Opinión Nacional

¿Cambiarle el nombre? (al Caracazo)

En la estela de los movimientos golpistas Carupanazo y Porteñazo,
los sucesos de finales de febrero de 1989 recibieron muy
tempranamente el nombre de Caracazo. Algo muy injusto para Caracas.

Lo lógico sería que los «ciudadazos» estuvieran vinculados a logros
de la civilidad, que recordaran las fechas en que las urbes tuvieron
más urbanidad que nunca, cuando más se parecieron a lo que querían
ser. Qué distinta sería nuestra mentalidad si en el futuro
pudiéramos decir: «Chica, ¿te acuerdas del Maracaibazo de 2010, que
en un mes hubo centenares de conciertos, obras de teatro,
competencias entre parques para elegir el más cuidado, regatas en un
lago limpiecito, y se inauguró una docena de obras públicas
monumentales?». En vez de eso, ciudad que en Venezuela se evoque con
el aumentativo «azo» es porque lo único que ha se incrementó en un
determinado momento fue la ilegalidad y el desorden.

El Caracazo, por donde se le mire, no tuvo nada de positivo.

A 20 años de su infausta irrupción sólo han quedado deudos
lamentando la muerte de sus seres queridos y una persistente
impunidad. También quedan algunas imágenes impresas en el fondo de
nuestra memoria, como la del tipo sin camisa, cargando media res,
con la alegre expresión de quien se relame al pensar en la parrilla
que va a organizar. ¿Ese hombre había obtenido aquella pieza con el
tesón de, pongamos, un campeón de pesca deportiva? No. Se la había
robado a alguien, muy probablemente tras destrozar la vitrina de la
carnicería. Y hay quien quiere inscribir semejante bochorno en el
inventario épico de la patria.

El presidente de la República se refiere a la malhadada fecha como
un adelanto de su revolución. No es de sorprenderse.

Chávez reivindica la fiesta de horror de febrero como si él la
hubiera motorizado desde el casino del cuartel, porque la rapiña de
febrero de 1989 y la década de su hegemonía tienen en común la
improvisación, la regocijada fractura de todos los valores y el
saqueo como forma de relacionarse con lo público. También, desde
luego, la trasmutación del botín de hoy en la pobreza de mañana,
porque toda esa gente que se lanzó a las calles a robar amaneció tan
pobre como antes pero más desmedrada en su moral.

En aquella vergonzante rebatiña estuvo la profunda inspiración de la
actual revolución bolivariana, ladrona y sin proyecto (que no sea la
permanencia en el poder de una persona sin talento ni probidad), que
logró metabolizar 850.000 millones de dólares en descalabro económico.

A quienes se refieren a aquellos hechos con frases soñadoras como
«el pueblo en la calle» o «brote de una fuerza popular», les
pregunto: los dueños de abastos y carnicerías saqueados, los
propietarios de los carros y autobuses quemados, ¿no forman parte
del colectivo popular? ¿Solo es popular esa parte de la población
que sale a arrasar la propiedad de los demás, a incendiar el
producto del trabajo de los demás? O es que a los propietarios de
los negocios destrozados no les afectaba la crisis económica y
política que aquejaba al país.

¿En qué es popular el 27-F?, ¿por qué sería más popular que el
movimiento inmenso, sosegado, empeñoso y cotidiano de quienes se han
propuesto salir de la pobreza o superar sus limitaciones sociales y
educativas mediante el esfuerzo y la constancia? ¿Por qué el
saqueador es popular y no simplemente malandro? Si en vez de saquear
negocios hubieran perpetrado violaciones masivas, ¿también tendrían
la categoría de expresión popular? ¿O es que el avasallamiento de la
propiedad ajena tiene algún mérito en el folklore revolucionario,
con la excusa de que aquel día se enfrentó el pueblo con los
especuladores? Con toda certeza, los apologistas de los sucesos del
27-F, que ven en los saqueos una expresión legítima del descontento
de las masas, a la hora de que les roben su carro o asalten sus
negocios u oficinas, no se refieren a los delincuentes como cultores
de la artesanía protestataria sino como hampones, así sin atenuantes.

No serán todos, pero de seguro hay muchos interesados en nimbar a
aquellos malhechores con el aura de héroes, a ver si en esa
operación de resignificación se cuelan los criminales que están
desfalcando a la Nación, en lo material y en lo simbólico, con la
coartada de la revolución.

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