Opinión Nacional

Caldera: the real enemy

En el año 1988 asistí a una audiencia privada en el otrora Congreso Nacional de la República, donde un panel presidido por el doctor Caldera debatía los pormenores sindicales (con un grupo de representantes de esta maraña de nefastos) que debía de abrigar la nueva ley formal del trabajo.

Pocas veces escuché mayor cantidad de insensateces ideológicas y filosóficas. Ni siquiera en Cuba, donde acababa de estar para visitar a algunos amigos artistas e intelectuales, había participado en semejante debate de ideas incongruentes y anquilosadas. Un barullo de tonterías paternalistas, guiadas por un espíritu anacrónicamente izquierdoso, insufladas por un oscuro resentimiento sociológico, me permitieron prever que lo que ahí se gestaba era la defunción de la Venezuela semicoherente y cuasi democrática en la que habíamos vivido hasta entonces.

Indignado se lo comenté a mis compañeros de la facultad de derecho de la Universidad Católica Andrés Bello: jóvenes anodinos y fáciles, ellos, que en su vida habían leído una línea de alguna publicación que no fuera Condorito o Mafalda, con quienes asistí al mencionado panel en carácter de oyentes (testigos de la pena capital que ahí se fraguaba). No entendieron mi urgencia, mucho menos mi indignación. Caldera, el maestro, estadista reconocido, sabía lo que hacía, opinaron en coro los conejos-estudiantes.

Siempre he pensado que a la juventud venezolana, especialmente la que nació en los tiempos de la democracia, le ha faltado al menos algo de lectura de literatura francesa: Rabelais, Voltaire, Baudelaire y, por qué no, Artaud, para ver si despabilan y despiertan sus intelectos mortecinos. Pero en esa ocasión, mi indignación fue tal ante la oscuridad que nublaba sus miradas lagañosas, que llegué al punto del asco. Sus mentes no daban como para un Voltaire, daban para el programa de Cristina (de lo estúpidos).

Ninguno fue capaz de interpretar el franco resentimiento escondido detrás de aquel deslucido debate laboral. Caldera, el principal gestor del resentimiento, argüía fundamentos suicidas para consolidar su populismo absurdo y erigir entorno a su figura —en aquel momento separada de la conversación política venezolana— una imagen redentora y socialista, mesías de la salvación del tercer mundo venezolano.

El conjunto de leyes que en el proyecto se discutían, al menos los días que tuvimos la oportunidad de presenciar el debate, mostraba una franca merma de la iniciativa privada, un aislamiento intolerable del agente productor en todos sus alcances, y un proteccionismo ineficaz al trabajador, quien, en todo caso, no era menos que un pequeño semidios incomprendido y vejado por esa “marabunta de tiranos” que son los empresarios. Nada más infeliz y mezquino que un argumento semejante para diseñar una ley laboral.

Todo aquel abanico de estupideces retrógradas que se comentaron no podía provenir de alguien que había guiado los destinos de una nación veinte años antes. Al menos, no de alguien que lo hubiese hecho con seriedad, buena gerencia y lógica económica. Debían de provenir de un insulso que no tenía nada que perder y que debía, a como de lugar, afectar negativamente la labor gubernamental de quien en la abstracción era uno de sus peores enemigos: Carlos Andrés Pérez.

Se promulgó aquel esperpento de ley, para ajustar cuentas con un archienemigo político, dándose inicio a un período de insatisfacción psicológica que plagó las mentes de todos y cada uno de los venezolanos (trabajadores, empresarios y ociosos). Se zanjó la brecha que hoy divide a los venezolanos y se dio origen, en forma de ley, a toda esa bandada de razonamientos proteccionistas que hoy invade nuestra cultura.

Después aparece Chávez, quien interpreta, encarna y materializa un clamor general de insatisfacción y fastidio; se rebela, completa la fractura de la fisurada alma venezolana, y la democracia, régimen hasta entonces intacto, se desgarra.

Caldera salta al ruedo coyuntural y resucita en la conversación política nacional con un discurso memorable que ampara el sentimiento insurrecto de fractura gubernamental. Nuevamente, al igual que Chávez, pero desde el plano institucional, asume el rol populista de cristalizador de la rabia general y, encubriendo una hostilidad insana contra su archienemigo CAP, resguarda y estimula el desorden. CAP malinterpreta, padeciendo una inaudita ceguera, los tiempos que le contravienen y no cede. Da continuidad a su aberrada idea de la política venezolana, anquilosada y teatral, desligada infamemente de la realidad que la nutre, y se quiebra; emerge el Vacío como solución. Momento histérico donde lo Otro amanece como actor público en Venezuela.

Lo que sigue es historia. Caldera y su gobierno vergonzoso, resbalón histórico en el tobogán del olvido. Sobreseimiento. Desmoronamiento moral. Ética enfermiza. Disociación ideológica. Fracaso.

Luego Chávez y su arrebatador discurso divisionista. La enajenación y el sobresalto. Lo Otro en el poder y su previsible destino: un proteccionismo rebasado por un comunismo en ciernes, es decir, una Venezuela, la de hoy, resultado de la hostilidad encubierta de uno de sus líderes: Rafael Caldera, a punto de sucumbir en la hondonada.

O lo que es igual, la mirada del venezolano sobre el abismo y el vértigo…

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