Opinión Nacional

Bicefalia política

El chavismo nunca ha sido democrático. Cierto es que participa en una estructura institucional, pero controlada cien por ciento, comenzando con los tres poderes clásicos; agregando los militares, policiales, comunicacionales, petroleros y electorales. Cierto, también, es que participa en el marco de un orden constitucional, pero hecho a su medida, sin trepidar en violarlo cuando lo considera necesario.

De ahí no puede extrañar que nuevamente, esta vez bajo el gobierno provisional o interino de Nicolás Maduro, el chavismo haya violado una vez más la Constitución prolongando el mandato presidencial sin presencia ni juramentación del presidente electo.

Sería pérdida de tiempo analizar los malabarismos leguleyos que otorgan forma pseudolegal a la prolongación del 10.01.2013. Tampoco tiene sentido, a estas alturas, detenerse en los enjundiosos análisis de los mejores juristas venezolanos, todos contrarios al burdo procedimiento oficialista. La razón es obvia: las decisiones del chavismo son ejecutadas según simples relaciones de poder y no de acuerdo a textos legales.

Pues bien; las relaciones de poder a nivel local ­dos triunfos electorales consecutivos­ y a nivel internacional ­apoyo de gobiernos ávidos de petróleo­ eran en el momento del juramento constitucional favorables al chavismo. ¿Y la Constitución? Muy simple: «se la metieron por el paltó» (Chávez dixit).

Sin embargo, visto el tema desde una perspectiva política más que jurídica, el acto de no­juramentación tuvo una importancia trascendental para el futuro de Venezuela pues a partir de ese día el Estado chavista cambió su carácter político.

El Estado chavista, a partir del 10.01. no estará representado por un gobierno unipersonal, sino por un gobierno bicéfalo. Eso significa a su vez que, aunque Maduro aparezca ejerciendo las funciones de presidente interino o provisional hasta que Chávez regrese, muera o resucite (en Venezuela todo es posible) el Estado venezolano ya tiene dos mandatarios de facto: Cabello, como jefe del aparato militar y Maduro, como jefe del aparato político

Dos cabezas diferentes, pero miembros del mismo cuerpo: el Estado chavista.

La renuncia explícita e inconstitucional de Cabello a asumir la presidencia provisional que de acuerdo a la Constitución le correspondía ejercer, sólo puede ser entonces entendida en el marco de esa nueva repartición del poder.

Cabello y Maduro son, efectivamente, diferentes, pero no son antagónicos. No pueden serlo, no sólo porque son dos cabezas de un mismo cuerpo, sino porque cada cabeza tiene, además, lo que no tiene la otra.

Mientras Cabello tiene la legitimación de la fuerza, Maduro ­gracias al testamento de Chávez­ tiene la fuerza de la legitimación. Puede incluso que ambas cabezas se odien, pero ninguna puede vivir sin la otra.

Desde el punto de vista politológico el fenómeno no deja de ser fascinante. Por primera vez en la historia latinoamericana ha surgido un gobierno auténticamente bicéfalo.

Ha habido, por cierto, históricos casos de división de trabajo entre personajes gubernamentales (Eva y Perón; García Linera y Evo) pero eso no lleva de por sí a la bicefalia política. No ocurre lo mismo en Venezuela donde ha cristalizado una relación de doble poder al interior del propio Estado.

Quizás el caso más similar al venezolano fue la repartición del poder que tuvo lugar en Cuba hasta el día en que Fidel enfermó. Fidel era el representante político, mientras Raúl el encargado de los aparatos represivos. Es por eso que cuando Fidel se encontró físicamente inhabilitado, la sucesión ocurrió como resultado de un proceso casi natural. ¿Será esa la razón por la cual, después que subscribieron el «Pacto de La Habana» Cabello y Maduro han comenzado a llamarse «hermanos» entre sí? Mas, el ejemplo cojea. Por una parte, Cabello no es (por ahora) Raúl, y Maduro nunca será Fidel. Por otra parte, ni biológica y mucho menos, políticamente, son hermanos. Todo lo contrario: son rivales asociados.

Lo concreto es que en La Habana tuvieron lugar dos operaciones quirúrgicas de importancia trascendental para los destinos de Venezuela. La primera ocurrió en el cuerpo enfermo del presidente Chávez. La segunda, mucho más complicada, consistió en convertir un gobierno acéfalo en uno bicéfalo. El resultado de la bicefalia fue el siguiente: El gobierno para Maduro, las armas para Cabello. Por cierto, una monstruosidad. Pero eso es lo que menos importa. Lo importante es que la bicefalia funciona.

Sea porque el pacto de La Habana se realizó para detener las ambiciones de Cabello; sea para suturar las divisiones internas del chavismo; sea para posibilitar que Chávez siga gobernando de modo religioso o simbólico; sea para dar más tiempo a Maduro para promocionar su herencia electoral, lo cierto es que el Pacto de La Habana ha dañado más a Nicolás Maduro que a Diosdado Cabello.

Desde el punto de vista jurídico, Maduro se ha convertido en un sucesor inconstitucional, lo que para el chavismo, reiteramos, no es un gran problema. Pero sí lo es desde el punto de vista político.

Pues el pacto de sucesión no sólo tuvo lugar en un país extranjero, sino, además, bajo los auspicios de la única dictadura de América Latina.

De este modo, cuando Maduro sea candidato (suponiendo que alguna vez lo será), arrastrará consigo el peso de tres estigmas. El de la Constitución violada, el de haber puesto en juego el principio de la soberanía nacional, y el de ser representante de una bicefalia política. Porque para nadie será un misterio en Venezuela: quien vote por Maduro votará también por Cabello.

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