Opinión Nacional

Andrés Bello por estas calles

La ya vieja idea del viaje en el tiempo no es solo especulación ociosa para sobremesas o para novelas y películas, algunas muy entretenidas y que se adentran en profundidades exquisitas.

La ya vieja idea del viaje en el tiempo no es solo especulación ociosa para sobremesas o para novelas y películas, algunas muy entretenidas y que se adentran en profundidades exquisitas, desde la novela de Mark Twain, A Yankee in King Arthur’s Court, hasta la serie Back To The Future, de Steven Spielberg, sin olvidar The Time Machine, de H. G. Wells. Así como ha sido provechoso el método comparativo en otras ramas del conocimiento —comparación de civilizaciones, literaturas, discursos—, así puede ser también interesante el de comparar edades.Siempre que atravieso la Plaza Brión, en Caracas, rumbo a mi oficina, me da por imaginar lo que allí vería don Andrés, que nació en 1781 y murió en 1865. Ver, vería mucho; reconocer, reconocería poco. Es una especulación —nada se puede probar—, pero no ociosa, o como para aplicarle la Navaja de Occam. Los ojos de don Andrés pueden ayudarnos a comprender mucho de lo que hoy vivimos.Trataré de usar sus ojos, hasta donde se me alcanza el conocimiento de su obra monumental. Caminando por allí, bajando por la avenida El Bosque, donde está un terminal de metrobuses, don Andrés reconocería que se trata de una calle, recurso tan antiguo, pero resentiría el estruendo sin pudor de todos los motores. Tal vez no lo asombrarían los vehículos semovientes, pues ya conocía la máquina de vapor, que celebró en el artículo citado en el epígrafe. Le parecerían desmesurados, como desmesurados le parecerían los edificios, aunque no son los más altos de Caracas y menos del mundo, pero también los reconocería. Le serían solo bien familiares los residuos naturales que allí sobreviven: los árboles y el cielo contaminado, le extrañaría que tal vez no sea tan azul como el que conoció en su entonces. Más le sorprendería el Cerro del Ávila, a pesar de sus cicatrices y su Hotel Humboldt en la cima, pero se quedaría estupefacto de saber que está en Caracas y que ya no es su Caracas, porque las lozas que pisa ya no son monte y culebra como era Chacaíto en su época. Reconocería también estos restos de naturaleza que somos los seres humanos, vestidos según usanzas tan raras, sobre todo las mujeres, pues los varones no hemos evolucionado mucho en vestimenta, como en tantas cosas. Pero la insolencia de la falda remangada sobre las rodillas, los pantalones, tan cortos a veces, y los tacones vertiginosos y a veces descotados lo dejarían sin comprensiones cómodas, a él, que comprendió tanto, y a veces sin modos de distinguir entre los sexos, que suele hacer falta.

Pero apartemos las consideraciones de nuestro mayor humanista sobre los usos y costumbres de hogaño. Sería ejercicio más que interesante y algo esbozo más abajo, pero mi propósito aquí y ahora es especular a propósito de sus apreciaciones sobre la ciencia y la tecnología, pues en ellas don Andrés estaba bien al día y les dedicó abundantes, aguzadas y reiteradas reflexiones. Conocía y meditaba sobre medicina, física, química, matemática. Celebró la vacuna desde el primer día, hasta en una obra de teatro de lo más ocurrente. Su curiosidad no tenía límites. No era como esos intelectuales de este siglo —más avanzado que el suyo en ciencia y tecnología—, que despliegan en esas materias, orgullosos, una ignorancia sin lagunas. Don Andrés era distinto, don Andrés tenía vergüenza, don Andrés era inteligente.Resumo, doy solo muestras porque el tema es largo. Don Andrés se preguntaría de dónde sacan el principio activo los bombillos eléctricos, se asombraría de las cajas que hablan y cantan, conocidas como radios, de las cajas que muestran imágenes en movimiento y también suenan y sueñan, llamadas televisión. Salvo que le pusieran música clásica de su época o de poco antes, don Andrés no entendería mucho la que escucharía en la Plaza Brión. Reconocería las mismas armonías y juegos orquestales, pero le extrañarían la sintaxis, los ritmos, la presencia de raíces que en su tiempo se desdeñaban, como las africanas o indígenas, tal vez diría como mi bisabuela Cacán, que eso lo bailan en Borburata, antigua cumbe africana. Pero tal vez le retumbaría algo de algunos sones que oyó oblicuamente en algún barrio caraqueño o algún puerto guaireño de entonces. Y probablemente no entendería nada posterior a los Beatles. No sería extraño porque no es fácil entenderlo, hay gente inteligentísima que no lo entiende. Yo a veces creo que no entiendo a los mismos Beatles, será por eso que los admiro sin condiciones. Pero más lo asombraría la capacidad de engastar una orquesta en una cajita y más que esa orquesta pueda susurrarle sones al oído mediante unos botoncitos asidos a un hilillo, que hogaño llamamos audífonos. Percibir sones en el aire, con músicos invisibles, lo dejaría sin referencias habituales. No solo lo asombraría lo visible, tal vez lo pasmaría más lo invisible.

Le costaría seguir una conversación, porque habría términos que no podría desentrañar: «Me clonaron el celular», «tuve que reformatear el disco duro», «la memoria RAM es insuficiente», «este carro es de inyección directa», «hey, mente, de pana que la iMac es burda de fina», «¿y dónde me dejas el Pentium III?», «energía es igual a masa por velocidad de la luz al cuadrado», «el ser precede a la esencia». Ni uno mismo entiende a veces. De resto, muchas expresiones cotidianas, «un cafecito ahí», «qué bonitos ojos tienes», «dime con quién andas y te diré quién eres», «esto se lo llevó quien lo trajo», «ese político es un inepto», resonarían con voces conocidas para él desde aquella Caracas de la quebrada Anauco, que él cantó.

Así, de susto en susto, de entusiasmo en entusiasmo, de desconcierto en desconcierto, de claro en claro y de turbio en turbio, don Andrés desembocaría en mi oficina, porque tengo la arrogancia de pensar que aceptaría sentarse a mi lado frente a las dos Macintosh que coronan mi escritorio. En su honor yo trasladaría allí también mi PowerBook. Y quizás, especulo, me sorprendería ver su falta de sorpresa. Sí, claro, ignoro si en su entonces había botones, salvo los de las camisas. Quiero decir, botones que activaran procesos, encienden luces, apagan radios, disparan guerras nucleares. Y me impresionaría que ignoro más su época que él la mía. Pero, pasada la sorpresa del teclado y sus botones, donde sin embargo reconocería las letras que tanto enseñó y nos sigue enseñando, pasada la extrañeza de la pantalla, que ya vivió cuando vio los televisores en la plaza, pasada, en fin, esa estupefacción, a la que ya habría comenzado a acostumbrarse, luego de que yo le explicare que todo eso tiene que ver con la electricidad que ya él conocía, luego de todo eso vendría mi mayor asombro: su falta de asombro.

En primer lugar el texto. Finalmente son palabras las que predominan en las pantallas. Y son imágenes, que tampoco tienen por qué asombrarlo, salvo el contenido, probablemente incomprensible en todo lo que vino después del impresionismo francés. Y también sonidos, que ya habría oído en la radio allá en la plaza. Pero que haya letras e imágenes no le sería extraño. Las letras quizás representarían ideas incomprensibles, como las dichas arriba, pero serían palabras, entendería que hay ideas nuevas que él no conoce y por eso no las asimila en un solo paso epistemológico. La sintaxis le sería habitual, eso sí, aunque no lo que expresa. Pero menos lo asombrarían los procesos lógicos. La computadora está sentada principalmente sobre la lógica aristotélica y no son competentes para la lógica difusa, por ejemplo, salvo las máquinas analógicas, que ya no pueblan nuestros escritorios. De modo que para saber que la computadora hace cálculos solo tendría que cambiar la escala de la «máquina aritmética» de Pascal, que rigió las sumadoras mecánicas hasta hace pocos años, y que ya tenía dos siglos cuando don Andrés la conoció. Le sería habitual la metáfora del escritorio que Apple desarrolló para la interfaz gráfica y que hoy predomina en todas las computadoras, Be, NeXT, Macintosh, Linux, Unix, Windows. Que una computadora se comunique con otras no le sería insólito, salvo por el modo de hacerlo. En cuanto a comunicación, ya conocía la viva voz, claro, pero también el correo, la plaza, el teatro, la prensa, el libro impreso y el telégrafo inventado en 1837. Habría que explicarle el nuevo modo, pero el concepto de dos o más personas usando un medio para comunicarse no le sería desconocido y mucho menos enigmático. Escribir y luego imprimir mediante computadora e impresora le parecería asombroso, pero no esotérico por cuanto ya entonces no solo se conocía la pluma, sino la imprenta y le parecería fantasmagórico tener una tipografía en su escritorio. Tampoco lo escandalizaría la fotografía, ni siquiera la digital.

Quizás le sería tan desconcertante como para nosotros el efecto de la aceleración y la abundancia de información de Internet, que da la posibilidad de comunicarnos uno con muchos, muchos con uno y muchos con muchos. No tanto porque no hubiera visto eso, que ya hacían la plaza y la imprenta, sino dos aspectos: la velocidad y la interacción. La imprenta permitía una interacción pastosa, lenta, torpe. Ni siquiera el periódico diario permitía ir más allá de enviar por correo una carta de papel a la redacción, que era casi como lanzar una botella al mar. También le llamaría la atención la facilidad con que cualquiera puede montar su medio informativo en Internet, desde su casa, sin costos comparables a los del tiempo de don Andrés y aun los de hoy, a través de medios tradicionales, imprenta, radio, cine, televisión. Le atraería la libertad, desusada en su época, a pesar de la complexión republicana de don Andrés. Lo escandalizaría seguramente la soltura sexual, a pesar de haber visto ya en la Plaza Brión el desparpajo de los atuendos femeninos. ¿Cómo no lo asombraría si nos desconcierta a nosotros, hombres y mujeres de hoy?
Mi punto, pues, es doble. Don Andrés tendría que hacer un doble esfuerzo: comprender los cambios culturales, civilizatorios, sociales, en una palabra: humanísticos, que fueron su principal ocupación, por un lado, y los procesos prácticos, los conceptos científicos y técnicos, por el otro. Es decir el contenido allá y el continente acá. Y conjeturo —sabiendo el riesgo de tal idea, de la que no estoy rematadamente seguro y por eso la ventilo aquí contigo— que el continente, es decir, los procesos, le serían menos inauditos que el contenido, es decir, el modo de relacionarse la gente, los conceptos de vida, los paradigmas de la política, la religión, el arte, la literatura, las costumbres, las ideas, las actitudes, las relaciones de pareja, el comportamiento juvenil, la música, la demasía de las dos Guerras Mundiales, lo que dicen los periódicos y la inmensa mayoría de los libros. Puestos a comprar, esas cosas lo pasmarían más que la ciencia y la tecnología. Se conmovería de ver que se lo aprecia por todas partes, que hay una Casa de Bello, que sus obras se leen (aunque no tanto como se debiera), que su Gramática es admirada y seguida por todo lingüista de hoy, que la última versión de la Gramática de la Real Academia, la de Emilio Alarcos Llorach, haya adoptado, entre tantos conceptos ineludibles, su sistema de tiempos verbales, que no ha sido superado por ningún sabio desde que él lo propuso. Y reconocería en esa gramática de la Academia muchas de sus propias ideas, que germinaron cien años después de que él las expuso. Comprendería, sin embargo, como buen sabio, que, aunque no todas, sus informaciones científicas y técnicas han sido superadas. Él era hombre de progreso y entendía que toda convicción científica es provisional. Pero las novedades que lo pasmarían hoy no estarían radicalmente alejadas de sus paradigmas básicos. Le tomaría tiempo, claro, su capacidad de asimilación, tan asombrosa, tenía límites humanos. Tendría que sentarse a pensar, y mucho, sobre muchas cosas.Menos desconcertado estaría Julio Verne, que predijo casi todo, incluso inventos que todavía no han pasado. Verne —este Nostradamus de la ciencia, más eficaz que Nostradamus, cuyo lenguaje abstruso y oscuro da para todo— más bien quizás se reiría de nuestro atraso, comparado con su imaginación. Hay inventos de Verne que todavía esperan su inventor o, mejor dicho, su realizador. Verne predijo incluso la Internet.Hay solución de continuidad desde Bello hasta hoy, la computadora, que le sería, no sé, más familiar que lo demás, es la confluencia productiva de la lógica clásica, las matemáticas, la electrónica, el alfabeto de base fonológica, todas cosas que él se sabía en modo tan superlativo que sigue siendo nuestro contemporáneo y lo seguirá siendo aún por mucho tiempo, tal vez para siempre, así era de básico don Andrés. Ha habido, cierto, cambios de paradigmas, asombros, Teoría de la Relatividad o cuántica, astrofísica, bioquímica, biología molecular, nanomáquinas, nociones que aún nos cuesta asimilar. Pero en cuanto a Internet y la computación, don Andrés Bello, con un poco de adaptación, especulo, pasada la primera y necesaria turbulencia de las confluencias históricas, se movería como el agua en el agua.

Andrés Bello.

Julio Verne, París en el siglo XX (fragmento)
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