Opinión Nacional

Arrancando de raíz

Desde la masacre de los niños Faddoul en 2006, la inseguridad se instaló en la mente de los venezolanos como su primera preocupación, posición que mantiene hoy con un 45% de menciones, superando el clásico alto costo de la vida y el desempleo, que protagonizaron nuestras preocupaciones durante décadas y al más reciente, el desabastecimiento, que se posiciona fuerte desde el año pasado en segunda posición.

Pero esto no indica que este problema no existiera antes, simplemente tomó su justo valor en la población con esa mezcla espantosa de secuestro con asesinato múltiple de niños, ejecutados con saña por unos monstruos vinculados a la policía, que ponía sobre el tapete eso que vivíamos a diario privadamente. Destapada la olla, la gente descubre que era algo masivo y ven descarnadamente lo podrida que está nuestra sociedad y sus instituciones.

La percepción y la realidad se juntaron. Las cifras de crimen en nuestros país son devastadoras. El año pasado algunas ONG estiman que murieron en forma violenta 24.700 personas (y si fuera una sola seguiría siendo horrible). Mueren más venezolanos asesinados que en cualquier guerra y nos afecta a todos, aunque es mayor la penetración de asesinatos en los estratos más pobres, convirtiéndose en una ratificación de nuestras desigualdades sociales. El secuestro express es una de las actividades más rentables del país. Se han conformado grupos especializados que se reparten zonas, como si de la mafia siciliana en Chicago del pasado se tratara. La metodología de los secuestradores se ha modernizado y tienen centros de operaciones (algunos dentro de las cárceles), redes de radio, centros de «acopio», argot propio (hermano de sangre del policial), comandos con armas largas para quienes se la dan de vivos blindando sus carros tipo 3, centros de información financiera y tarifas discriminadas de acuerdo al perfil del secuestrado. Hay algunos grupos tan sofisticados que uno desea que si le va a tocar, sea con ellos, no vaya a ser que te salga un cachilapo a quien se le enrede el papagayo en tu cuello.

Les tengo también el secuestro convencional, que azota ciudades del interior del país; las operaciones comando (elegantísimos de negro como en película de Hollywood) que roban todos los apartamentos de un edificio y dejan a los propietarios amarrados en la conserjería; los roba relojes y celulares, motorizados que te tocan el vidrio de tu carro con sus pistolas por ambos lados y a los que les entregas la mercancía por una rendija de tu vidrio abierto, cual cajero automático, y, sin ánimos de listar completo, termino con la piratería en autopistas y carreteras, donde los malandros promueven o aprovechan accidentes viales para robar y asesinar pasajeros. Esto último le pasó a Mónica Spear y su esposo, ambos asesinados, mientras Maya, su hija de 5 años, también herida, vio terminar la vida de sus padres que habían venido a mostrarle su país y a inculcarle el amor por la patria.

Dios proteja a Maya y a los miles de niños huérfanos por culpa de nuestro miedo e incapacidad para enfrentar la barbarie criminal que se ha esparcido como el monte en la sabana. Ella y todos esos niños son nuestros y no podremos dormir tranquilos hasta que arranquemos de raíz esa peste de nuestra tierra. Bienvenido entonces cualquier acuerdo, diálogo, trabajo conjunto, propuestas integradas, sin importar tendencia política, para frenar a quienes aterrorizan, roban y matan a nuestra población y a quienes tendrá que perdonar Dios, porque yo lo único que deseo que quede de ellos es el mal recuerdo de sus crímenes horrendos.

@luisvicenteleon

 

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