Opinión Nacional

Apolión

Nunca he podido entender la ciencia ficción quizá porque uno entiende las
cosas que le interesan pero no hace el menor esfuerzo ante aquellas que
rechaza. Pero si hay algo que no solo no entiendo sino que jamás me
molestaría en leer una sola línea que se refiera a ella, es la ficción
apocalíptica, esa que se solaza en describir los horrores y sufrimientos que
padeceremos los humanos cuando el mundo esté por acabarse. Dicho esto no me
es posible recordar como llegó a mi biblioteca una novela de ese género
llamada “Apolión” de Tim La Haye y Jerry B. Jenkins, dos ilustres
desconocidos para quien -repito- aborrece el género al que estos dos autores
han dedicado varios títulos. Leo en la contraportada del libro que el mismo
trata sobre la plaga de la quinta trompeta: “una plaga de langostas
parecidas a los escorpiones y dirigidas por Apolión el demonio que es el
príncipe del abismo”. Recién entonces recuerdo que al leer el Apocalipsis,
aparece ese personaje como el ángel del abismo e identificado también como
Abaddon. Yo no estaba buscando ese libro, ni siquiera sabía de su existencia
y pareciera que saltó de un estante repleto de libros, a mis manos.

Cuando ocurren cosas como ésta me da por pensar que hay algo de magia en el
asunto, una especie de fuerza exterior que impulsa lo que solemos llamar
casualidades. ¿Por qué el mismo día en que hemos leído periódico lleno de
noticias catastróficas o insólitas, se nos aparece un libro con ese nombre y
ese tema? Fue el día en que nos enteramos de los honorarios de unos
profesores de ética para jueces, cuyo monto hizo que el Contralor -un
fantasma que solo hace apariciones públicas en las sesiones solemnes de la
Asamblea Nacional- reaccionara. Los profesores de ética para jueces se
conformaron con la casi irrisoria remuneración de un millón de bolívares por
cada hora de clases. Apenas unos días antes corrió la noticia de la
jubilación del ex Presidente del Tribunal Supremo, Iván Rincón, con apenas
21 millones de bolívares mensuales. Si agregamos los millardos que se
invirtieron para que Corpovargas hiciera unos trabajos más o menos decentes
en esa azotada región, y que se esfumaron sin dejar rastros ni obras, y
agregamos a esas minucias todo lo que a diario informan los medios sobre
hechos de corrupción o simple y llanamente asaltos al tesoro público,
tendremos que concluir que quizá sea verdad que (algunas veces) el crimen no
paga, pero la revolución sí y de manera muy generosa.

¿Se entera Chávez de estos desafueros cometidos por sus acólitos? Y
suponiendo que estuviera enterado ¿le importan? En un país que va en camino
de regresar a la época de Juan Vicente Gómez, cuando no se movía una hoja de
árbol sin que el dictador se enterara y no se daba un paso que no tuviera su
visto bueno, es difícil creer que el ministro Izarra siempre a la caza de
una frase y hasta de una palabra o un gesto en cualquier medio, que ofenda
al Presidente, no le informe sobre los titulares de la prensa diaria. ¿Y si
lo sabe por qué permite que su revolución solo haya servido para enriquecer
a unos cuantos vivos y crear una nueva oligarquía del dinero, la del mal
habido? Uno tiene que concluir que la fidelidad a la revolución bolivariana
no es gratis; puede ser que el montón, esa masa informe que sigue esperando
que Chávez les regale un ranchito, un carro o una bicicleta sea de una
fidelidad blindada a la que no le entra ni coquito. Pero la lealtad de los
jefazos y de los colaboracionistas solo se mantiene a fuerza de real. A
botija llena, corazón genuflexo, podría ser el lema de los verdaderos
artífices de una revolución cuyo único objetivo es  controlarlo todo y a
todos.

Si la falta de pudor o desfachatez para robar, medrar, colocar a toda la
familia en cargos dentro del organismo que se dirige y asignarse pensiones
estratosféricas fuesen lo único deleznable, uno podría concluir que la única
diferencia entre este gobierno y los de los cuarenta años anteriores a
Chávez, es que en éste se roba mucho más y con absoluta impunidad. ¿Le llamó
a cualquiera de los que luego lloraron y se deshicieron en loas a Danilo
Anderson, saber de dónde sacaba para lo mucho que destacaba? ¿Puede un
fiscal honesto que no se redondeé por aquí y extorsione por allá, llevar el
tren de gastos que llevaba el occiso? Pero es que eso es secundario, algo
ridículo tratándose de un funcionario que se prestaba a cualquier
marramuncia ordenada desde muy arriba. Un revolucionario cabal.

Más allá de la avidez monetaria que caracteriza a los próceres bolivarianos
(por los bolívares, se entiende) lo que encoge el alma y se la pone a uno
chiquitica, es la absoluta preeminencia de la anarquía y de la arbitrariedad
por encima de la ley. El Alcalde Mayor puede, porque se le antoja, ocupar
con damnificados edificios en proceso de negociación por parte de sus
propietarios; los gobernadores si lo desean pueden invadir tierras y
apropiarse de ellas con solo calificarlas como ociosas. Las universidades
públicas están en extremaunción porque el Ministro de Ciencia y Tecnología,
como vocero de la revolución científica, tecnológica y suponemos que
educativa,  opina que la libertad académica es un concepto pasado de moda y
que la ciencia debe vincularse al poder. La plaga de la quinta trompeta se ha instalado
en el país y Apolión dirige sus langostas y escorpiones para que  destruyan todo cuanto existía
antes de su llegada. Mientras, una sociedad paralizada por el miedo o la abulia, se sienta
a esperar el Apocalipsis.

 

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