Opinión Nacional

Betancourt, el estudioso

El próximo 22 de febrero Rómulo Betancourt hubiera cumplido 100 años. Como la mayoría de los mortales, no alcanzó a vivir tanto tiempo. Sin embargo, pudo llenar un siglo. Porque, para bien o para mal, el siglo XX venezolano está signado por su presencia. Tanto el tránsito de la dictadura personal, militar y caudillesca a la democracia civil e institucional, como la masificación de la educación y la salud, y la transformación de la industria petrolera desde una factoría imperial a una empresa estatal, que hoy son parte de la realidad nacional, no se pueden entender sin hacer referencia a la labor acuciosa de este líder político. Esto es historia patria y ha sido destacado por quienes han estudiado seriamente a Venezuela. Muchos de los cuales le fueron, en su momento, adversarios. Entre ellos, Francisco Herrera Luque, quien lo consideraba uno de los cuatro reyes de la baraja, que han definido este país.

La importancia histórica de Betancourt es tan evidente que parece innecesario destacarla. Germán Carrera Damas insiste en llamarlo el “padre de la democracia” venezolana, lo que en América Latina no es poca cosa. Porque en el último medio siglo a lo más cuatro países pueden presumir de haber mantenido ininterrumpidamente un régimen democrático, entre ellos Venezuela. Y en cuanto a su obra tangible, la Fundación Rómulo Betancourt ha previsto, con motivo del centenario, un programa que destaca la labor realizada, incluyendo varios libros destinados a los jóvenes, en los cuales se explican y fundamentan los logros concretos de Betancourt como gobernante.

El objeto de estas líneas es más bien señalar que Rómulo Betancourt fue un gran estudioso y que en buena medida en ello radicó su éxito político. Se dio a conocer como líder de los estudiantes en las jornadas memorables de 1928. Pero como esos mismos hechos lo condujeron a la cárcel, el exilio y la clandestinidad no pudieron terminar sus estudios universitarios. Por ello sus enemigos políticos lo llamaban despectivamente el bachiller. Aunque la persecución no le permitió seguir siendo formalmente un estudiante, nunca dejó de ser un estudioso.

Cuando, a los veinte años de edad, sufrió su primer exilio se dedicó a aprender de petróleo. Como los libros serios sobre el tema estaban en inglés, y no conocía ese idioma, debió leerlos con la ayuda de un diccionario. Después, aislado en Costa Rica, además de estudiar metódicamente a Carlos Marx, su afán de saber era tanto que realizó uno de los mayores actos conocidos de masoquismo intelectual: se leyó enteritos los 15 tomos de la Historia Contemporánea de Venezuela de Francisco González Guinán. Más tarde, según se registra en sus archivos, le pedía a sus amigos que le suministraran libros e informes sobre los temas más diversos para poderle seguir la pista al pensamiento y la historia universal.

El conocimiento adquirido gracias a esos estudios le permitió escribir entre junio de 1937 y octubre de 1939 seiscientos artículos sobre los diferentes temas de la vida nacional en la columna Economía y Finanzas del diario Ahora, mientras estaba en la clandestinidad y se ocupaba de organizar al PDN, primer partido político democrático de nuestra historia patria. También le dio instrumentos para enfrentar sin complejos a los supuestos intelectuales que presumían tener el monopolio de la cultura y decir de uno de ellos que era “una plasta espolvoreada con Ortega y Gasset”. La seguridad en sí mismo que le proporcionó una vida dedicada al estudio le hizo posible enfrentar sin complejos a los maniqueos y fariseos del siglo XX. Los cuales nunca le perdonaron su formación intelectual autodidacta.

Hoy, cuando nuevamente los jóvenes irrumpen en la vida pública nacional, y hay quienes pretenden marearlos y endiosarlos, resulta conveniente recordarles, con el ejemplo de Betancourt, que no basta con ser estudiantes. También deben ser estudiosos. Para que su acción tenga efecto en el mundo real en que vivimos. Y para que contribuyan a elevar el nivel de conciencia de nuestra sociedad. Porque como dice Hegel: “A un pueblo democrático, con ciudadanos egoístas, pleitistas, frívolos, engreídos, descreídos e ignorantes, gárrulos, arrogantes y fatuos no puede ayudársele; se disuelve en su propia necedad”.

Hace 80 años los estudiantes de la generación del 28, que apenas contaban con veinte años de edad – y entre los cuales destacó Rómulo Betancourt, el estudioso- decidieron que Venezuela no podía seguir siendo un país de dictaduras militares, caudillos, corrupción, palúdicos y analfabetas. Y empezaron a luchar por construir un país del que no tuvieran que avergonzarse. Lograron –por lo menos- acabar con la dictadura, el caudillismo, los analfabetas y el paludismo. Les corresponde a los estudiantes de ahora ser estudiosos que continúen esa obra. Para estar a la altura y celebrar un nuevo siglo –el XXI- que ojalá pueda servir para sacarnos del abismo en que nos hemos hundido.

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