Opinión Nacional

Auge y caída

Recientes estudios de opinión (según encuestadores en medios de comunicación) revelarían un repunte en la popularidad de Chávez y en la valoración positiva de su gestión. 

¿Es posible que esto ocurra cuando el régimen se enfrenta al agravamiento de los principales problemas nacionales? Nunca antes Venezuela estuvo colocada frente a un cuadro más severo de calamidades como ahora. Los niveles de inseguridad amenazan a la población sin distingos; el desbordamiento de la inflación (si bien es cierto que ésta castiga mayormente a los pobres y la clase medias) afecta, finalmente, a toda la población, y el colapso de los servicios públicos no discrimina entre colores partidistas ni clasificaciones sociales. 

Ya un cuadro semejante definiría una tendencia electoral desfavorable para cualquier gobierno. 

En el caso venezolano existen razones mucho más graves todavía: los espacios de la vida democrática se han reducido aceleradamente; avanza la confiscación de la propiedad privada; se asfixia la libertad de expresión; la justicia permanece mediatizada; los recursos nacionales son regalados al exterior, en desmedro de las necesidades domésticas; se entrega la soberanía en áreas estratégicas a la Cuba de los Castro, y la corrupción invade todas las esferas, estimulada por la impunidad; entre otras terribles perversiones del mandato democrático otorgado y ratificado al chavismo por la mayoría de los venezolanos en sucesivas consultas. ¿Cómo se explica entonces que un gobernante sobre quien recaen las culpas y responsabilidades de estos hechos resurja victorioso por milagro de las encuestas? Es cierto que el juego democrático no existe plenamente en el país y que se limitan la eficacia del voto y las respuestas naturales de los factores opositores, como consecuencia del proyecto totalitario que se ha tratado de imponer en los últimos años; y es cierto, también, que existe una matriz de miedo que limita el voto crítico y las protestas populares. Estos factores podrían atenuar en alguna medida, en términos de opinión, la caída de la imagen presidencial. Sin embargo, el deber ético de los encuestadores es advertir que existen tales escollos y dificultades y que éstas matizan la transparencia de los sondeos. El «petardo» en el argot taurino, que dieron sus colegas en las elecciones presidenciales colombianas, está muy reciente todavía. 

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