Opinión Nacional

Ante la caída de su popularidad, Chávez actúa como Fidel

Nueva York (AIPE)- “Hemos estado preocupados con algunos de los actos del presidente venezolano Chávez y su comprensión de lo que un sistema democrático significa”, dijo el secretario de Estado Colin Powell al Comité de Relaciones Extranjeras el 5 de febrero. “Y no hemos estado contentos con algunos de los comentarios que ha hecho sobre la campaña contra el terrorismo”.

“No estoy seguro de la inspiración que cree tener ni en qué beneficia a los venezolanos sus visitas a esos regímenes despóticos”, continuó diciendo Powell. “Hemos expresado directamente a él nuestro desacuerdo con algunas de sus políticas y él entiende que es un irritante grave…”

Que Hugo Chávez, presidente desde 1999, haya sido elegido democráticamente ha dificultado que Estados Unidos lo critique a él y a la escogencia de sus amigos. Pero a medida que ha caído su popularidad en el último año, no hay duda que los venezolanos tienen un presidente con fuertes tendencias dictatoriales y seguidor de Fidel Castro.

Como lo indicara el secretario Powell, a Estados Unidos también le preocupan sus nexos con naciones terroristas. Aunque aumenta la oposición a su régimen, puede ya ser demasiado tarde para lograrse un cambio pacífico. Lo más probable es que Chávez siga apretando el control y caiga peleando contra cualquier intento de tumbarlo.

Poco antes de llegar al poder con el apoyo de un electorado asqueado por la corrupción y la pobreza, el ex paracaidista que encabezó un fallido golpe en 1992 comenzó un metódico desmontaje de deterioradas instituciones, reemplazándolas con su propia versión autoritaria. Chávez argumentaba que en una democracia si la mayoría lo apoya puede hacer cualquier cosa. Los venezolanos pobres, quienes son mayoría, lo aplaudían. Otros venezolanos acomodados cooperaban, como también lo habían hecho con gobiernos anteriores, en búsqueda de favores.

Habiendo consolidado el poder y con sus camaradas militares ocupando los cargos clave, Chávez hizo lo que quería, pero la población se tornó en contra suya. No sorprende que ha medida que cae su popularidad aumentan sus tácticas fidelistas.

Cuando los caraqueños manifestaron masivamente en su contra el 23 de enero, Chávez decretó “por razones de seguridad” que los helicópteros no sobrevolarían la capital. La oposición entendió que con ello trataba de impedir que las fotografías aéreas evidenciaran que los manifestantes opositores eran cinco veces más numerosos que quienes lo apoyan.

Ese estimado concuerda con encuestas recientes que muestran que apenas 12% de la población conforman el núcleo de apoyo a Chávez y otro 7% lo apoya sin mucho entusiasmo, por lo que sus adeptos están por debajo del 20%. Eso explica el aumento de la agresividad de los chavistas.

Como todos los militares de izquierda, Chávez es un infame economista y evidentemente que más que su detestable manera de ser, su egolatría y su agresividad contra la sociedad civil, lo que le ha ganado el mayor desprecio ha sido el estancamiento económico venezolano.

Mientras el ingreso se mantenía alto, el gobierno se las arreglaba. Pero la caída de los precios del petróleo ha golpeado la situación fiscal. Y la respuesta del gobierno ha sido la de costumbre, aumentar los impuestos. Según Rafael de la Fuente, de BNP Paribas, “el aumento de ingresos estimado en 1,3% del PIB [en nuevos impuestos] hará poco por resolver el problema fiscal”. Junto a la feroz retórica antimercado de Chávez, el temor de lo que puede pasar con la moneda fomenta la fuga de capitales. De la Fuente cree que se impondrá el control de cambios y otros analistas esperan una devaluación.

A raíz de la caída de su popularidad, Chávez aplica controles crecientemente radicales. Esto aparentemente lo impulsa a devorar a casi todo el mundo, incluyendo a aquellos que serían sus aliados ideológicos. Ya trató de ponerle la mano a los sindicatos y adelanta una guerra santa contra la Iglesia Católica, refiriéndose a la jerarquía eclesiástica como un “tumor”. Periodistas que antes lo apoyaban, ahora lo critican, mientras que el presidente los llama corruptos y amenaza callarlos. Quizá lo más preocupante ha sido sus llamados “círculos bolivarianos”, copiados de los comités cubanos de defensa de la revolución. A principios de enero, una de esas pandillas rodeó las oficinas del diario El Nacional en Caracas, gritando “digan la verdad o los quemaremos”.

Las íntimas relaciones de Chávez con Castro no son secretas. Menos claro es el alcance de la intromisión de Castro en Venezuela. Basado en su viejo objetivo de fomentar la revolución en América del Sur y su respaldo a los guerrilleros colombianos, no sorprenden los rumores sobre el apoyo en inteligencia y seguridad que Cuba aporta. Según Constantine Menges, ex funcionario de la CIA y actual académico en el Hudson Institute de Washington, el fracaso de Castro en la región le hizo comprender “la necesidad de conseguir aliados entre los militares latinoamericanos y de un nuevo enfoque para impedir que Estados Unidos ayude a los gobiernos democráticos y a los movimientos políticos a defenderse antes de que sea demasiado tarde”.

Los sucesos en Venezuela encajan con esa estrategia. Un video dado a conocer recientemente muestra a oficiales venezolanos reunidos con rebeldes colombianos de las FARC, lo cual refuerza la teoría que Chávez tiene planes respecto a Colombia y esto forma parte de su sueño bolivariano y de los objetivos de Castro. Pero entre la oficialidad venezolana hay quienes sienten gran desprecio por Chávez. El 7 de febrero, un coronel de la aviación reveló que el 75% de los militares están en contra de Chávez.

Estados Unidos tiene el derecho de desafiar a Chávez, pero debe estar consciente que la inestabilidad de la región va mucho más allá de un loco. Los latinoamericanos están convencidos que las reformas débiles de la década de los 90 crearon una economía de mercado que los ha empobrecido. Por ello no sorprende que hayan creído los cuentos de sirena de Chávez sobre la revolución social. Si Estados Unidos quiere mostrar el camino a la estabilidad y la prosperidad, debe apoyar reformas verdaderas. Abrir el comercio sería un buen comienzo.

* Editora de la columna Las Américas del Wall Street Journal, diario donde fue publicado originalmente este artículo y autorizó la traducción de AIPE.

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