Opinión Nacional

¿Autopista despejada?

En una reciente entrevista de prensa, el vicepresidente José Vicente Rangel se esmeró en reiterar que el conjunto del país, con él a la cabeza, se encontraban rendidos a los pies del señor Chávez, dueño absoluto de la «revolución bolivariana».

Sus razones tendría el vice-Rangel para ese alarde de adulancia: al fin y al cabo las investigaciones del caso Danilo Anderson no lo están dejando todo lo inmaculado que querría. Al contrario, si las cosas siguen como van cualquier hipótesis -tal y como dijo Isaías Rodríguez– podría terminar siendo la correcta.

Pero regresando al interviú, vale la pena destacar la imagen utilizada por Rangel a fin de representar la situación del régimen: tenemos por delante una «autopista despejada»… Esto se traduce, digo yo, en que ahora si podemos hacer lo que nos dé la gana porque no tenemos oposición…

La verdad sea dicha, en un amplio sentido al vicepresidente no le falta razón. Lo que se llama oposición política, es decir, aquella sustentada de fuerzas civiles y sociales de afinque y extensión, esa brilla por su ausencia. Quedó tan disminuida después del proceso revocatorio que a corto plazo no tiene capacidad alguna de hacerle mella a la «revolución».

El sector económico privado ha dejado atrás su rebeldía empresarial y ahora busca, con éxito variable, insertarse en el modus operandi del petro-gobierno bolivariano. La ironía es casi sangrienta: entre los más entusiastas del señor Chavéz están muchos de los ultra-pobres y la mayor parte de los ultra-ricos, tanto de vieja data como de la llamada «boliburguesía».

Las «instituciones» del Estado y los medios radio-televisivos también han perdido autonomía y libertad de acción. La Ley del TSJ y la de Contenidos hicieron buena parte de la tarea. La judicatura y la televisión, dos de los grandes contrapesos teóricos y prácticos al poder de Miraflores, cargan encima un collar de bolas criollas.

Pero el anhelo de una «autopista despejada» choca con algunas realidades de importancia. La procesión por dentro del oficialismo, por ejemplo, con todo su potencial de conflictos y fracturas, incluso en el dominio militar, es sin duda un factor que no fortalece sino debilita.

La dependencia cada vez mayor del modelo económico bolivariano (si es que este batiburrillo puede llevar tan pomposo nombre) a los altos precios del petróleo, también es una tendencia que no debe subestimarse. Luego de 6 años, el Estado y la economía venezolana están más subordinados que nunca al marcador West Texas.

Eso no importa tanto si el barril está en 40 o 30, pero el mercado internacional es volátil por naturaleza y sus fluctuaciones pueden tener un impacto social de enorme proporción.

Y de último, aunque es lo primero, el hecho que por lo menos la mitad del país no se siente identificada con el «proyecto» del señor Chávez. Se trata del vasto sentimiento opositor, cierto que en orfandad política, pero con la esperanza de superar la hegemonía.

La autopista de Rangel, como vemos, no luce tan despejada como él quisiera. Quién quita que para sus propias ambiciones esa autopista termine siendo un barranco.

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