Opinión Nacional

Breve recapitulación

Hay confusión en el país, y – aún – en el seno de los partidos de oposición, sobre la naturaleza del régimen, siendo palpable en las más inocentes conversaciones, sean reales o virtuales. Algunos nos dicen de una democracia inédita donde otros advierten una tiranía sanguinaria, sublevada toda noción de realidad, reacios a un elemental debate.

Cada escuela tiene sus genios, apóstatas, profetas, colando –sobre todo en los “chats”- las más inverosímiles fantasías. Y, con sacrificio de la discusión, se asoman aquellos que dicen cumplir con una misión, una orden y quién sabe qué cosa, al tratar de “ningunear” al disidente y ridiculizarlo con una insípida hazaña de bytes.

Interpelado por un internauta anónimo, modestamente nos creemos en la zona de tránsito del autoritarismo. Intentamos despegar constantemente, bajo el peso inaudito de las trampas del CNE, por ejemplo, pero no hay una persecución sanguinaria, pública, sistemática y desinhibida todavía en el país, sellando de novedades una experiencia política cuya primera ventaja es la de confundirnos.

Hacer uso de la razón, más que de la emoción tan explotada por el régimen, es el paso fundamental para reencontrarnos con la realidad. Por ello el debate necesario, como el compromiso de actuar políticamente a través de un mensaje, una estrategia y una estructura organizacional que constituyen las nociones más elementales para un eficaz ejercicio de la ciudadanía, sujetas –valga la redundancia- a un debate que clarifique, conmueva, precise y… comprometa.

La violación no convencional de los derechos humanos, la represión delegada en grupos presuntamente espontáneos de la sociedad civil (pues, el gobierno también tiene sus expresiones en ella), la maleable “normalidad” democrática o la militarización del lenguaje y los hechos públicos, ofrecen ingredientes de los que no supo Pinochet ni Castro, cuando asomaron inicialmente sus fauces. Y ello es posible, en el paciente camino hacia el totalitarismo resignado (agudización del capitalismo de Estado, al no aceptar una modernización económica aparentemente tan obvia), gracias a los valores democráticos de una sociedad que los aceptó o asimiló, aún a regañadientes, y las gruesas dosis del ingreso petrolero: el problema está en la legitimidad, pues, aunque los mercados internacionales desplomen nuestras arcas, habrá pólvora de sobra en el intento de sostener tan curiosa experiencia.

Urge repensarnos y repensar al país, para mirar hacia el futuro. Las respuestas deben asumir la afortunada complejidad de una sociedad que – increíblemente – se resiste a hacer y pensar la política, sintetizando el drama de la oposición y la del propio oficialismo.

II.- 18 mil millones

Recordamos el bullicio de los grandes festivales del socialismo real cuando transcurría nuestra militancia política juvenil. Específicamente, aquél evento moscovita de los ochenta que, por cierto, suscitó la risible maniobra de Tablante y Gessen, amén del activo cabildeo de una embajada que a los socialcristianos ofreció viáticos y boletaje para concretar una invitación que rechazamos (¿acaso hoy habrá testimonios similares?).

Los festivales mundiales de la juventud constituyeron una práctica recurrente de las dictaduras marxista-leninistas, con un claro e inocultable afán propagandista. Un inmenso despliegue político, diplomático y financiero caracterizó a aquellos eventos que intentaron, incluso, incorporar a las juventudes organizadas ajenas a las creencias de los enfebrecidos promotores. Empero, después la realidad emergió amarga entre los pliegues festivos de una actividad que quedó como pieza de arqueología, sorprendentemente redescubierta décadas después.

En efecto, por una parte, la crisis de Europa Oriental asomó toda la verdad cuando la fatalidad de vida, la represión, el atraso y el hambre, prontamente contrastaron con la calidad de vida de los otros puntos cardinales. Sobrevino el derrumbe con una tranquilidad jamás sospechada, pulverizando aquellos festines propagandísticos.

Ahora, en Venezuela, el régimen descubre el agua tibia de la publicidad al promover su propio festival mundial de la juventud y de los estudiantes, como si nadie – absolutamente nadie – supiera de la estirpe de tamaños eventos. Y, para ello, como ocurrió en los países que inventaron la fórmula, destina nada más y nada menos que 18 mil millones de bolívares apresuradamente aprobados por la Asamblea Nacional, a través de partidas genéricas que dificultan gigantescamente una adecuada rendición de cuentas, mientras que literalmente el pueblo pasa hambre.

Nada nuevo bajo el sol. Así de simple.

III.- Dos discursos

En los años sesenta, los oradores de orden que estelarizaban cada 5 de Julio en el parlamento, provenían del senado y – en las siguientes décadas – de la cámara de diputados, excepto la vanidosa intervención que hizo el presidente del Congreso por 1997. Dos años después, Jorge Olavaria sentó un extraordinario precedente, pues, no siendo parlamentario activo, ocupó la tribuna de oradores para interpelar sin miedo al propio mandatario nacional. Y quedó la costumbre de invitar a personalidades del mundo académico y político para tales actos, en los últimos años, sin que la inmunidad fuese un requisito de admisión.

Generalmente, los actos con motivo de la Declaración de la Independencia, previos al desfile militar, no suscitan interés, como también ocurrió en la más reciente ocasión. Actos de Estado, costumbre de Estado, escenarios de Estado que no logran emocionar o conmover a la ciudadanía, al menos, con la misma fuerza que experimentan en otras naciones, donde las grandes fechas patrias provocan una espontánea celebración del pueblo.

Valga acotar, el discurso del Presidente Chávez insistió en los elementos de un pivotaje retórico harto conocidos. Empero, llama la atención esa vocación por periodizar constantemente el transcurrir republicano y, así como antes anunció proféticamente las edades de “plata” y de “oro” de nuestra vida nacional, ahora nos sumerge en un ciclo bicentenario, a propósito del juramento de Monte Sacro, en vías de las celebraciones de 2011, hasta que invente otros subciclos, etapas y subetapas que cambian en forma permanente, como se perfilaran como oportunidades para meter en cada una de ellas todas nuestras esperanzas, nuestros ahorros emocionales, con el “ahora, si” tenemos un propio deseo milenario que realizar por … decreto.

El otro discurso, en el coso parlamentario, muy bien diseñado y trabajado por Alberto Müller Rojas sobre el teatro de operaciones que fue y es Venezuela, invitó a debatir y redactar un manifesto del socialismo del siglo XXI y a conformar una nueva sociedad patriótica. Quizá el discurso, en sí mismo, es el borrador que aporta, pero quedamos igual que antes, porque no sabemos de la originalidad de la propuesta, y –por si fuera poco – desconoce que el proponente (no otro que Chávez), no está dispuesto a dar ese debate y, si fuere el caso, no hay una sino varias sociedades patrióticas, unas mejores y otras peores, dispuestas a desmentir la posibilidad de una única versión, apertrechada de pólvora y petróleo.

Dos discursos, dos gestos de un día. Y la historia sigue, indetenible, su curso.

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