un espantoso Pol-Pot, podemos entrever un bosquejo del III Reich en el terror de la Revolución Francesa, en el fuego y sangre de las columnas de decenas de miles de hombres enviados a la muerte por la gloria de la Francia Napoleónica. Pero el modelo más acabado de ese dominio del mal lo encontramos entre 1933 y 1945 en Alemania. Un mal que no fue obra de un solo hombre, sino fruto de una locura colectiva que desgraciadamente la construyeron hombres cuerdos.

Ese imperio perfecto del mal, todo lo «perfecto» que ese imperio puede llegar a ser en este mundo, tuvo unos protagonistas que conocidos de cerca nos ofrecen todavía más información de como el III Reich fue ante todo y sobre todo una cuestión moral, religiosa, espiritual.

Peter Padfíeld, en su magnífica biografía de Himmler, daba comienzo a su libro de 840 páginas imaginando al pequeño futuro fundador de las SS haciendo de monaguillo en un santuario de Baviera. Y escribía:

«Pensé el joven Heinrich Himmler cuando los niños del coro se unieron a la procesión. Llevaban túnicas blancas y tenían los ojos muy serios. (…) Cuando era un joven de diecinueve años, había escrito en su diario: ‘Pase lo quépase, siempre amaré a Dios, le rezaré y le obedeceré y defenderé a la Iglesia Católica, aun en el caso de ser expulsado de ella».

Lo cierto es que muy pronto encontró otra fe opuesta a la Iglesia y se expulsó él solo y luego la atacó con todas sus fuerzas declarando que los sacerdotes eran el mayor cáncer que podía sufrir un pueblo(1)»

El interrogante no hay forma de evitarlo: ¿qué ha sucedido para que un niño bueno se transforme en un demonio? La respuesta está repetida una y otra vez durante dos mil años en los libros de espiritualidad y moral de la Iglesia. Quizá esta apelación a los elementos de la cosmovisión cristiana para entender el III Reich pueda parecer a algunos que se trata de una deformación del autor de estas líneas que es un sacerdote. Pero muy por el contrario, lejos de ser esos elementos un añadido que deforman nuestra visión objetiva del tema, suponen unos elementos imprescindibles para comprender lo que realmente tenían en mente los autores de ese Nuevo Orden. Y para ello, entre los ilimitados ejemplos que podría ofrecer, voy a aportar sólo un botón de muestra.

El 12 de septiembre de 1944, cuando la guerra ya se veía perdida y los ejércitos retrocedían, Kersten, el médico personal del Jefe Supremo de las SS, «le hizo una petición de clemencia para un grupo de veintisiete sacerdotes. En el curso de la discusión, Himmler le confesó el error que habían cometido los nazis en atacar a la Iglesia, había quedado patente que ella era más fuerte que ellos, el Partido, pero se preguntaba si a pesar de todo lo que habían hecho en su contra, todavía quedaría sitio para ellos dentro de ella. Se mostró de acuerdo con liberar al grupo y le preguntó: «cuándo esté muerto, ¿rezarán los sacerdotes también por mi alma?»(2)

Que esa pregunta saliera de la boca justamente de ese jerarca nazi parecía la ironía más grande que podía deparar la Historia. Pero no era sólo él, Canaris al final del Régimen pasaba horas y horas en iglesias católicas rezando. Por el contrario, a Hitler se le vio en alguna ocasión paseando furioso y echando espuma por los labios (3) 

En 1943, dos semanas después de la caída de Stalingrado, el grupo denominado La Rosa Blanca imprimió miles de panfletos y los tiró en el patio de la Universidad de Munich. La Rosa Blanca era un grupo cristiano que actuó en esa universidad como una muestra más de esos millares de héroes alemanes que conformaban la mejor y más noble parte de esa Alemania que nunca apoyó a Hitler. Ese grupo escribió en esos panfletos, panfletos que leyeron miles y miles de alemanes, las siguientes palabras que son la síntesis más lúcida que yo he leído nunca acerca de lo que es nacionalsocialismo:

«¿Quién ha contado los muertos, Hitler o Goebels? Con toda seguridad, ninguno de los dos. (…) El dolor penetra en las casas de campo, en la madre patria, y no hay nadie que enjugue las lágrimas de las madres, pero Hitler miente a aquellos a quienes ha arrebatado su tesoro más preciado y a quienes ha conducido a una muerte sin ningún sentido.

Todas las palabras que salen de la boca de Hitler son mentiras. Cuando dice «paz» se refiere a la guerra y si de la forma más sacrílega usa el nombre del Todopoderoso, se refiere al poder del mal, al Ángel Caído, a Satán. Su boca es la hedionda puerta del infierno y su poder está envilecido. Ciertamente tenemos que librar una batalla en contra del terror del Estado Nacional Socialista con todos los medios racionales que tengamos a nuestro alcance, pero cualquier que abrigue todavía alguna duda sobre la existencia de los poderes demoníacos ha malinterpretado absolutamente el trasfondo metafísico de esta guerra. Detrás de lo concreto, detrás de las percepciones materiales, detrás de todas las consideraciones expositivas y lógicas se oculta lo irracional, es decir, la batalia contra el demonio, contra los emisarios del anticristo.« (4)

Sí, en esa guerra que se estaba librando en Europa y otras partes del mundo había muchas luchas menores, pero la síntesis de todo, el trasfondo de todo, estaba en esa guerra entre el bien y el mal, entre los seguidores del Árbol de la Vida y los seguidores del Árbol de Conocimiento del Bien y del Mal.

El contenido de aquel panfleto que les valió la muerte tras terribles torturas a sus autores, dos hermanos, fue la síntesis más lúcida de todo lo que estaba pasando en Centroeuropa. La raíz de todo aquello era de esencia moral, el resto eran cuestiones accidentales. Detrás de lo concreto, detrás de los personajes, detrás de las razones menores, estaba la lucha entre dos cosmovisiones: la visión cristiana o la visión de un mundo sin Dios ni moral. En medio de esta lucha no cabían medias tintas, no cabían neutralidades, una de las dos visiones del mundo y de la historia prevalecería sobre la otra en el Viejo Continente. El silencio sería culpable. La Historia no perdonaría los silencios. Gracias a Dios la más perniciosa semilla fue erradicada a base de mucha sangre, pero la Historia hubiera podido ser diferente si unos pocos hombres en diversos países hubieran optado por condescender, por no oponerse, por no luchar cuando ya no quedó más remedio que luchar. Si Estados Unidos se hubiera inhibido del problema, si el Reino Unido hubiera pactado una paz «honorable», si unos pocos hombres influyentes hubieran optado por la vía más cómoda, por el bien a corto plazo, entonces una nueva mentalidad hubiera echado sus raíces en la misma tierra que vio erigir catedral tras catedral.

El que una nación civilizada y culta como la Alemania pre-hitleriana, defensora de los valores de la razón, cultivadora del legado clásico, cayera de repente bajo la oscuridad, nos recuerda que cualquier sociedad que se aleje del camino del Bien, en cualquier momento puede caer presa de los hechizos de la iniquidad. El III Reich es un aviso, un recuerdo, de que lo que les sucedió a ellos nos puede volver a suceder a nosotros.

Somos muy condescendientes con el mal de la sociedad cuando éste se vuelve generalizado. No nos damos cuenta de que cada cesión, cada renuncia a lo que es el recto camino de la Ley Natural, nos acerca un poco más a esa situación de una nación debilitada en su conciencia que como un cuerpo enfermo, puede sucumbir a la enfermedad, a una nueva noche.

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