Opinión Nacional

Autocrítica (2)

La autocrítica siempre es necesaria. Sobre todo en el caso de gente que en un momento dado estuvo a favor de un líder o de un movimiento, partido o tendencia ideológica, y posteriormente rompe con todo ello y se va con otros.  En esos casos es obvia la necesidad de una explicación autocrítica y convincente de las razones para el cambio. De otra manera se podría ser sospechoso de oportunismo.

Pero quienes cambian de parecer suelen rechazar la autocrítica, y, o no la practican, o simulan una hipocritona y nada creíble. Los cambios de opinión, sobre todo si son radicales, suponen que antes se estuvo equivocado, y es esta equivocación, precisamente, lo que hay que explicar para que se entienda la nueva posición.

El recientemente fallecido Jorge Semprún, notable escritor y exdirigente del partido comunista español, del cual fue expulsado en 1964, en su estupendo libro  Autobiografía de Federico Sánchez describe muy bien esta actitud, con la autoridad que le  confiere ser él mismo un riguroso autocrítico. Allí dice: “…hay que asumir lo que uno ha sido. (…) Y yo he sido un intelectual estalinizado. Hay que saber que lo he sido y tengo que explicar por qué lo he sido. Sería muy fácil olvidarse de su propio pasado, desmemorizarse, como suelen hacer nuestros Pequeños Timoneles locales y  vernáculos. Sería demasiado fácil. No me olvido de mi propio pasado”.

Entre quienes adversan a Chávez y el chavismo los más aguerridos suelen ser  algunos que antes fueron de izquierda y partidarios o militantes del socialismo y del comunismo, y dejaron de serlo cuando advirtieron el fracaso del llamado “socialismo real” y la grotesca deformación que del marxismo y del  socialismo hicieron en la desaparecida Unión Soviética, alargada a los países de Europa oriental cuando el ejército soviético impuso en ellos regímenes al estilo  bolchevique.

Sorprende ese lenguaje estridentemente condenatorio de lo que se supone hay en el chavismo de aquello en lo cual se creyó.  Pareciera un lenguaje dirigido a hacer ver que nunca se estuvo del  lado de los líderes y de los movimientos que hoy Chávez y los chavistas pretenden asumir como sus antecedentes. ¿No sería más honesto reconocer que se estuvo equivocado, y que la realidad hizo ver el drama de la propia equivocación? ¿Y no sería, también, más honesto utilizar en la lucha contra el  chavismo un lenguaje menos virulento, sin la agresividad con que en el pasado se  defendió lo que hoy, con toda razón, se repudia? Ello en nada haría la lucha menos contundente, y mas bien permitiría ser, en esa lucha, mucho más profundo, y por tanto más efectivo, sin la superficialidad que con el lenguaje estridente suele disimularse.

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