Opinión Nacional

Carta a una jueza enferma

Estimada colega: 

No creo que nos conozcamos, si así fuese, en lugar de esta carta habría preferido reunirme con usted personalmente. Proponerle que en una tarde robada a su cerrada agenda de Magistrado y sentados alrededor de una taza de café, entráramos en un dialogo largo, profundo y sincero, para que juntos habláramos un poco sobre los serios problemas que hoy nos desintegran. 

Pero como el destino no cruzó nuestros caminos durante los largos años que tuve en el ejercicio de la profesión de abogado, quiero expresarle por vía epistolar que me conmovió una noticia aparecida hace días en la prensa sobre su hospitalización por causa de una subida extrema de tensión. 

Le aclaro, que aunque vivo lejos de las tragedias de Venezuela, las sigo con frecuencia, y fuera de alegrarme de su inconveniente, como es posible que lo hicieran muchos de los adversarios del régimen, al igual que con la muerte del Contralor, de Lina Ron y el cáncer del Presidente, debo decirle que la reacción de su organismo me indica que cualquiera que sea su posición ideológica usted es una mujer con sentido de la moral. Se lo digo, porque sólo los pérfidos de espíritu y los rufianes permanecen impávidos e indiferentes ante la terrible lucha que se desata en una conciencia, cuando por cualquier circunstancia se realizan actos que se teme que puedan ser injustos o equivocados. Esa batalla interna produce inevitablemente una reacción inmediata en cada latido del corazón de quien lo tiene. 

Antes de continuar debo aclararle dos cosas que son importantes para que valore esta carta, y la presumo suficientemente inteligente para que ellas le ayuden a entenderla. La primera es que hace unos 30 años, asqueado de la corrupción judicial en el país, mi repugnancia se desbordó el día en que el secretario de un tribunal donde llevaba un importante caso, se presentó a mi oficina para decirme que la otra parte había ofrecido una suma de dinero por la sentencia y quería saber si estábamos dispuestos a mejorarla. 

Después de expulsarlo con elegancia, unos días más tarde, luego de bajar el asfixiante ascensor de los tribunales, sin ser un cristiano practicante me arrodillé ante ese llamado palacio de Justicia, y haciendo la señal de la cruz dije: «Juro no volver a pisar este prostíbulo por el resto de mi vida por ninguna causa ni motivo». Y así lo hice. Nunca más regresé a aquel lugar, abandonando muchas causas que llevaba y aún sabiendo que en su interior había muchos jueces probos. 

La segunda, es que al llegar Chávez al poder y hacer cambios importantes en la esfera judicial, botando sinvergüenzas y nombrando en ese momento a jueces jóvenes y preparados, vi una esperanza de salvación en un poder que había sido degradado en su punto máximo. Usted conoce bien los nombres de muchos de los demonios que lo volvieron una casa de subasta y la tribu que lo transformó en ala del partido. Por aquel gesto, más que por la gran cantidad de amigos que tenía en el gobierno, y a quienes nunca les pedí favores, lo apoyé en silencio, como hoy sigo apoyando todo lo que fuere razonable. Pero después llegó la oscura noche de nuestros padecimientos. Con la bandera del marxismo empezaron a destruir las bases del país. Se empezó a implementar el odio entre venezolanos, a despilfarrar y regalar nuestra inmensa fortuna petrolera que tanto necesitaban nuestros pobres, a los que sólo le lanzan mendrugos para mantener su apoyo. 

Poco a poco, bajo la consigna roja se inició la destrucción sistemática, organizada, e impecable de todas las industrias básicas, a golpear fincas productivas, se masificó la corrupción en límites inimaginables, se crearon leyes absurdas desde el Poder Ejecutivo y no por un parlamento representativo. Males que han producido la fuga masiva de talentos, de jóvenes y técnicos preparados en todos los niveles, pulverizando la generación de relevo y toda perspectiva de salir del atraso y la pobreza. 

Esas hordas destructivas acabaron igualmente con una inversión privada que es fundamental para dar trabajo y mejorar a Venezuela, de la misma forma que volatizaron el ahorro de toda la vida de modestas personas de trabajo. Nos volvieron importadores cien veces más de lo que éramos antes, y al crecer el desempleo y gracias al efecto rebote de la corrupción, se perdió la moral y el sentido del progreso, sembrando las ciudades de delincuentes. 

Esos de los cuales 20 mil serán regresados a las calles ya graduados en las cárceles de expertos. De la misma forma se entregó la patria a un nuevo amo, llenándonos de cubanos que deciden por noso-tros y ahora controlan el alma de los venezolanos, y lo peor, y allí usted está en el ojo de la tormenta, no solo se hizo un fraude electoral para controlar el Congreso con la minoría, sino que para acabar con el triste pasado del poder judicial se prefirió el camino torvo de eliminar a la justicia. Ese día recibimos el abrazo mortal de la barbarie. 

Por eso me solidarizo con su conciencia. Algo me dice que usted no se siente bien en el medio de ese infierno en que nos hemos transformado. Se sabe ya que la alta presión sanguínea responde más al cerebro que al corazón o los vasos sanguíneos. No es ficción para vender barata. Entre los mayores avances en medicina, está el descubrimiento de una nueva proteína que se localiza en las paredes de los vasos del cerebro, la cual hace que las células blancas, una vez atrapadas puedan causar inflamación y obstruir el flujo sanguíneo. 

El responsable del mal es el estrés. El estrés moral, que es de los más terribles. 

Ser juez es el cargo más comprometedor que existe y usted lo sabe. Yo una vez renuncié a una oferta para un tribunal. 

Aún sintiéndome capaz la rechacé pues sabía que mi débil corazón no habría soportado ese terrible enfrentamiento que a veces se presenta al tener que decidir. Pero ser Juez Supremo de un país es el más difícil de todos los cargos y funciones, porque en sus manos está el destino de la nación. 

No me mal interprete. No le pido que renuncie ni condeno actuaciones suyas de las que desconozco los detalles. Usted tendrá sus razones para conservar su cargo y actuar como lo piense, pero por el bien de su salud, por la patria que presumo quiere, por el honor de su nombre, le recomiendo que cuando conozca de un caso en que tenga que sentenciar contra la Constitución y la verdad, niéguese con firmeza. 

Apéguese con furia a ella como la única tabla de salvación que existe en las tormentas. Si no puede hacerlo por amenazas y presiones, renuncie. Pero no con una carta simple sino dando sus razones. Puedo asegurarle y en ello apuesto hasta la vida que la historia de este país la recordará con gran orgullo, y no como aquella jueza del pasado, que en una tarde en San Antonio, para que no la descubrieran lanzó por la ventana de su apartamento los fajos de billete de un caso en que le pagaron. 

Presumo que usted tiene ideales por un cambio en el destino humano. Yo también. 

Pero hay algo que debo recordarle porque conozco mejor que nadie: el sistema comunista, aunque se disfrace de socialismo ha demostrado de manera, total, universal e indubitable que no funciona en ninguna parte. Entiéndalo, en ninguna parte. Al contrario, hundió en el foso más oscuro a los países que sufrieron su martirio dejándolos de una manera dolorosa, porque el deja su efecto maligno por largo tiempo. 

Sólo me queda desearle que cuide su salud, porque ella y la dignidad de una persona cuando se está en una encrucijada son de los pocos valores que no tienen sustituto. 

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