Opinión Nacional

Caracas en el corazón

Hace ya unos cuantos años, allá por 1999, terminé de compilar un conjunto de textos sobre Caracas, la ciudad capital de Venezuela, para utilizarlos como bibliografía básica de una asignatura electiva sobre los imaginarios urbanos que iba a impartir en la escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello.

Al final reuní la cerrada cifra de veinte textos y con la ayuda de Ana María Carrano y Carlos Palacios, por entonces dos jóvenes integrantes del equipo de trabajo del Museo Jacobo Borges, que está ubicado en la popular barriada de Catia y acertadamente dirigido por Adriana Meneses, los textos terminaron convertidos en libro acompañados de veinte fotografías hechas por el mismo número de artistas venezolanos que generosamente cedieron sus trabajos.

Con el acertado diseño de Marisela Balbi, quien hoy en día forma parte de la diáspora de miles de profesionales venezolanos que habitan en los cinco continentes, el libro editado por el Museo Jacobo Borges salió a la calle con el título de Caracas en veinte afectos. La primera edición rápidamente se agotó e igual de rápido, bajo el auspicio de la Banca della Sviszera Italiana, se hizo una nueva que corrió con la misma suerte.

Por años el libro se me fue convirtiendo en una ausencia cercana. Con frecuencia escuchaba comentarios nostálgicos de gente que lo había visto en algún lugar y tenía ganas de comprarlo pero no sabía dónde. Nuestra querida poeta Patricia Guzmán, quien lo utilizaba en sus clases sobre crónicas urbanas, en varias oportunidades me insistió en la necesidad de reeditarlo y ahora, por eso pienso en ella, gracias a la editorial Los libros de El Nacional, el libro ha vuelto a la calle pero ampliado con nuevos textos. Se titula Caracas en veinticinco afectos.

La noche del pasado miércoles 15 de agosto, acompañado por la presencia de seis de los autores reunidos en él, tuvimos la oportunidad de presentar esta nueva versión.

Rodolfo Izaguirre, con un hermoso texto lleno de referencias a Roland Barthes y a su vida personal compartida en Caracas con Belén, su compañera de vida, hizo de maestro de ceremonia de lo que los venezolanos ­graciosamente dicen los extranjeros­ todavía denominamos «bautizo» del libro.

Hoy, jueves 16, al día siguiente del acto, con un ejemplar entre las manos y el sabor dulce del vino llenando aún de brumas la memoria, no puedo negarme a la tentación de escribir sobre este libro coral en el que amigos que se fueron, como José Ignacio Cabrujas, Tomás Eloy Martinez, Adriano Gonzales León y William Niño, siguen hablando con quienes aún respiran y escriben en esta tierra de gracia. Y de desgracia.

Me siento contento e impúdicamente me atrevo a confesarlo. Porque cuando vi reunido, de pie en la tarima donde se desarrollaba el acto, a Leonardo Padrón, un amigo escritor por quien siento cada vez más cariño intelectual y admiración por su compromiso ciudadano, junto a Rodrigo Blanco, Ana María Carrano, Cheo Carvajal, Rodolfo Izaguirre y Héctor Torres, las cinco nuevas firman incorporadas, comprendí que una compilación de textos es también una manera de invitar a sentarse en la misma mesa a un grupo de personas de bien a compartir sus impresiones.

La mesa está servida y me imagino a José Ignacio Cabrujas contando el fracaso del día que intentó mostrarle a su novia el lugar de Catia donde había nacido pero la casa ya no existía; Milagros Socorro explicando a los otros la boquita aún llena de yogourt de la Venus que trota al amanecer por El Cafetal; Luis Medina narrando en voz propia cómo gracias a las bondades de la marihuana el Ávila se partió en dos y el mar entró en la ciudad y arrasó todo a su camino; Federico Vegas comentando que Caracas es una ciudad cóncava donde las pasiones se quedan rebotando con ondas imprevisibles; Blanca Strepponi explicando por qué cada vez que un caraqueño mira el Ávila todas las molestias del día se le borran ante tanta belleza, o a William Osuna recitando un poema sobre una ciudad que no le han otorgado y perdió sin poseerla.

Un libro también puede ser una cena, un espacio de diálogo, un camino a la comunión.

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