Opinión Nacional

Bicentenario militarista

Despojar al 19 de abril, y al resto de las fechas patrias, de su contenido civil, convirtiéndolas en días para la glorificación del militarismo, la guerra, la lucha antiimperialista, el culto a la personalidad y el predominio del estamento militar sobre la sociedad civil, forma parte del proyecto consciente y deliberado de destruir la democracia representativa y la economía de mercado, que el teniente coronel Chávez Frías lleva a acabo con la asesoría directa de los hermanos Castro.

El desfile en  Los Próceres estuvo cargado de toda esa simbología que destacan con regímenes totalitarios, empezando por el uniforme del comandante, una mezcla de los usados por el ejército rojo soviético y por los oficiales de Corea del Norte. Fue una demostración de fuerza, no para alertar a los Estados Unidos o a Colombia sobre el pretendido poderío bélico del ejército venezolano -devenido cada vez más en una fuerza pretoriana al servicio personal de Hugo Chávez-, sino para decirle a esa mayoría que expresa su descontento con el comandante en las encuestas, que está dispuesto a imponer su voluntad por encima de la opinión de los venezolanos, y que para ello cuenta con los aviones, tanques y fusiles que él ha comprado, desatendiendo  las necesidades básicas que el país tiene en salud, educación, seguridad ciudadana, infraestructura y en numerosas áreas más.

Hasta 1999 el 19 de abril se celebraba en el Ayuntamiento de Caracas. El Orador de Orden intervenía en el Palacio Municipal con el fin de resaltar los sucesos de aquel Jueves Santo de 1810 cuando un grupo de criollos dio los primeros pasos del proceso que culminaría con la firma del Acta de Independencia el 5 de julio de 1811. Después del arribo a Miraflores de Hugo Chávez la celebración de esa gesta se ha ido distorsionando. Los hechos ocurridos ese día han sido adulterados con el nada oculto propósito de reescribir la historia nacional, convirtiéndola en una oda a Chávez y su supuesta revolución bolivariana. El culto a la personalidad del comandante vernáculo resulta nauseabundo (empezando por la voz del locutor oficial). Los protagonistas del evento no son los próceres civiles que iniciaron la hazaña independizadora, sino el militar nacido en Barinas hace 55 años.

En la semana que comenzó el 13-A y culminó en el maratónico 19-A, el teniente coronel dio un paso decisivo hacia el militarismo y el totalitarismo. El grotesco acto de la avenida Bolívar, donde juramentó la “milicia bolivariana” (en realidad milicia chavista) fue la antesala del pintoresco desfile de los Próceres. En medio de estos dos polos encontramos la “Guerrilla Comunicacional”, suerte de recreación de los Pioneros fidelistas o de los Guardias Rojos maoístas. Su desprecio por los valores de la sociedad democrática es cada vez más evidente. Ya no le interesa la política, entendida esta como el arte de construir alianzas, ganar adeptos y neutralizar adversarios, en medio de un clima de respeto y tolerancia con la disidencia y la oposición.  Ahora lo que le importa demostrar es que posee el liderazgo indiscutible de la institución castrense y que cuenta con las armas para mantenerse en el poder, no importa cuál sea su grado de aceptación o popularidad entre las masas.

El mensaje del 19-A –igual que el del 13-A- persigue aterrorizar y disuadir a los descontentos por la vía del miedo. Chávez busca demostrar que es invencible, ya no por la vía de los votos, sino mediante la demostración de una fuerza que supuestamente lo torna invulnerable. Este fue el mismo camino seguido por Fidel Castro. La excusa para construir una sociedad militarizada fue la amenaza norteamericana. El chantaje al que apela Chávez es, además del imperio, Colombia, pero invoca, sobre todo, a su adversario interno, la oposición, a la que descalifica como fascista, gorila, pitiyanqui, inhumana y racista, entre otros adjetivos parecidos. El “no volverán” ha retornado con vigor dentro del discurso confrontacional del comandante. La diferencia con Fidel Castro es que este anciano déspota logra construir una sociedad policial en la que el servicio secreto ocupa un lugar predominante en todo el sistema represivo. Chávez, a pesar de que lo ha buscado con afán, no ha podido avanzar mucho en este terreno. La Ley Sapo y otros instrumentos parecidos han sido rechazados por el país. Nuestra larga tradición democrática le ha impedido convertir Venezuela en un país donde la gente se espía mutuamente.

Como se alejó de la política, no acepta que la opinión popular es dinámica, cambia, y lo que un día se aceptaba e, incluso, se idolatraba, luego puede ser rechazado y adversado. Esta dinámica, intrínseca a toda democracia, no la admite una mentalidad de caporal como la del jefe de Estado. Para él la realidad política nacional se petrificó en aquella época, ya remota, cuando el nivel aceptación de la población coqueteaba con el 80%. Ahora, producto del gigantesco desastre que ha creado, apenas si frisa la mitad.

Encontrarse en minoría lo torna más peligroso. Los autócratas esconden sus garras cuando flotan en la popularidad y son consentidos por las grandes mayorías. En situaciones donde el prestigio ha mermado, recurren a  demostraciones de fuerza y, muchas veces, a su uso en contra de quienes se les oponen. Esto fue lo que quiso decirnos con la militarización del 19 de abril. Pero, ¡Venezuela no tiene miedo! El 26 de septiembre lo demostraremos.

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