Opinión Nacional

Cara y cruz

Leo hace poco, en este diario, una información que no sorprende. El gobernador Rangel Gómez ha abierto la boca para soltar otra idea genial. Y es que nos tiene acostumbrados.

Cuando se trata de declaraciones, hay quienes son capaces de juntar letras para armar cualquier adefesio con tal de que salga a la luz pública. Basta hablar. Es suficiente el amague para tapar calamidades. Si los hospitales están en lo último, los demagogos chasquean la lengua y hallan la frase que les calza. Si es la economía, pues también. Ahora fue la delincuencia. El gobernador entonces da en el blanco: pide un día, sólo un día para que los periódicos no publiquen sobre el hampa, para que no informen del asunto, para que las páginas rojas desaparezcan, lo que, según lógica de bisturí mellado, silenciaría el ruido de las balas. Un genio ha hecho acto de presencia.

No faltaba más. En vez de un estadista queda el aprendiz de brujo, especie lenguaraz harta de naderías con complejos de avestruz. De la chistera saltará el conejo trocado en paz ciudadana, en clima de concordia las veinticuatro horas, en calidad de vida. Hay aquí una mezcla fétida de burla con cinismo. Se supone, claro está, que problemas como el agua, el transporte o los huecos en las calles tienen también sus días contados. Un chasquido de los dedos, una varita mágica y se acabó. David Copperfield instalado en la gobernación.

Pero como los días no son nunca en blanco y negro sino que guardan, por fortuna, mucho de hiel y miel, luego de leer el blablablá del funcionario alguien llama y me convida al cine. En la noche una película termina por reconciliarme con lo hermoso, con lo posible, con la esperanza hecha carne y hecha huesos a fuerza de talento, creatividad e inteligencia. Desde el primer minuto “Tocar y luchar”, de Alberto Arvelo, deja entrever el buen hacer que se nos viene encima.

Llegué a mediar dos o tres palabras con Arvelo en Mérida, cuando integraba “Lutania”, grupo musical que en esos días convocaba a una cofradía de jóvenes y no tan jóvenes en torno a otra manera de hacer y proponer canciones. Me dio la impresión que hoy se confirma: Alberto Arvelo es alguien dispuesto a dejar sentadas sus verdades a través del arte. Por lo visto, cambió el piano por la silla de director. “Una vida y dos mandados”, no sé si su primer trabajo cinematográfico, fue una película muy buena, mazazo directo al mentón de quienes se pasan los días vociferando contra el cine nacional, pero “Tocar y luchar” es de un talante diferente.

La obra de una vida, obra que trasciende esas cuatro frases hechas de políticos que no aguantarán medio segundo la molienda de la historia, constituye la columna vertebral de esta pieza que bien vale conocer. El maestro Abreu y su empeño por crear el sistema nacional de orquestas sinfónicas, su definitiva consolidación, y el hecho extraordinario de brindarle a tantos jóvenes la posibilidad de vislumbrar un camino, de encontrarse a sí mismos, de hallar la manera de labrarse humanos, capaces, útiles, es algo único en esta Venezuela de calles ciegas y horizontes cerrados. Yo diría que la sensibilidad es protagonista en ambas historias (la historia de Abreu, su esfuerzo, su trabajo fenomenal, su cosecha, y la historia del documental de Arvelo, también como obra de arte).

Ya en casa, tarde, con el peso del día sobre la espalda, las pretensiones del político recogidas en la prensa caen en una lejanía brumosa. “Tocar y luchar” ha sido un tónico reparador, ha logrado enfocar la realidad, obviada a veces, de que cosas buenas ocurren aquí mismo, frente a nuestras narices. A estas alturas la pretensión de Rangel Gómez es una mueca ubicada en el más puro ámbito de la mediocridad. Un periodismo silente, que es a fin de cuentas el sueño de todo personaje demócratamente laxo, cae aplastado por trajines como el de Abreu, el de Arvelo, el de los niños que descubren rutas diferentes para su crecimiento gracias a la música.”Tocar y luchar” hace pensar en futuros magníficos que pueden ser presente. No pierda el chance de disfrutarla.

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