Opinión Nacional

Bollywwood II

Uno de los más talentosos y persistentes detractores de Silvio Berlusconi,
el ex todopoderoso y aparentemente inderrotable primer ministro italiano,
fue sin duda Umberto Eco. Hace ya algunos años, cuando Berlusconi hacía y
deshacía gracias a su inmensa riqueza y a su absoluta falta de escrúpulos;
Eco describió lo que el mismo denominó el “ur- fascismo” o fascismo eterno:
culto a la tradición con preeminencia de elementos tradicionalistas,
sincretistas y contradictorios. Rechazo al modernismo disimulado bajo la
apariencia de condena al capitalismo. Culto de la acción por la acción o la
irracionalidad, rechazo del pensamiento crítico (el desacuerdo es traición,
ni la ciencia se salva, uyyy Rigoberto Lanz) Miedo a las diferencias, es
decir la exclusión obligatoria de muchos sectores. Llamamiento a las clases
frustradas (medias o marginales) el fascismo surge de la frustración
individual o social. La obsesión por el complot o la conspiración: la
carencia de identidad social se resuelve a partir de los enemigos, yo existo
en tanto tenga un enemigo; ese enemigo es a la vez demasiado fuerte y
demasiado débil (Mr. Danger) los fascistas son incapaces de valorarlo
objetivamente. No hay lucha por la vida sino vida para la lucha, el
pacifismo es malo porque la vida es una guerra permanente. Elitismo popular
o elitismo de masa para darle importancia a la masa débil. Cada uno es
educado para convertirse en héroe y poder ofrecer su muerte al régimen.

Populismo cualitativo: los individuos no tienen derechos y el pueblo es una
entidad monolítica que expresa una voluntad común, como esto es imposible,
se necesita un líder que interprete la voluntad del pueblo. Se crea una neo
lengua o un nuevo idioma, basado en un léxico pobre y una sintaxis elemental
con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento crítico.

Comparen y juzguen, como decía una publicidad radial muy popular años atrás.

Hay que agregar además -como elementos que le ponen la corona al ur
fascismo- la absoluta negación a tener un parlamento plural por lo que en
los países donde lo hay los ur fascistas la emprenden contra la institución
abogando por su clausura. Y, por supuesto, la arremetida contra los medios
de comunicación especialmente audiovisuales. La prensa escrita puede
sobrevivir un tiempo más hasta que desde el gobierno se adquieren los
periódicos que interesa silenciar. ¿Y el cine? Umberto Eco no lo menciona,
al menos en el artículo que citamos, como instrumento necesario para
consolidar el proyecto ur fascista. Pero si nos atenemos a lo que ocurre en
la cuna del socialismo siglo XXI o revolución bolivariana -que viene a ser
lo mismo que el sistema descrito por Eco- observamos que el intérprete o
médium de la voluntad de nuestro pueblo le otorga especial trascendencia a
lo que se llama el séptimo arte. Uno no llega a saber que es lo que priva:
si el odio (supuesto) a todo lo que provenga del Imperio o la envidia o los
delirios de grandeza, pero querer destronar a Hollywood como meca de la
cinematografía y sustituirla por la criollísima y vernácula Villa del Cine,
no puede ser catalogado sino como un comiquísimo disparate, al que solo le
resta algo de comicidad el empleo inútil de recursos que provienen del
patrimonio nacional.

El cineasta venezolano Diego Rísquez, acabamos de leer en la prensa, ha
realizado un film llamado Miranda y ha incluido -como actores en la firma del
Acta de Independencia, el 5 de julio de 1811- a destacadas figuras del
gobierno y de la oposición. Sin duda ha sido un loable intento por acercar a
sectores a quienes la política mantiene enfrentados desde hace más de siete
años. Pero nada de lo que se anuncia como la batalla final contra Hollywood
aparenta tener una pizca de ese deseo o propósito de respeto al derecho
ajeno. Por el contrario, se trata de imponer un cine único igual que se ha
tratado (aunque sin mucho éxito) de imponernos una televisión única.

(Venezolana de Televisión y Telesur) una radio única (Nacional, YVKE Mundial
y muchas otras) es decir, un pensamiento único, lo que sin una pizca de
pudor reconoce el ministro de Educación Aristóbulo Istúriz. Ya sabemos lo
que sucede en este país si algún cineasta se aparta del libreto oficialista:
se le denuncia, se le enjuicia y debe exiliarse para no ser encarcelado,
caso Jonathan Jakubowicz, realizador de “Secuestro Express”.

El presidente Chávez sueña despierto las más de las veces y no es el único
¿acaso no nos ocurre lo mismo a todos los mortales? La diferencia estriba en
que uno esconde esos sueños o fantasías con vergüenza, ante el peligro de
que lo llamen loco o cuando menos inmaduro. Pero alguien tan desenfadado y
extrovertido como nuestro primerísimo comandante en jefe, no se mide a la
hora de echar para afuera todos y cada uno de esos sueños ya transformados
en órdenes para su ejército de subalternos. Una noche, con los ojos
entrecerrados esperando la llegada de Morfeo, se soñó Cecil B de Mille, John
Ford, Elia Kazan, Tarantino, Coppola, Scorcese, Woody Allen, Robert Altman,
Orson Wells, John Huston o mejor aún, Spielberg, y se dijo a sí mismo ¿qué
les hizo falta a esos gringos para hacer cine? Dólares, muchos dólares. Y
como dólares le sobran al dueño de las arcas públicas de este país, pues a
destruir ese símbolo del tenebroso imperialismo.

Es la hora de los creativos del régimen, les bastará combinar un 60% de adulación,
un 30% de adoctrinamiento y un 10% de talento, para lograr la satisfacción del nuevo
magnate del cine revolucionario. Lo que no ha logrado esa industria arrolladora y mil veces millonaria que es el cine indio conocido como Bollywwood; ni el cine italiano, inglés o
francés en sus mejores tiempos ni el cine alemán en su renacimiento ni en su época de oro
el cine mexicano y argentino; ahora saldrá de Venezuela para el mundo. ¿Y el Oscar? Quien
lo duda, será el Chávez y de oro, como dios manda.

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