Opinión Nacional

Arte, bastante menor

«La vida, proxeneta de la muerte, esplendida baraja, tarot de claves
olvidadas que una manos gotosas rebajan a un triste solitario». Rayuela,
Julio Cortazar

Recuerdo esa película. La imagen que conservo es la de un escenario oscuro.

Memoria que retrata un lugar en ruinas -ahora lo sé, es el templo
destruido: de Rashomon, en la ciudad de Kyoto-. Allí, tratan de librarse
de la ingrata lluvia tres personas: un leñador, un sacerdote budista y un
peregrino. Al margen del mal tiempo, se dedican a discutir sobre el
asesinato de un señor feudal a manos de un bandido. No están de acuerdo con
las versiones que en el juicio se escucharon. El adicionado, de la
violación de la esposa de la víctima, hace más confusa la realidad de lo
ocurrido. La versión del ladrón, y supuesto violador, así como la del
asesinado -logrado con la ayuda de un médium- o, aquella de la mujer; o
la del único testigo, el leñador, no guardan entre sí, ninguna
coincidencia. Parece que todos, u omiten datos o agregan detalles que se
suman a la confusión sobre la realidad de lo acontecido. Es la memoria y su
aliada, la mentira, lo que agrava la discusión. El ser humano en el eterno
problema para alcanzar la verdad. Pura utopía. Pero, «Es el espesor del
recuerdo lo que importa».

Es el maestro director de cine Kurosawa, quien organiza la trama del film
Rashomon. Es un motivo para volver a discutir sobre el precio de la verdad.

¿Quién la tiene? ¿Cómo se logra? ¿Para qué sirve y cuál es su sentido?
Pero, sobretodo, ¿Cómo lograr control sobre ella? Eso de la reconstrucción
del pasado, es tema grave.

Justamente, es la búsqueda de la verdad verdadera lo que anima a Claudia.

Personaje de la escritora Bettina González en el desarrollo de su novela
Arte Menor. Trabajo con el cual obtuvo en Buenos Aires el premio Clarín de
novela 2006.

Claudia, (¿o será Bettina?) la figura central, de la obra se ve impulsada a
tratar de reconstruir la imagen de la figura paterna, reconocer su
realidad, encontrar la verdad de ese portento que es su patriarca. Para
ello escoge como vía el encuentro con un grupo de tres figuras que fueron
sus amantes en distintos momentos de su vida: Nina Vásquez (encopetada
dama, una bailarina del Colón de Buenos Aires, que hace improductivos
esfuerzos a lo Pygmalión, buscando que el inmanejable carácter de Fabio se
amolde con los sofisticados modos de la burguesía porteña), otra, una
alumna (Graciela Lujan, inculta, pero dócil, dama, que termina por ser,
sólo: «Podóloga y Depiladora». «y se gana la vida sondeando callos y
mondando durezas en juanetes”) y la tercera (Liliana Fiori: que es la
única que realmente cree en Gemelli y puede «reproducir de memoria la
historia del hombre que él podría haber sido, como si él se la hubiera
dictado -y ella memorizado- palabra por palabra»). A lo Rashomon, Claudia
debe escuchar sus disímiles historias.

Lo que suponemos en Claudia, es un sentimiento larvado en los espacios de
su inconsciente, que de pronto, se hace real y comienza a activarla en el
momento en el que se topa con una escultura que ella sabía era creación de
su padre. En una venta de antigüedades, ella palpa la escultura, escucha
que la dueña de la casa le anuncia: «No, querida, esa no esta en venta. Es
mi tesoro personal». Lo que no obsta para que ella, sin revelar su
identidad, inicie contacto con este personaje y desde allí comience una
pesquisa que debe ayudarla a encontrar la verdad sobre su progenitor.

Claudia descubre, en cada contacto con cada una de estas mujeres, algunos
trazos de la vida de Fabio Gemelli. La escultura citada, se llama «la
mujer manzana». Trabajo en bronce; es una figura de una pequeña mujer.

Presenta bultos en todo el cuerpo y cada uno de esos abscesos es una
manzana. Son protuberancias que uno de sus amigos califica como de estética
ofensiva. Presenta sus rodillas como dos manzanas y los pechos de la
figura femenina también se ven, en fácil y precario contrapunto, como
manzanas.

Lo singular es que esta escultura se convierte en un elemento común que le
da cierta unidad al relato, y, a la vez, se presenta como un objeto
cabalístico de la relación de Gemelli con las mujeres con las cuales
compartió. Era un presente que él les hacía, mas con la intención de
burlarse de ellas que de intentar agradarlas. Era un señuelo para el
cortejo. En otra oportunidad funciona como un símbolo de ruptura con o una
manera de vengarse de ellas.

Realmente, Gemelli es como un mito. Para su hija es un referente edípico
(caso extrañísimo, digno de enciclopedia freudiana, de un Edipo post
morten). Que según Otto Rank, es un problema que debe resolver y por eso
ella, se apasiona de tal forma con esta investigación. Es algo que rebota
en los linderos de su mente, costra de recuerdos que no la abandona. Su
cuadro, infantil, de imágenes paternas no corresponde en nada con lo que
va encontrando al paso que conoce historias de las que fueron las idólatras
de papá. No hay que olvidar que, el mito según Jung, es el origen de todo y
es una explicación que sobre vive a los rituales de la socialización. Los
supera y los deja sin espacio. Cómo superar el miedo de Claudia, a no ser
nadie, a temer en la soledad de su origen barrial, que no posee nada que le
asegure espacio en esta nueva sociedad argentina. Claudia investiga para
superar su Edipo y para poder crearse un puesto nuevo, diferente al que la
dinámica social le impone. Cómo limar, asedar, esas muescas que forman su
carácter. Cómo combatir su origen de clase media prole, originario de una
de las tantas villas que existen en el Gran Buenos Aires, Villa Colombres.

La pesquisa le va permitiendo rehacer su vida. Desarrollarla a su imagen y
semejanza, no quiere mantener el mito de Gemelli. Por lo demás, cuando más
investiga menos cree entender la figura paterna y menos valora las
calidades personales o artísticas de Fabio Gemelli. Proceso en el cual
arriba hasta desvanecer la imagen del padre que cubrió el campo de su
afecto y protección. Logra romper, sin traumatismo aparente, el mito que
refleja el regreso a aquel período reconfortante donde creíamos en la
perfección de nuestros padres y suponíamos, ser merecedores de la atención
que nos tributaban. Sin mucho rencor, sin mucho temor o notable esfuerzo,
mata al rey y a la reina de su infancia.

El tono de la historia, sin ser desgarrador a grado de milonga, es
pesimista. Retrata impresiones sobre la visión de la condición humana.

Delata un mundo pleno de desconfianza y egoísmo que busca constantemente su
redención.

La obra esta estructurada en episodios que corresponden a encuentros en
flash back con las damas del serrallo de Gemelli. Cada cuento -a lo
Rashomon- es contradictorio. Son confeccionados desde diferentes
perspectivas y estilos narrativos diferentes. Contradictorios. Llenos de
perspectivas emocionales, con grado que va, desde el odio y resentimiento,
hasta las sacudidas de culpa; originadas en la aceptación de la sumisión
impuesta por la fortaleza supuesta al «héroe».

Existe una relativa intriga, como sucede con autores que usan el recurso
del genero de la investigación, matizada por los visiones contradictorias
de los personajes sobre Gemelli, en algunos de lo cuentos. No falta algo de
odio por los incumplimientos del «escultor» y su vocación por la fábula y
el engaño.

Debemos reconocer, entre otros valores de Bettina González, una honda de
serenidad para narrar en el más puro oficio literario y hacernos sentir que
estamos disfrutando de una obra inmensamente argentina, diría, porteña. Se
vale, usa y logra notas de humor callejero y pueblerino que tanto
celebramos del argentino. Cierto momento muestra el arte de la viveza y el
humor de un clase de personaje de la picaresca criolla que parecía, se
había extinguido. Por ejemplo, el maestro fundidor amigo de Gemelli, que
hacia copias a algunas esculturas, «por si acaso la suerte le llega al
artista» y, por supuesto, a él también le salpicaría algo. Pretender y
hacer de la fundición un lugar para falsificar monedas es un arrebato,
entre infantil y desordenado, muy propio de esos sueños de aquellos
desasistidos sociales, que los sureños llaman «chanta» (flojo, maula,
desorientado); así, leemos a Claudia cuando agrega: «alguien podía
confundirse y pensar que los gestos grandilocuentes de mi padre apoyaban
alguna causa cuando en realidad la única causa que apoyó Fabio Gemelli en
su vida fue la suya propia».

La historia no lo hace explicito, pero detalles de la narración por épocas
de la vida de Gemelli, hacen que uno baraje y entremezcle datos, que
permiten suponer, que la existencia del escultor anduvo en los entreveros
finales del peronismo, pasó por el reino del rigor de la dictadura militar
y luego vino a tallar en el «quilombo» (burdel de mala muerte) del período
menemista, para llegar a la actualidad. Es de suponer que un desasistido
social, como él, negador de todo orden o rigor, no es posible asociársele
con ninguna militancia política. Su ser no esta madurado para esta
militancia y la novela no lo incorpora salvo cuando dice: «papá que se
jactaba de no haber votado nunca; para quien las palabras eran todo, mucho
más que las ideas políticas. La palabra idea no va con la palabra política
en la misma oración».

La construcción de la novela esta concebida como recurso para crear un
espacio a la memoria. Para que se expanda cuanto le sea posible, sabiendo
la autora, con precisa seguridad, que el límite de ella, ha de ser, la
mentira o su variante la exageración. Las vidas que conocemos en la novela,
en especial la de Gemelli, nunca estarán cerca de la verdad; es más, para
qué serviría, si cada persona va contar su historia, como una fábula que
cambia de interlocutor a interlocutor, de escenario en escenario, de
momento a momento. Concluyendo que la leyenda o el mito nos va a llevar al
extremo de hacernos creer que vivimos, no como creemos o deseamos ser,
sino, como cada cual, que nos conoce, arbitrariamente, interpreta nuestra
existencia.

En la novela ni siquiera la escultura (hecho artístico y finalmente, hasta
físico) es algo de lo que estamos seguros que existió. ¿Quién la defiende o
coincide en atribuirle en la novela, algún reconocimiento, o valor ¿.

¿Aceptan y valoran o elogian de la misma forma a los trabajos de Gemelli?.

Si, existen, es por mera voluntad del lector. Nadie defiende con firmeza
los trabajos del escultor. Su hija las aprecia únicamente como el amuleto
que le permite conectar a sus damas con la vida que intenta reconstruir. Es
tal su desconcierto que no se sabe, si fue un genio o un diletante. Al
final, sólo es capaz de lograr que su trabajo se convierta arte de segunda,
o arte menor.

Fabio, es una persona en la que todo es menor, salvo su capacidad para
ponernos en contacto con lo cotidiano y elemental del mundo de sus
particulares costumbres. Tiene vocación por lo liviano, lo fácil, llevado
al extremo de reconocer su incapacidad, sin ningún asomo de prejuicio, para
concentrarse en nada, menos poder, ni siquiera, leer a Rayuela. El
personaje, está perfectamente dibujado, de allí los sentimientos que logra
en el lector. De lo contrario sería deleznable. Todo lo contrario, vive
astutamente en el magnífico desarrollo de la ficción, en que nos engrupe el
laburo literario de Bettina González.

Gemelli es apto, competente sólo, para lograr dejar todo a medio camino
como: esposo, padre, artista, amante, guerrillero, estafador, bohemio,
escalador social, docente; distingamos: «para él que estaba acostumbrado a
juzgar al mundo sin sutilezas, ella era una bailarina y punto». Gemelli es
sólo una melancolía de la imagen que no logró construirse. De él lo único
que se recuerda es su gran capacidad para la emoción o este detalle, «su
hija lo ve como un verdadero artista de la mentira..». » Proyectos. Así
funcionaba mi padre, miles de proyectos se instalaban en su mente con
fuerza de promesa y luego languidecían ahí durante años».

Bettina González, Buenos aires, 1972. escritora.

Es licenciada en Ciencias de la Comunicación con Orientación en Educación
de la Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como jefa de Trabajos
Prácticos en las materias Teoría de la Comunicación y Pensamiento Crítico y
Comunicación en la Universidad Argentina de la Empresa. Actualmente reside
en los Estados Unidos. Allí realizó una maestría en crítica literaria,
becada por la Universidad de El Paso, Austin-Texas. Arte menor es su
primera novela.

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