Opinión Nacional

Capriles debe mantener la marcha; aprender algunas lecciones y solidificar las bases

 Ante la derrota de Henrique Capriles muchos habríamos anticipado un letargo y extendido duelo, muy similar al registrado aquel amanecer del 15-A-2004, cuando se perdió el RR. Pero el escenario es otro. Un renovado sentido de compromiso subyace en el ambiente, con el agregado de una juventud resuelta, que levantó su vuelo.

Si algo hay que reconocerle a Capriles es que su discurso de paz y de reencuentro, lejos de convertirse en un lugar común de buenas intenciones, ha calado en la más profunda consciencia del venezolano (de ambos sectores). La humildad y la entereza que exhibió el candidato de oposición en el momento más difícil de su carrera, no provocó otra cosa que la consolidación de su liderazgo político. No sólo fue Henrique quien comprendió este complejo grupal que llaman la venezolanidad. Su ejemplo de temperancia y prudencia hizo que muchos comprendiéramos que en política la empatía es un postulado fundamental, y que la identidad se logra cuando se hacen propios las demandas afectivas y materiales del adversario. Capriles le hizo comprender a un importante universo de electores pro Chávez, que la opción que aquél significa comporta una mejor alternativa, arrancando de lo más profundo de muchos que aún secundan a Chávez, expresiones como «ese flaquito tiene lo suyo, sacó bastantes votos y la próxima vez el pueblo lo acompañará». Si algo no había sucedido en los últimos 14 años, era una migración real de los sectores D y E pro Chávez a la oposición. Y este es uno de los milagros que nos dejó el 7-O, aun en medio de la más felina y aberrante vigilancia.

Queda mucho que resolver en el plano de una perversa dinámica electoral, que utiliza desmedida e impunemente los recursos del Estado, cerca las instituciones y mete miedo (control ciudadano), perversión la cual es la que asegura el voto rojo y oliva. Aún así, más de dos millones de venezolanos exchavistas, cruzaron su simpatía hacia Capriles, por lo cual no se trata de un capital electoral estancado, sino de una tendencia en ruta ascendente. El velo de una democracia soterrada se ha levantado, por lo que el reto político inmediato, es desnudar las apariencias institucionales y desmontar ese grotesco ventajismo oficial, que cerca el ejercicio de un voto libre.

Capriles debe mantener la marcha; aprender algunas lecciones de la zafra (el populismo no paga) y solidificar las bases de una alternativa visible. La pelota está en la cancha de Chávez, quien cuenta con los petrodólares para comprar conciencias, pero carece de la capacidad y la probidad para satisfacer las demandas cada vez mayores del pueblo. Sigue habiendo un camino… que terminará donde tiene que acabar.

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