Opinión Nacional

BAHIA de dos cabezas

“Los chiquillos de las calles
bonitas y arboladas serían
ricos. Ellos serían sus criados.

Para eso existía el Morro y los
moradores del morro.”
Jorge Amado

Bahía, San Salvador o Salvador, escueta y llanamente, lo mismo da, es esa sui-genéris y colorida ciudad portuaria que, en forma de promontorio, amanece cada mañana ungida por el agua de la Bahía de Todos los Santos. Ciudad de dos niveles, se erige en una pendiente empinada que permite diferenciar la ciudad alta de la baja, comunicadas entre sí por medio de ascensores, funiculares y carreteras serpenteantes, y muy especialmente, por los deseos y ensoñaciones de aquellos que habitan en los morros de la ciudad alta, quienes en las noches claras y de luna breve, se sientan al borde del barranco, esperando con ansiedad de amante voluptuoso que el resplandor inusitado de la encendida ciudad baja los asalte, o que los inunden aquellos sones confusos que suben por las laderas del morro para confirmar una distancia que se traduce en vidas y destinos diferentes.

Jorge Amado en su novela Jubiabá, escoge a Bahía y, en especial, al Morro do Capa Negro para mostrar una manera de concebir la vida y la muerte, la relación del hombre con el hombre, y de éstos con esos dioses africanos, tercos e imperecederos, que se anclaron en el corazón de unos esclavos que resistieron, con paciente valentía, los ritos y creencias que, a fuerza de latigazos y zurriagazos, unos colonizadores intentaron imponerles para que adorasen al Dios blanco de los cristianos.

Morro do Capa Negro que debe su nombre a las técnicas practicadas por un señor blanco que tenía su hacienda en el morro, a quien “le gustaba que los negros y las negras tuvieran hijos, para así tener él más esclavos … y cuando no hacía hijos, él lo mandaba capar … Capó mucho negro el de la hacienda”. Morro de Bahía, testigo inocente de la supresión de miles de testículos oscuros e indefensos, donde habita el desencanto y la desesperanza, la fantasía y la nostalgia, el poder de esas canciones tristes que hacen llorar: tiranas, côcos, sambas; cantares melancólicos, saudosos, de unos ciudadanos, cuyo color de piel, los condenó a vivir en el sojuzgamiento y la esclavitud, en la complacencia y la servidumbre.

Morro de aparecidos fugaces, de fantasmas reiterados, de súbitos hombres lobos creados y alimentados por una colectividad deseosa de aventuras, de sobresaltos, de novedades, que le diesen un sentido distinto a esa vida difícil y dura en el morro que se traduce en negros estibadores, caleteros, limpiabotas o zapateros, en negras vendedoras de acarajá, frutas y pastelillos, lavanderas, cocineras o servicio de adentro en las casas ricas de la ciudad baja. Morro do Capa Negro, donde los niños se congregan alrededor de Ze Camarao para escuchar entusiasmados las correrías heroicas del cangaceiro Lucas da Feira, ese bandido que “tenía una puntería buena…, que en el fondo era bueno … sólo robaba a los ricos … y luego repartía el dinero entre los pobres”, y que, además, no dejaba mulata incólume, negra que no tumbara a suelo o lecho durante su paso justiciero y vengador.

Cerro de la ciudad alta, protegido por Jubiabá, un experimentado santón, un macumbeiro, quien “era el patriarca de aquel grupo de negros y mulatos, gentes que vivían en ranchos de barro y cañas, cubiertos de lata” y que “llevaba siempre un ramo de hojas que el viento sacudía mientras el viejo iba pronunciando palabras en nagô … ojú ánun fó ti iká, li okú”. Jubiabá, pai-de-santo, conductor de las mejores macumbas de Bahía de Todos los Santos, esas que empezaban conjurando a Exú, a ese pequeño diablo perturbador y travieso que se complace en molestar a los asistentes a las ceremonias, para luego darle paso a los sones monótonos de la orquesta que “producían una música enervante, melancólica, música vieja como la raza, que salía de instrumentos primitivos: atabaques, agogôs, chocallos, calabazas”.

Macumbas, candomblés, legado ancestral de una raza que para que sobrevivieran sus creencias confundió, ladinamente, sus dioses, sus orixás, con los santos cristianos: Xangó, dios del rayo y de la tempestad: San Jerónimo; Oxossi, dios de la caza: San Jorge; Omulu, la terrible diosa de las viruelas: San Roque, y Oxalá, dios del rayo y de la tormenta: el Señor de Bonfin “que es el más milagroso de los santos de la ciudad negra de Bahía de Todos os Santos y del paí-de-santo Jubiabá”. Macumbas sensuales, eróticas, en las que las feitas, las sacerdotisas, danzan descalzas al compás de la monótona música, y giran frenéticamente, oscilando el cuerpo, con los ojos fijos en los ogâs, mientras, esperan que el orixá se posesione de una de ellas, toda, de su alma y de su cuerpo, para en incomparable éxtasis caer “en el suelo, sacudiendo el cuerpo como si aún danzara, echando espuma por la boca y por el sexo”.

Morro do Capa Negro, partero de Antonio Balduino, de Baldo, ese huérfano que de su padre “sólo sabía que se llamó Valentín, que fue matón a sueldo de Antonio Conselheiro, que amaba a todas las negras que encontraba al paso, que bebía mucho … y que murió bajo un tranvía, borracho perdido”. Negro pendenciero que se crió y educó, suelto en el morro, ejercitando golpes de lucha copeira, oyendo y aprendiendo de las charlas y consejas de Jubiabá y de Ze Camarao. Negro orgulloso que “antes de tener diez años se juró que un día había de circular su nombre en las historias, y que sus aventuras serían relatadas y oídas con admiración por otros hombres en otros morros”.

Antonio Balduino, de “la piel del diablo”, quien fue perdiendo el “ojo de la piedad” para sucesivamente ejercer diversos oficios, muchacho de mandados, tocador de guitarra, ingenuo compositor de sambas que un aprovechado poeta le compraba para ponerlas a su nombre y disfrutar de una fama creadora que no le pertenecía, mendigo, ladrón, furibundo bebedor de cachaza, amante sin parangón, vagabundo, asesino, fugitivo, atracción de circo de pueblo, y sobre todo, boxeador exitoso que perdió su invicto y su credibilidad ante la noticia del casamiento de Lindinalva, esa bella, pecosa y delgada pelirroja que, a pesar de su manifiesto odio y su evidente repudio por Balduino, éste la convirtió en su amor inaccesible; en fin, efímero emperador de esa “ciudad religiosa, ciudad colonial, ciudad negra de Bahía. Iglesias suntuosas ornadas de oro, casas de azulejos azules, antiguos caserones donde la miseria habita, calles y pendientes pavimentadas de guijarros, viejas fortalezas, lugares históricos, y el muelle, principalmente el muelle: todo pertenece al negro Balduino”.

Baldo del Morro do Capa Negro, transformado en trabajador en regla, en líder de una huelga legendaria y victoriosa que le otorgó un nuevo aliento a su vida, evitando que su cuerpo de ahogado, abombado y deforme, fuese sacado del mar y depositado en la arena, como ocurrió con su amigo suicida Viriato el Enano. Huelga libertaria que, sin embargo, no impidió que algún ruin envidioso, un desconocido enemigo, con el ojo de la piedad cegado y el de la maldad abierto, asesinará a traición a Antonio Balduino, para incorporar su nombre y sus aventuras a las leyendas de Bahía, en forma de Romance popular de alto tiraje y bajo costo que se vende “en el muelle, en el arenal, en los veleros, en las ferias, en el Mercado Modelo, en las tabernas… a los marineros y a los negros tatuados que llevan un ancla, o un corazón y un nombre grabado en el pecho”.

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