Opinión Nacional

Carlos Andrés Pérez, el estoicismo de la deshonra

El expresidente venezolano Carlos Andrés Pérez ha muerto en el exilio y la sociedad democrática latinoamericana debe empezar el camino de su reivindicación histórica.
Nació en Rubio, en los andes tachirenses, y quizá por esta razón la prejuiciosa intelectualidad latinoamericana lo percibió como un plebeyo con ínfulas señoriales, y por ello sus actos democráticos siempre estuvieron empañados con alguna sospecha. Con esta percepción de provinciano arribista, se lo señaló como “cargamaletas” de Rómulo Betancourt, cuando en realidad fue su secretario privado e importante activista en contra de la dictadura de Pérez Jiménez.
Triunfando la democracia fue ministro del interior y enfrentó a la guerrilla promovida por Castro, siendo estigmatizado como el oscuro policía, violador de la autonomía universitaria. El particular encono de Castro con ese gobierno se debía a que el presidente Betancourt se negó a regalarle petróleo; cosa que el actual régimen lo hace en abundancia, de ahí las simpatías del líder cubano por Hugo Chávez.
La prejuiciosa intelectualidad continuó su ensañamiento con el plebeyo de Rubio, acusándolo de falsificarse (y si falso, malo) cuando cambió su imagen personal para la campaña electoral de 1973: de vestir ternos tradicionales pasó a sacos modernos, y a usar melenita y patillas. Pero si la intelectualidad lo desdeñaba, el pueblo votó masivamente por él.
Como estadista, sostuvo que el petróleo debía ser un arma de presión del Tercer Mundo para hacer un orden internacional más justo y, consecuentemente, durante su primer gobierno nacionalizó los hidrocarburos. Pero en lugar de ser festejado como recuperador de la riqueza nacional, le colgaron el mote de “Locoven”, es decir, “el Loco de Venezuela”. Pérez estaba convencido de la necesidad de crear una burguesía fuerte, y apoyó a un puñado de empresarios, llamados los doce apóstoles, quienes hicieron una cuantiosa fortuna aunque no engranaron en el concepto de función nacional y social que debe tener una élite. Creó la famosa beca Mariscal de Ayacucho y auspició la democracia en todo el continente, salvo en Cuba.
En su segundo período presidencial (1988-1993) quiso modernizar Venezuela haciendo un Estado eficiente, siguiendo el tono modernizador de Paz Estensoro en Bolivia. Pero, a pesar de su enorme experiencia, no utilizó sus dotes populistas para convencer al pueblo de implementar las difíciles pero necesarias reformas liberales, y un desborde de desobediencia civil, el “Caracazo” y dos golpes de estado, uno de Chávez, precedieron su caída. Procesado por malversación de gastos reservados, utilizados para apoyar a la democracia nicaragüense, fue condenado a prisión y aceptó cargar con esta deshonra.
Aunque fue un político de convicciones y no un títere, siempre merodeó la acusación de ser un tránsfuga. A pesar de sus virtudes de estadista, sus errores fueron exageradamente multiplicados. ¿Era el castigo al plebeyo provinciano por constituirse en el líder de la modernidad?  El futuro lo dirá.
Su mayor legado será habernos enseñado, estoicamente y en carne propia, que, aún a costa de la deshonra y el desprestigio, debe pagarse el precio que exija la libertad y la democracia. Feliz año nuevo.

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