Opinión Nacional

Aquiescencia

Como tantas otras palabras castellanas, “aquiescencia” también proviene del latín. “Aquiescentia”: asenso, consentimiento. De allí “aquiescente” : “que consiente, que permite o autoriza.”

No sé si sea apropiado decir que se trata de un sentimiento moral. En cualquier caso, la aquiescencia es una indisposición anímica, un algo muy adentro y sumamente extendido que se opone a la acción política en Venezuela. Me la figuro como una especie de lenteja lacustre moral que asfixia al espíritu contestatario, demócrata y liberal.

Los comentaristas de nuestra calamidades políticas se atienen desde hace tiempo a la convención de que la masa opositora, en su gran mayoría, es abstencionista y que lo es porque, sencillamente y con sobradas razones, no se fía del colegio electoral.

Suele afirmarse , también, que la masa abstencionista es más perspipcaz que toda la clase política y que, espontáneamente, ha dado con la estrategia que acabará con Chávez para siempre: esa estrategia consiste en quedarse en casa el 3 de diciembre.

Yo me apartaré hoy, una vez más, de ese parecer para considerar, más bien, si la mayoría no estará imbuida de algo mucho peor y más eficazmente catastrófico que el abstencionismo. Tengo para mí que la mayoría opositora no es toda ella abstencionista, sino que hay un sector muy siginificativo de ella que es sólo aquiescente.

En efecto, una gran parte de la mayoría opositora, al tiempo que se escandaliza y se hace cruces cuando escucha las andanadas del alcalde Barreto, consiente y tolera la satrapía de Chávez. Esta paradoja es tan resplandeciente como desconcertante y por eso no creo que sea perder el tiempo hurgar por un rato en la distinción que aquí hago entre abstencionismo y aquiescencia.

Un abstencionista es alguien que promueve, de buena fe y con los medios a su alcance, la abstención electoral porque, con razón o sin ella, piensa que abstenerse puede tener algún efecto político decisivo. Mi amigo el doctor Oswaldo Alvarez Paz, por poner un ejemplo, es abstencionista, no un aquiescente.

Un aquiescente, en cambio, es alguien a quién, ciertamente, no le da igual lo que pase o deje de pasar en diciembre pues se inclina a pensar que, apartando la retórica clasista, antiyanqui y antiglobalizadora, los mandos chavistas son más o menos como los adecos en tiempo de Pérez I.

En consecuencia, algunos aquiescentes preferirían que los chavistas permeneciesen en el poder al menos el tiempo suficiente para contratar con ellos ––con el pañuelo en la nariz, por supuesto, los aquiescentes se precian de ser “escuálidos” de uña en el rabo––y poder comprarse un Audi como el que se dice que tiene Jorge Rodríguez.

Sostengo que gran parte de lo que insisto en llamar masa opositora—para diferenciarla de los ciudadanos que hacen política de oposición a cara descubierta––es aquiescente antes que abstencionista. No sé cuán grande pueda ser ese sector pero está claro que se puede ser abstencionista al mismo tiempo que aquiescente. Para ser más precisos, se es primero aquiescente y luego, aunque no en todos los casos, abstencionista.

En efecto, no todo abstencionismo expresa aborrecimiento militante del gobierno autoritario, manirroto y pendenciero de Chávez o un rechazo principista al ventajismo electoral. Sé de muchos que se dicen abstencionistas y contratan con el mismo gobierno que en privado llaman corrupto. Hay casos desternillantes de puro vergonzosos. Estoy seguro de que usted, mientras lee esto, puede enumerar mentalmente al menos tres personas, o instituciones dirigidas por personas de lo más “escuálidas”, que al tiempo que contratan con el gobierno pueden ordenar sin parpadeos un discursillo o moralina de ocasión contra la clase política y “esta oposición que lo que da es vergüenza”, contra tipos como Teodoro Petkoff que le arruinó su “kermesse” a Súmate, y que sólo quieren hacer de comparsas de Chávez “legitimándolo” al participar en unas elecciones amañadas por el CNE, ectétera, etcétera.

Desde luego, el abstencionismo tiene una enorme ventaja vestimentaria por sobre la idea de participar en las elecciones: declararse asbtencionista permite al aquiescente mostrarse intransigente; le presta un aire de opositor puro y duro que siempre es de muy buen tono. Y no exige, en verdad, demasiado de él: apenas una retórica intransigente mientras campanea un whisky.

Ni siquiera está obligado a explicar cómo es que dejar de votar en diciembre va a hacer que Chávez se deslegitime a los ojos del mundo y abandone para siemrpe el poder.

Al respecto, quizá sea ilustrativo recordarle al mundo abstencionista que Chávez acaba de obtener el apoyo nada menos que de China para la candidatura venezolana a miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la Onu. Estoy seguro de que el presidente Hu no le puso a Chávez como condición que se retiren las captahuellas o que se depure el registro de electores.

Volviendo a la aquiescencia general ambiente, lo alarmante de ella es su desprevención sólo calificable de suicida. La premisa basal del aquiescente es la idea de que si gana Chávez las cosas van a seguir más o menos igual que hasta ahora, gasto público y Audis último modelo incluidos.

Enfatizo que no todo aquiescente es cómplice de los chavistas corruptos––“¡no hay cama p’a tanta gente!”, diría Celia Cruz––, porque lo que importa poner de bulto es que el aquiescente no está en absoluto alarmado ante la idea de que Chávez sea reelecto.

A juicio de este modesto “mánayer de tribuna”, la ceguera del aquiescente ante lo que significaría para el futuro de Venezuela una victoria de Chávez en diciembre es el enemigo primoridal de la candidatura única. Combatirla con éxito es restarle piso al abstencionismo ingenuo que sólo favorece a Chávez.

Esta indiferencia ante los indicios ciertos de un designio totalitario, que han sido denunciados por observadores tan perspicaces como el incisivo Armando Durán o el siempre pertinente Tulio Hernández, es la venda que ciega al abstencionista de buena fe y es un resultado no deseado de la prédica antipolítica. El abstencionismo, en general, favorece a Chávez ; la aquiescencia, en particular, mina las posibilidades electorales de la oposición.

No dudo que el comando de campaña de ManuelRosales esté tomando muy en cuenta estas variables que se interpenetran pues no toda aquiescencia es socarrona ni todo abstencionismo es inocente. Es un problema sin solución trivial. Es quizá el problema de mayor entidad que deben resolver los comunicadores del comando de Rosales.

La amenaza que se cierne sobre la sociedad civil venezolana, y que afecta a todos por igual, sean aquiescentes u opositores, no es sólo la de un fraude electoral–riesgo con que,desde siempre, contamos los latinoamericanos todos a la hora de ir a unas elecciones––, sino la de que, para usar una expresión del jefe de estrategia, este gobierno, ya de suyo autoritario y propugnador de un “apartheid” político, degenere definitivamente en régimen totalitario. ¿Qué podrá impedirlo? Yo no lo sé cabalmente.

Pero la experiencia latinoamericana sugiere que una avalancha de votos por un candidato único de carácter resuelto y decidido, aun enfrentada a un colegio electoral con muy bien concebidos planes de defraudar al electorado, pero atemperado en sus designios por la visión de multitudes movilizadas, en la calle, cuidando de sus votos y problematizando al máximo las opciones usurpadoras del sátrapa, han podido en más de una ocasión salirse con la suya.

El CNE no es un arma absoluta; las captahuellas no son el enemigo principal. Carece de sentido exigirle a Manuel Rosales que antes de salir a buscar votos por toda Venezuela reclame primero, por teléfono y desde su casa, unas condiciones electorales que el CNE jamás le acordará a un particular sino únicamente a una formidable movilización ciudadana en campaña detrás de un candidato único dispuesto a ganar y a cobrar cuando gane.

Las elecciones están convocadas para el 3 de diciembre. La oposición democrática ya tiene un candidato único recorriendo el país.

¿Cómo se siente usted hoy lunes 28 de agosto, a poco más de tres meses de esa fecha?
¿Abstencionista o aquiescente?

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