Opinión Nacional

Así opinamos

Para la mayoría de la población nacional el «megagolpe» electoral que conmociona al acontecer político, tras haber dejado sin resuello a medio mundo, fue un madrugonazo comparable con el primer aguacero de la temporada de invierno. Las opiniones, naturalmente divididas, curiosamente sólo coinciden en que los integrantes del Consejo Nacional Electoral deben renunciar, o ser destituidos, aunque sensatamente se ha expuesto que esos funcionarios, cuya incapacidad, desidia, irresponsabilidad y total impericia fueron puestas de manifiesto reiteradamente, sin que «pasara nada», debieron haber sido sometidos a prisión tan pronto como se conoció el fallo del Tribunal Supremo y ellos reconocieron que habían actuado irresponsable y negligentemente.

¿Qué dirá ahora el «inefable» presidente del organismo comicial, después de haberse atrevido a decir, en oportunidad reciente, que los tropiezos que había en la organización del proceso electoral eran debidos a las informaciones «tergiversadas» que divulgaban los periodistas? Claro que dijo eso, amparado en la norma oficial de atacar y hasta vejar a los medios de comunicación, pero quiso la justicia divina que, al igual que al vicepresidente Semtei, le saliera el tiro por la culata. Sólo que, inexplicablemente, permanecen en sus cargos, están libres y seguramente no habrá sanción para ellos.

Algo los sustenta y posiblemente sea la circunstancia de que se considere que debe cubrirse las espaldas del alto gobierno que, en conocimiento, como se supone que estaba, de que «algo podrido había en Dinamarca», no procedió a tiempo para demostrar que las cosas, ahora, son diferentes a cuando se pagaban y se daban el vuelto los «puntofijistas».

Desde luego que esas cosas no son como lo reflejan las informaciones, porque en el fondo hay otros detalles reveladores de que el rollo es más grande y profundo de lo que se ha dicho. Algunos observadores han dado a conocer sus apreciaciones, naturalmente que sin exacto conocimiento de causa, pero en el fondo no dejan de tener algo de sensatez.

Se ha dicho, por ejemplo, que causa asombro la celeridad con la que los altos magistrados de la justicia analizaron y dieron su veredicto aprobatorio fue en cosa de pocas horas en contraposición a la tardanza que se da al tratamiento de otros asuntos, también de gran importancia nacional, los cuales generalmente no merecen aprobación. Se aventuran a suponer los comentaristas que se trató de un sainete bien montado ¡allá quienes así piensan! Y destacan el júbilo que expresaron altos representantes del oficialismo.

Si algo hubo, más que seguro es que se sabrá, tarde o temprano, porque «entre cielo y tierra, no hay nada oculto». Por ahora, sólo debemos hacer una pregunta: ¿Cuánto nos costará a los contribuyentes esa «megacomedia»?

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