Opinión Nacional

Bonapartismo y Populismo

El cesarismo o su forma burguesa, el bonapartismo, representa una concepción autoritaria y vertical del poder en torno a un liderazgo carismático, cuya legitimidad se funda en una «supuesta» voluntad del pueblo. Son procesos en los cuales se establece una relación jerárquica que implica una subordinación incondicional de los seguidores a la figura del líder cesarístico, quien se transforma en su portavoz único y exclusivo. Múltiples ejemplos de este tipo de regímenes hemos tenido en nuestra América (Juan Domingo Perón en Argentina, Velasco Alvarado en Perú, Juan Torres en Bolivia, Rodríguez Lara en Ecuador, etc.). Todos fueron proyectos que no se nuclearon con base a las necesidades de sus seguidores, sino en las propias del líder para convalidar su figura en la pirámide de poder. Es evidente que estos regímenes por su génesis ideológica no condujeron a la enmancipación de quienes le apoyaban, sino todo lo contrario, a una despiadada explotación mediante la profundización de un capitalismo salvaje y despótico; al margen de que muchos de ellos llegaron al extremo de autocalificarse de «socialistas».

El gobierno de Chávez constituye un vivo ejemplo de ese bonapartismo del pasado, que surgió en nuestro país como consecuencia de la crisis política y económica y de la atomización de las fuerzas progresistas y revolucionarias. Representa una opción política que por sus limitaciones ideológicas es incapaz de atacar estructuralmente a la pobreza y la explotación, pero si capaz de desarrollar programas populistas a fin consolidar el aclamacionismo de su líder cesaristico. Nos referimos a las misiones (limonas sociales) que el régimen ha institucionalizado y que no son mas que medidas ineficaces, electoreras y oportunista destinadas a seguir cautivando la esperanza de los más necesitados. Lejos están de representar verdaderas alternativas destinadas a corregir la distribucion injusta de la riqueza. Es el clásico populismo-bonapartista del «pan y del circo» que sublimaza lo tumultuario, que alienta el servilismo, que evade la lucha de clases pero promueve el resentimiento y el odio social, que enaltece al patrioterismo y que invoca al fundamentalismo bolivariano para preservar su audiencia electoral.

Vivimos bajo una autocracia cuartelaria maquillada constitucionalmente, donde impera la gorra militar, el sable y la pistola. Que violenta sistemáticamente los derechos ciudadanos al vulnerar la libertad de expresión, al militarizar a la sociedad, al penalizar a la disidencia política, al imponer un terrorismo de estado y judicial, al conculcar derechos y conquista sociales (libertad académica y de investigación, libertad sindical, autonomía universitaria). Que ha decretado una política de exclusión laboral a todo áquel que no comparte su proyecto de gobierno, y ha condenado a los más necesitados a una mayor probreza con sus esquemas neoliberales. Es un régimen que despilfarra miles de millones de dólares en una carrera armamentista absurda, en campañas publicitarias en el exterior a fin de promover sus intangibles logros, y en el pago de prestigiosas empresas de cabildeo de Washington (Patton & Boggs; Akin Gump Strauss Hauer & Feld; Hogan & Hartson) para mejorar su «imagen» ante el gobierno de la Casa Blanca. Gobierno al cual cuestiona en sus discursos para el público de galería, pero que le rinde pleitecia tras bambalinas. Todo esto ante una comunidad internacional prácticamente de un doble discurso por complicidad, chantaje energético o pragmatismo comercial naseabundo.

Sin embargo, a pesar de la exitosa escenografía internacional, de la bonanza petrolera y del superavit en todas las cuentas macroeconómicas, el régimen no puede ocultar su terrible fracaso que se refleja en los indicadores sociales. Estas cifras ya negativas, se han enrojecido todavía más: la pobreza, el desempleo, el trabajo informal, la delincuencia, la desnutrición, y la mendicidad, se han incrementado exponencialmente. Muestra de ese empobrecimiento se evidencia en las siguientes cifras: mientras que el salario mínimo era de 176,99 dolares (100.000 bolivares) en el año 1998, este se ha reducido a 149,41 dólares (321.235,20 bolivares) en el aóo 2005. El costo de la canasta de consumo básico (CCB) era de 246.582 bolívares (1998), mientras que hoy esa misma CCB tiene hoy un valor de 1.516.038 bolívares. En el ano 1998 el salario mínimo representaba el 40,55% de la CCB, mientras que en el 2005 es sólo el 21,20%. Estas cifras ilustran como en estos 6 anos de robolucion populista el poder adquisitivo del asalariado venezolano ha disminuido en un 48% a pesar de la bonanza financiera del régimen (precios petroleros, devaluación de la moneda, endeudamiento). Es por ello que afirmamos que la viavilidad del bonapartismo chavista es improbable a mediano y mucho menos a largo plazo. Tanto Marx como Engels calificaron a estos ensayos de gobierno como «vulgares estafadores de la voluntad y la esperanza popular».

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