Opinión Nacional

Avance al pasado

Regresamos a casa por Maiquetía. Subimos a Caracas. ¿Cuántas veces hemos venido? Incontables. Pero, esta semana regresamos por la carretera vieja que une a Caracas con La Guaira.

El Viaducto número uno de la autopista Caracas-La Guaira colapsó. Ya no se puede utilizar y Caracas se va quedando aislada.

El trayecto de la carretera vieja nos sorprendió. Teníamos días escuchando las más variadas versiones.

Gran parte del trayecto de la carretera está bastante mejor de lo que nos imaginábamos. Recordamos, especialmente, la “vuelta de la horquilla”, creímos identificar el sitio donde estaba el viejo automóvil en el lugar que denominaban “Pedro García”. La mente se nos agolpó con recuerdos de la infancia. Un setenta por ciento de la vía está recién pavimentada, perfectamente marcada y sus trochas separadas por “ojos de gato”. Solo, cuando nos acercamos a Caracas, desde un sitio que nos informaron se denomina “El Limón”, nos sumergimos en la Venezuela de Kafka.

Los ranchos invaden la vía. Sus habitantes viven días novedosos. Ven pasar a los vehículos como ejemplares de feria. Aprovechan para mejorar sus niveles de economía informal. Se puede comprar todo género de bebidas y chucherías. Pero eso contribuye a que el tráfico se vuelva insoportable.

Cuando, por fin, avizoramos la parte superior de la autopista, somos sorprendidos por una nube de gandolas y bateas ocupadas por contenedores, seguramente desocupados. Todos esperan, con sus conductores y obreros, que sean las diez de la noche para iniciar el descenso hacia La Guaira. Solo pueden hacerlo en días alternos pues los otros días se reservan para que suban a Caracas los camiones cargados.

¿Cuánto cuestan, a la economía venezolana, estas restricciones? Pareciera no importar.

Diera la impresión de que el colapso del viaducto y el aislamiento de la Capital de la República pudieran estar enmarcados dentro de una diabólica estrategia.

Si no, ¿como se explica que ante las cínicas mentiras de algún funcionario de primera magnitud que invocaba el desconocimiento de la gravedad de la situación, se hubiese restaurado la casi totalidad de la vía centenaria?

Entretanto y mientras subíamos a Caracas, escuchamos que el Poder Legislativo despilfarra tiempo y recursos discutiendo los deseos del presidente sobre la modificación de los símbolos patrios. Decisiones medulares, imprescindibles e impostergables.

También nos enteramos y leemos al llegar, los detalles de la homilía de Monseñor Rosalio Castillo Lara. La respaldamos en todas sus partes.

Pensamos que la sociedad venezolana está sufriendo del síndrome de la rana hervida. Todos los estratos de la sociedad han perdido la capacidad de exigir el respeto que se merecen. Los ricos porque son ricos, los pobres porque se les utiliza de la manera mas burda y la clase media, en vías de desaparición.

Un país no puede vivir en una guerra de clases. Un país no puede ser agredido y dividido en toletes. Un país no puede retornar a épocas superadas hace muchos años.

La carretera vieja era insuficiente a comienzos de los cincuenta. Entonces, vivían en Caracas la décima parte de sus pobladores actuales y Venezuela tenía seis millones de habitantes.

Urge ocuparse de los venezolanos como un todo y tratar que las distancias entre los distintos estratos de la población se compriman lo más pronto posible. Esto, no se logra a través de la guerra.

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